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CHARLES PERRAULT
CAPERUCITA ROJA
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Había una vez una niñita
en un pueblo, la más bonita que jamás se hubiera visto; su madre estaba
enloquecida con ella y su abuela mucho más todavía. Esta buena mujer
le había mandado hacer una caperucita roja y le sentaba tanto que todos
la llamaban Caperucita Roja.
Un día su madre, habiendo cocinado unas tortas, le dijo.
-Anda a ver cómo está tu abuela, pues me dicen que ha estado
enferma; llévale una torta y este tarrito de mantequilla.
Caperucita Roja partió en seguida a ver a su abuela que vivía
en otro pueblo. Al pasar por un bosque, se encontró con el compadre
lobo, que tuvo muchas ganas de comérsela, pero no se atrevió porque
unos leñadores andaban por ahí cerca. Él le preguntó a dónde iba. La
pobre niña, que no sabía que era peligroso detenerse a hablar con un
lobo, le dijo:
-Voy a ver a mi abuela, y le llevo una torta y un tarrito de
mantequilla que mi madre le envía.
-¿Vive muy lejos?, le dijo el lobo.
-¡Oh, sí!, dijo Caperucita Roja, más allá del molino que se ve
allá lejos, en la primera casita del pueblo.
-Pues bien, dijo el lobo, yo también quiero ir a verla; yo iré
por este camino, y tú por aquél, y veremos quién llega primero.
El lobo partió corriendo a toda velocidad por el camino que era
más corto y la niña se fue por el más largo entreteniéndose en coger
avellanas, en correr tras las mariposas y en hacer ramos con las florecillas
que encontraba. Poco tardó el lobo en llegar a casa de la abuela; golpea:
Toc, toc.
-¿Quién es?
-Es su nieta, Caperucita Roja, dijo el lobo, disfrazando la voz,
le traigo una torta y un tarrito de mantequilla que mi madre le envía.
La cándida abuela, que estaba en cama porque no se sentía bien,
le gritó:
-Tira la aldaba y el cerrojo caerá.
El lobo tiró la aldaba, y la puerta se abrió. Se abalanzó sobre
la buena mujer y la devoró en un santiamén, pues hacía más de tres días
que no comía. En seguida cerró la puerta y fue a acostarse en el lecho
de la abuela, esperando a Caperucita Roja quien, un rato después, llegó
a golpear la puerta: Toc, toc.
-¿Quién es?
Caperucita Roja, al oír la ronca voz del lobo, primero se asustó,
pero creyendo que su abuela estaba resfriada, contestó:
-Es su nieta, Caperucita Roja, le traigo una torta y un tarrito
de mantequilla que mi madre le envía.
El lobo le gritó, suavizando un poco la voz:
-Tira la aldaba y el cerrojo caerá.
Caperucita Roja tiró la aldaba y la puerta se abrió. Viéndola
entrar, el lobo le dijo, mientras se escondía en la cama bajo la frazada:
-Deja la torta y el tarrito de mantequilla en la repisa y ven
a acostarte conmigo.
Caperucita Roja se desviste y se mete a la cama y quedó muy asombrada
al ver la forma de su abuela en camisa de dormir. Ella le dijo:
-Abuela, ¡qué brazos tan grandes tienes!
-Es para abrazarte mejor, hija mía.
-Abuela, ¡qué piernas tan grandes tiene!
-Es para correr mejor, hija mía.
Abuela, ¡qué orejas tan grandes tiene!
-Es para oír mejor, hija mía.
-Abuela, ¡que ojos tan grandes tiene!
-Es para ver mejor, hija mía.
-Abuela, ¡qué dientes tan grandes tiene!
-¡Para comerte mejor!
Y diciendo estas palabras, este lobo malo se abalanzó sobre Caperucita
Roja y se la comió.
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Aquí vemos que la adolescencia,
en especial las señoritas,
bien hechas, amables y bonitas
no deben a cualquiera oír con complacencia,
y no resulta causa de extrañeza
ver que muchas del lobo son la presa.
Y digo el lobo, pues bajo su envoltura
no todos son de igual calaña:
Los hay con no poca maña,
silenciosos, sin odio ni amargura,
que en secreto, pacientes, con dulzura
van a la siga de las damiselas
hasta las casas y en las callejuelas;
más, bien sabemos que los zalameros
entre todos los lobos ¡ay! son los más fieros.
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CHARLES PERRAULT
EL GATO CON BOTAS
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Un molinero dejó como única
herencia a sus tres hijos, su molino, su burro y su gato. El reparto
fue bien simple: no se necesitó llamar ni al abogado ni al notario.
Habrían consumido todo el pobre patrimonio.
El mayor recibió el molino, el segundo se quedó con el burro,
y al menor le tocó sólo el gato. Este se lamentaba de su mísera herencia:
-Mis hermanos, decía, podrán ganarse la vida convenientemente
trabajando juntos; lo que es yo, después de comerme a mi gato y de hacerme
un manguito con su piel, me moriré de hambre.
El gato, que escuchaba estas palabras, pero se hacía el desentendido,
le dijo en tono serio y pausado:
-No debéis afligiros, mi señor, no tenéis más que proporcionarme
una bolsa y un par de botas para andar por entre los matorrales, y veréis
que vuestra herencia no es tan pobre como pensáis.
Aunque el amo del gato no abrigara sobre esto grandes ilusiones,
le había visto dar tantas muestras de agilidad para cazar ratas y ratones,
como colgarse de los pies o esconderse en la harina para hacerse el
muerto, que no desesperó de verse socorrido por él en su miseria.
Cuando el gato tuvo lo que había pedido, se colocó las botas
y echándose la bolsa al cuello, sujetó los cordones de ésta con las
dos patas delanteras, y se dirigió a un campo donde había muchos conejos.
Puso afrecho y hierbas en su saco y tendiéndose en el suelo como si
estuviese muerto, aguardó a que algún conejillo, poco conocedor aún
de las astucias de este mundo, viniera a meter su hocico en la bolsa
para comer lo que había dentro. No bien se hubo recostado, cuando se
vio satisfecho. Un atolondrado conejillo se metió en el saco y el maestro
gato, tirando los cordones, lo encerró y lo mató sin misericordia.
Muy ufano con su presa, fuese donde el rey y pidió hablar con
él. Lo hicieron subir a los aposentos de Su Majestad donde, al entrar,
hizo una gran reverencia ante el rey, y le dijo:
-He aquí, Majestad, un conejo de campo que el señor marqués de
Carabás (era el nombre que inventó para su amo) me ha encargado obsequiaros
de su parte.
-Dile a tu amo, respondió el rey, que le doy las gracias y que
me agrada mucho.
En otra ocasión, se ocultó en un trigal, dejando siempre su saco
abierto; y cuando en él entraron dos perdices, tiró los cordones y las
cazó a ambas. Fue en seguida a ofrendarlas al rey, tal como había hecho
con el conejo de campo. El rey recibió también con agrado las dos perdices,
y ordenó que le diesen de beber.
El gato continuó así durante dos o tres meses llevándole de vez
en cuando al rey productos de caza de su amo. Un día supo que el rey
iría a pasear a orillas del río con su hija, la más hermosa princesa
del mundo, y le dijo a su amo:
-Sí queréis seguir mi consejo, vuestra fortuna está hecha: no
tenéis más que bañaros en el río, en el sitio que os mostraré, y en
seguida yo haré lo demás.
El marqués de Carabás hizo lo que su gato le aconsejó, sin saber
de qué serviría. Mientras se estaba bañando, el rey pasó por ahí, y
el gato se puso a gritar con todas sus fuerzas:
-¡Socorro, socorro! ¡El señor marqués de Carabás se está ahogando!
Al oír el grito, el rey asomó la cabeza por la portezuela y reconociendo
al gato que tantas veces le había llevado caza, ordenó a sus guardias
que acudieran rápidamente a socorrer al marqués de Carabás. En tanto
que sacaban del río al pobre marqués, el gato se acercó a la carroza
y le dijo al rey que mientras su amo se estaba bañando, unos ladrones
se habían llevado sus ropas pese a haber gritado ¡al ladrón! con todas
sus fuerzas; el pícaro del gato las había escondido debajo de una enorme
piedra.
El rey ordenó de inmediato a los encargados de su guardarropa
que fuesen en busca de sus más bellas vestiduras para el señor marqués
de Carabás. El rey le hizo mil atenciones, y como el hermoso traje que
le acababan de dar realzaba su figura, ya que era apuesto y bien formado,
la hija del rey lo encontró muy de su agrado; bastó que el marqués de
Carabás le dirigiera dos o tres miradas sumamente respetuosas y algo
tiernas, y ella quedó locamente enamorada.
El rey quiso que subiera a su carroza y lo acompañara en
el paseo. El gato, encantado al ver que su proyecto empezaba a resultar,
se adelantó, y habiendo encontrado a unos campesinos que segaban un
prado, les dijo:
-Buenos segadores, si no decís al rey que el prado que estáis
segando es del marqués de Carabás, os haré picadillo como carne de budín.
Por cierto que el rey preguntó a los segadores de quién era ese prado
que estaban segando.
-Es del señor marqués de Carabás, dijeron a una sola voz, puesto
que la amenaza del gato los había asustado.
-Tenéis aquí una hermosa heredad, dijo el rey al marqués de Carabás.
-Veréis, Majestad, es una tierra que no deja de producir con
abundancia cada año.
El maestro gato, que iba siempre delante, encontró a unos campesinos
que cosechaban y les dijo:
-Buena gente que estáis cosechando, si no decís que todos estos
campos pertenecen al marqués de Carabás, os haré picadillo como carné
de budín.
El rey, que pasó momentos después, quiso saber a quién pertenecían
los campos que veía.
-Son del señor marqués de Carabás, contestaron los campesinos,
y el rey nuevamente se alegró con el marqués.
El gato, que iba delante de la carroza, decía siempre lo mismo
a todos cuantos encontraba; y el rey estaba muy asombrado con las riquezas
del señor marqués de Carabás.
El maestro gato llegó finalmente ante un hermoso castillo cuyo
dueño era un ogro, el más rico que jamás se hubiera visto, pues todas
las tierras por donde habían pasado eran dependientes de este castillo.
El gato, que tuvo la precaución de informarse acerca de quién
era éste ogro y de lo que sabia hacer, pidió hablar con él, diciendo
que no había querido pasar tan cerca de su castillo sin tener el honor
de hacerle la reverencia. El ogro lo recibió en la forma más cortés
que puede hacerlo un ogro y lo invitó a descansar.
-Me han asegurado, dijo el gato, que vos tenias el don de convertiros
en cualquier clase de animal, que podíais, por ejemplo, transformaros
en león, en elefante.
-Es cierto, respondió el ogro con brusquedad, y para demostrarlo,
veréis cómo me convierto en león.
El gato se asustó tanto al ver a un león delante de él que en
un santiamén se trepó a las canaletas, no sin pena ni riesgo a causa
de las botas que nada servían para andar por las tejas.
Algún rato después, viendo que el ogro había recuperado su forma
primitiva, el gato bajó y confesó que había tenido mucho miedo.
-Además me han asegurado, dijo el gato, pero no puedo creerlo,
que vos también tenéis el poder de adquirir la forma del más pequeño
animalillo; por ejemplo, que podéis convertiros en un ratón, en una
rata; os confieso que eso me parece imposible.
-¿Imposible?, repuso el ogro, ya veréis; y al mismo tiempo se
transformó en una rata que se puso a correr por el piso.
Apenas la vio, el gato se echó encima de ella y se la comió.
Entretanto, el rey que al pasar vio el hermoso castillo del ogro,
quiso entrar. El gato, al oír el ruido del carruaje que atravesaba el
puente levadizo, corrió adelante y le dijo al rey:
-Vuestra Majestad sea bienvenida al castillo del señor marqués
de Carabás.
-¡Cómo, señor marqués, exclamó el rey, este castillo también
os pertenece! Nada hay más bello que este patio y todos estos edificios
que lo rodean; veamos el interior, por favor.
El marqués ofreció la mano a la joven princesa y, siguiendo al
rey que iba primero, entraron a una gran sala donde encontraron una
magnífica colación que el ogro había mandado preparar para sus amigos
que vendrían a verlo ese mismo día, los cuales no se habían atrevido
a entrar, sabiendo que el rey estaba allí.
El rey, encantado con las buenas cualidades del señor marqués
de Carabás, al igual que su hija, que ya estaba loca de amor, viendo
los valiosos bienes que poseía, le dijo, después de haber bebido cinco
o seis copas:
-Sólo dependerá de vos, señor marqués, que seáis mi yerno.
El marqués, haciendo grandes reverencias, aceptó el honor que
le hacia el rey; y ese mismo día se casó con la princesa. El gato se
convirtió en gran señor, y ya no corrió tras las ratas sino para divertirse.
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En principio parece ventajoso
contar con un legado sustancioso
recibido en heredad por sucesión;
más los jóvenes, en definitiva
obtienen del talento y la inventiva
más provecho que de la posición.
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Si puede el hijo de un molinero
en una princesa suscitar sentimientos
tan vecinos a la adoración,
es porque el vestir con esmero,
ser joven, atrayente y atento
no son ajenos a la seducción.
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CHARLES PERRAULT
PULGARCITO
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Érase una vez un leñador y una leñadora
que tenían siete hijos, todos ellos varones. El mayor tenía diez años
y el menor, sólo siete. Puede ser sorprendente que el leñador haya tenido
tantos hijos en tan poco tiempo; pero es que a su esposa le cundía la
tarea pues los hacía de dos en dos. Eran muy pobres y sus siete hijos
eran una pesada carga ya que ninguno podía aún ganarse la vida. Sufrían
además porque el menor era muy delicado y no hablaba palabra alguna, interpretando
como estupidez lo que era un rasgo de la bondad de su alma. Era muy pequeñito
y cuando llegó al mundo no era más gordo que el pulgar, por lo cual lo
llamaron Pulgarcito.
Este pobre niño era en la casa el que pagaba los platos rotos y
siempre le echaban la culpa de todo. Sin embargo, era el más fino y el
más agudo de sus hermanos y, si hablaba poco, en cambio escuchaba mucho.
Sobrevino un año muy difícil, y fue tanta la hambruna, que esta
pobre pareja resolvió deshacerse de sus hijos. Una noche, estando los
niños acostados, el leñador, sentado con su mujer junto al fuego le dijo:
-Tú ves que ya no podemos alimentar a nuestros hijos; ya no me
resigno a verlos morirse de hambre ante mis ojos, y estoy resuelto a dejarlos
perderse mañana en el bosque, lo que será bastante fácil pues mientras
estén entretenidos haciendo atados de astillas, sólo tendremos que huir
sin que nos vean.
-¡Ay! exclamó la leñadora, ¿serías capaz de dejar tu mismo perderse
a tus hijos?
Por mucho que su marido le hiciera ver su gran pobreza, ella no
podía permitirlo; era pobre, pero era su madre. Sin embargo, al pensar
en el dolor que sería para ella verlos morirse de hambre, consistió y
fue a acostarse llorando.
Pulgarcito oyó todo lo que dijeron pues, habiendo escuchado desde
su cama que hablaban de asuntos serios, se había levantado muy despacio
y se deslizó debajo del taburete de su padre para oírlos sin ser visto.
Volvió a la cama y no durmió más, pensando en lo que tenía que hacer.
Se levantó de madrugada y fue hasta la orilla de un riachuelo donde
se llenó los bolsillos con guijarros blancos, y en seguida regresó a casa.
Partieron todos, y Pulgarcito no dijo nada a sus hermanos de lo que sabía.
Fueron a un bosque muy tupido donde, a diez pasos de distancia, no se
veían unos a otros. El leñador se puso a cortar leña y sus niños a recoger
astillas para hacer atados. El padre y la madre, viéndolos preocupados
de su trabajo, se alejaron de ellos sin hacerse notar y luego echaron
a correr por un pequeño sendero desviado.
Cuando los niños se vieron solos, se pusieron a bramar y a llorar
a mares. Pulgarcito los dejaba gritar, sabiendo muy bien por dónde volverían
a casa; pues al caminar había dejado caer a lo largo del camino los guijarros
blancos que llevaba en los bolsillos. Entonces les dijo:
-No teman, hermanos; mi padre y mi madre nos dejaron aquí, pero
yo los llevaré de vuelta a casa, no tienen más que seguirme.
Lo siguieron y él los condujo a su morada por el mismo camino que
habían hecho hacia el bosque. Al principio no se atrevieron a entrar,
pero se pusieron todos junto a la puerta para escuchar lo que hablaban
su padre y su madre.
En el momento en que el leñador y la leñadora llegaron a su casa,
el señor de la aldea les envió diez escudos que les estaba debiendo desde
hacía tiempo y cuyo reembolso ellos ya no esperaban. Esto les devolvió
la vida ya que los infelices se morían de hambre. El leñador mandó en
el acto a su mujer a la carnicería. Como hacía tiempo que no comían, compró
tres veces más carne de la que se necesitaba para la cena de dos personas.
Cuando estuvieron saciados, la leñadora dijo:
-¡Ay! ¿qué será de nuestros pobres hijos? Buena comida tendrían
con lo que nos queda. Pero también, Guillermo, fuiste tú el que quisiste
perderlos. Bien decía yo que nos arrepentiríamos. ¿Qué estarán haciendo
en ese bosque? ¡Ay!: ¡Dios mío, quizás los lobos ya se los han comido!
Eres harto inhumano de haber perdido así a tus hijos.
El leñador se impacientó al fin, pues ella repitió más de veinte
veces que se arrepentirían y que ella bien lo había dicho. Él la amenazó
con pegarle si no se callaba. No era que el leñador no estuviese hasta
más afligido que su mujer, sino que ella le machacaba la cabeza, y sentía
lo mismo que muchos como él que gustan de las mujeres que dicen bien,
pero que consideran inoportunas a las que siempre bien lo decían. La leñadora
estaba deshecha en lágrimas.
-¡Ay! ¿dónde están ahora mis hijos, mis pobres hijos? Una vez lo
dijo tan fuerte que los niños, agolpados a la puerta, la oyeron y se pusieron
a gritar todos juntos:
-¡Aquí estamos, aquí estamos!
Ella corrió de prisa a abrirles la puerta y les dijo abrazándolos:
-¡Qué contenta estoy de volver a verlos, mis queridos niños! Están
bien cansados y tienen hambre; y tú, Pierrot, mira cómo estás de embarrado,
ven para limpiarte.
Este Pierrot era su hijo mayor al que amaba más que a todos los
demás, porque era un poco pelirrojo, y ella era un poco colorina.
Se sentaron a la mesa y comieron con un apetito que deleitó al
padre y la madre; contaban el susto que habían tenido en el bosque y hablaban
todos casi al mismo tiempo. Estas buenas gentes estaban felices de ver
nuevamente a sus hijos junto a ellos, y esta alegría duró tanto como duraron
los diez escudos. Cuando se gastó todo el dinero, recayeron en su preocupación
anterior y nuevamente decidieron perderlos; pero para no fracasar, los
llevarían mucho más lejos que la primera vez.
No pudieron hablar de esto tan en secreto como para no ser oídos
por Pulgarcito, quien decidió arreglárselas igual que en la ocasión anterior;
pero aunque se levantó de madrugada para ir a recoger los guijarros, no
pudo hacerlo pues encontró la puerta cerrada con doble llave. No sabía
que hacer; cuando la leñadora, les dio a cada uno un pedazo de pan como
desayuno; pensó entonces que podría usar su pan en vez de los guijarros,
dejándolo caer a migajas a lo largo del camino que recorrerían; lo guardo,
pues, en el bolsillo.
El padre y la madre los llevaron al lugar más oscuro y tupido del
bosque y junto con llegar, tomaron por un sendero apartado y dejaron a
los niños.
Pulgarcito no se afligió mucho porque creía que podría encontrar
fácilmente el camino por medio de su pan que había diseminado por todas
partes donde había pasado; pero quedó muy sorprendido cuando no pudo encontrar
ni una sola miga; habían venido los pájaros y se lo habían comido todo.
Helos ahí, entonces, de lo más afligidos, pues mientras más caminaban
más se extraviaban y se hundían en el bosque. Vino la noche, y empezó
a soplar un fuerte viento que les producía un susto terrible. Por todos
lados creían oír los aullidos de lobos que se acercaban a ellos para comérselos.
Casi no se atrevían a hablar ni a darse vuelta. Empezó a caer una lluvia
tupida que los caló hasta los huesos; resbalaban a cada paso y caían en
el barro de donde se levantaban cubiertos de lodo, sin saber qué hacer
con sus manos.
Pulgarcito se trepó a la cima de un árbol para ver si descubría
algo; girando la cabeza de un lado a otro, divisó una lucecita como de
un candil, pero que estaba lejos más allá del bosque. Bajó del árbol;
y cuando llegó al suelo, ya no vio nada más; esto lo desesperó. Sin embargo,
después de caminar un rato con sus hermanos hacia donde había visto la
luz, volvió a divisarla al salir del bosque.
Llegaron a la casa donde estaba el candil no sin pasar muchos sustos,
pues de tanto en tanto la perdían de vista, lo que ocurría cada vez que
atravesaban un bajo. Golpearon a la puerta y una buena mujer les abrió.
Les preguntó qué querían; Pulgarcito le dijo que eran unos pobres niños
que se habían extraviado en el bosque y pedían albergue por caridad. La
mujer, viéndolos a todos tan lindos, se puso a llorar y les dijo:
-¡Ay! mis pobres niños, ¿dónde han venido a caer? ¿Saben ustedes
que esta es la casa de un ogro que se come a los niños?
-¡Ay, señora! respondió Pulgarcito que temblaba entero igual que
sus hermanos, ¿qué podemos hacer? los lobos del bosque nos comerán con
toda seguridad esta noche si usted no quiere cobijarnos en su casa. Siendo
así, preferimos que sea el señor quien nos coma; quizás se compadecerá
de nosotros, si usted se lo ruega.
La mujer del ogro, que creyó poder esconderlos de su marido hasta
la mañana siguiente, los dejó entrar y los llevó a calentarse a la orilla
de un buen fuego, pues había un cordero entero asándose al palo para la
cena del ogro.
Cuando empezaban a entrar en calor, oyeron tres o cuatro fuertes
golpes en la puerta: era el ogro que regresaba. En el acto la mujer hizo
que los niños se ocultaran debajo de la cama y fue a abrir la puerta.
El ogro preguntó primero si la cena estaba lista, si habían sacado vino,
y en seguida se sentó a la mesa. El cordero estaba aún sangrando, pero
por eso mismo lo encontró mejor. Olfateaba a derecha e izquierda, diciendo
que olía a carne fresca.
-Tiene que ser, le dijo su mujer, ese ternero que acabo de preparar
lo que sentís.
-Huelo carne fresca, otra vez te lo digo, repuso el ogro mirando
de reojo a su mujer, aquí hay algo que no comprendo.
Al decir estas palabras, se levantó de la mesa y fue derecho a
la cama.
-¡Ah, dijo él, así me quieres engañar, maldita mujer! ¡No sé por
qué no te como a ti también! Suerte para ti que eres una bestia vieja.
Esta caza me viene muy a tiempo para festejar a tres ogros amigos que
deben venir en estos días.
Sacó a los niños de debajo de la cama, uno tras otro. Los pobres
se arrodillaron pidiéndole misericordia; pero estaban ante el más cruel
de los ogros quien, lejos de sentir piedad, los devoraba ya con los ojos
y decía a su mujer que se convertirían en sabrosos bocados cuando ella
les hiciera una buena salsa. Fue a coger un enorme cuchillo y mientras
se acercaba a los infelices niños, lo afilaba en una piedra que llevaba
en la mano izquierda. Ya había cogido a uno de ellos cuando su mujer le
dijo:
-¿Qué queréis hacer a esta hora? ¿No tendréis tiempo mañana por
la mañana?
-Cállate, repuso el ogro, así estarán más tiernos.
-Pero todavía tenéis tanta carne, replicó la mujer; hay un ternero,
dos corderos y la mitad de un puerco
-Tienes razón, dijo el ogro; dales una buena cena para que no adelgacen,
y llévalos a acostarse.
La buena mujer se puso contentísima, y les trajo una buena comida,
pero ellos no podían tragar. de puro susto. En cuanto al ogro, siguió
bebiendo, encantado de tener algo tan bueno para festejar a sus amigos.
Bebió unos doce tragos más que de costumbre, que se le fueron un poco
a la cabeza, obligándolo a ir a acostarse.
El ogro tenía siete hijas muy chicas todavía. Estas pequeñas ogresas
tenían todas un lindo colorido pues se alimentaban de carne fresca, como
su padre; pero tenían ojitos grises muy redondos, nariz ganchuda y boca
grande con unos afilados dientes muy separados uno de otro. Aún no eran
malvadas del todo, pero prometían bastante, pues ya mordían a los niños
para chuparles la sangre.
Las habían acostado temprano, y estaban las siete en una gran cama,
cada una con una corona de oro en la cabeza. En el mismo cuarto había
otra cama del mismo tamaño; ahí la mujer del ogro puso a dormir a los
siete muchachos, después de lo cual se fue a acostar al lado de su marido.
Pulgarcito; que había observado que las hijas del ogro llevaban
coronas de oro en la cabeza y temiendo que el ogro se arrepintiera de
no haberlos degollado esa misma noche, se levantó en mitad de la noche
y tomando los gorros de sus hermanos y el suyo, fue despacito a colocarlos
en las cabezas de las niñas, después de haberles quitado sus coronas de
oro, las que puso sobre la cabeza de sus hermanos y en la suya a fin de
que el ogro los tomase por sus hijas, y a sus hijas por los muchachos
que quería degollar.
La cosa resultó tal como había pensado; pues el ogro, habiéndose
despertado a medianoche, se arrepintió de haber dejado para el día siguiente
lo que pudo hacer la víspera. Salió, pues, bruscamente de la cama, y cogiendo
su enorme cuchillo:
-Vamos a ver, dijo, cómo están estos chiquillos; no lo dejemos
para otra vez.
Subió entonces al cuarto de sus hijas y se acercó a la cama donde
estaban los muchachos; todos dormían menos Pulgarcito que tuvo mucho miedo
cuando sintió la mano del ogro que le tanteaba la cabeza, como había hecho
con sus hermanos. El ogro, que sintió las coronas de oro:
-Verdaderamente, dijo, ¡buen trabajo habría hecho! Veo que anoche
bebí demasiado.
Fue en seguida a la cama de las niñas donde, tocando los gorros
de los muchachos:
-¡Ah!, exclamó, ¡aquí están nuestros mozuelos!, trabajemos con
coraje.
Diciendo estas palabras, degolló sin trepidar a sus siete hijas.
Muy satisfecho después de esta expedición, volvió a acostarse junto a
su mujer.
Apenas Pulgarcito oyó los ronquidos del ogro, despertó a sus hermanos
y les dijo que se vistieran rápido y lo siguieran. Bajaron muy despacio
al jardín y saltaron por encima del muro. Corrieron durante toda la noche,
tiritando siempre y sin saber a dónde se dirigían.
El ogro, al despertar, dijo a su mujer:
-Anda arriba a preparar a esos chiquillos de ayer.
Muy sorprendida quedó la ogresa ante la bondad de su marido sin
sospechar de qué manera entendía él que los preparara; y creyendo que
le ordenaba vestirlos, subió y cuál no seria su asombro al ver a sus siete
hijas degolladas y nadando en sangre. Empezó por desmayarse (que es lo
primero que discurren casi todas las mujeres en circunstancias parecidas).
El ogro, temiendo que la mujer tardara demasiado tiempo en realizar la
tarea que le había encomendado, subió para ayudarla. Su asombro no fue
menor que el de su mujer cuando vio este horrible espectáculo.
-¡Ay! ¿qué hice? exclamó. ¡Me la pagarán estos desgraciados, y
en el acto!
-Echó un tazón de agua en la nariz de su mujer y haciéndola volver
en sí:
-Dame pronto mis botas de siete leguas, le dijo, para ir a agarrarlos.
Se puso en campaña, y después de haber recorrido lejos de uno a
otro lado, tomó finalmente el camino por donde iban los pobres muchachos
que ya estaban a sólo cien pasos de la casa de sus padres. Vieron al ogro
ir de cerro en cerro, y atravesar ríos con tanta facilidad como si se
tratara de arroyuelos. Pulgarcito, que descubrió una roca hueca cerca
de donde estaban, hizo entrar a sus hermanos y se metió él también, sin
perder de vista lo que hacia el ogro.
Este, que estaba agotado de tanto caminar inútilmente (pues las
botas de siete leguas son harto cansadoras), quiso reposar y por casualidad
fue a sentarse sobre la roca donde se habían escondido los muchachos.
Como no podía más de fatiga, se durmió después de reposar un rato, y se
puso a roncar en forma tan espantosa que los niños se asustaron igual
que cuando sostenía el enorme cuchillo para cortarles el pescuezo.
Pulgarcito sintió menos miedo, y les dijo a sus hermanos que huyeran
de prisa a la casa mientras el ogro dormía profundamente y que no se preocuparan
por él. Le obedecieron y partieron raudos a casa.
Pulgarcito, acercándose al ogro le sacó suavemente las botas y
se las puso rápidamente. Las botas eran bastante anchas y grandes; pero
como eran mágicas, tenían el don de adaptarse al tamaño de quien las calzara,
de modo que se ajustaron a sus pies y a sus piernas como si hubiesen sido
hechas a su medida. Partió derecho a casa del ogro donde encontró a su
mujer que lloraba junto a sus hijas degolladas.
-Su marido, le dijo Pulgarcito, está en grave peligro; ha sido
capturado por una banda de ladrones que han jurado matarlo si él no les
da todo su oro y su dinero. En el momento en que lo tenían con el puñal
al cuello, me divisó y me pidió que viniera a advertirle del estado en
que se encuentra, y a decirle que me dé todo lo que tenga disponible en
la casa sin guardar nada, porque de otro modo lo matarán sin misericordia.
Como el asunto apremia, quiso que me pusiera sus botas de siete leguas
para cumplir con su encargo, también para que usted no crea que estoy
mintiendo.
La buena mujer, asustadísima, le dio en el acto todo lo que tenía:
pues este ogro no dejaba de ser buen marido, aun cuando se comiera a los
niños. Pulgarcito, entonces, cargado con todas las riquezas del ogro,
volvió a la casa de su padre donde fue recibido con la mayor alegría.
Hay muchas personas que no están de acuerdo con esta última circunstancia,
y sostienen que Pulgarcito jamás cometió ese robo; que, por cierto, no
tuvo ningún escrúpulo en quitarle las botas de siete leguas al ogro porque
éste las usaba solamente para perseguir a los niños. Estas personas aseguran
saberlo de buena fuente, hasta dicen que por haber estado comiendo y bebiendo
en casa del leñador. Aseguran que cuando Pulgarcito se calzó las botas
del ogro, partió a la corte, donde sabía que estaban preocupados por un
ejército que se hallaba a doscientas leguas, y por el éxito de una batalla
que se había librado. Cuentan que fue a ver al rey y le dijo que si lo
deseaba, él le traería noticias del ejército esa misma tarde. El rey le
prometió una gruesa cantidad de dinero si cumplía con este cometido.
Pulgarcito trajo las noticias esa misma tarde, y habiéndose dado
a conocer por este primer encargo, ganó todo lo que quiso; pues el rey
le pagaba generosamente por transmitir sus órdenes al ejército; además,
una cantidad de damas le daban lo que él pidiera por traerles noticias
de sus amantes, lo que le proporcionaba sus mayores ganancias. Había algunas
mujeres que le encargaban cartas para sus maridos, pero le pagaban tan
mal y representaba tan poca cosa, que ni se dignaba tomar en cuenta lo
que ganaba por ese lado.
Después de hacer durante algún tiempo el oficio de correo, y de
haber amasado grandes bienes, regresó donde su padre, donde la alegría
de volver a verlo es imposible de describir. Estableció a su familia con
las mayores comodidades. Compró cargos recién creados para su padre y
sus hermanos y así fue colocándolos a todos, formando a la vez con habilidad
su propia corte.
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Nadie se lamenta de una larga descendencia
cuando todos los hijos tienen buena presencia,
son hermosos y bien desarrollados;
mas si alguno resulta enclenque o silencioso
de él se burlan, lo engañan y se ve despreciado.
A veces, sin embargo, será este mocoso
el que a la familia ha de colmar de agrados.
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CHARLES PERRAULT
LA BELLA DURMIENTE DEL BOSQUE
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Había una vez un rey y una reina que estaban tan afligidos
por no tener hijos, tan afligidos que no hay palabras para expresarlo.
Fueron a todas las aguas termales del mundo; votos, peregrinaciones,
pequeñas devociones, todo se ensayó sin resultado.
Al fin, sin embargo, la reina quedó encinta y dio a luz una hija.
Se hizo un hermoso bautizo; fueron madrinas de la princesita todas las
hadas que pudieron encontrarse en la región (eran siete) para que cada
una de ellas, al concederle un don, como era la costumbre de las hadas
en aquel tiempo, colmara a la princesa de todas las perfecciones imaginables.
Después de las ceremonias del bautizo, todos los invitados volvieron
al palacio del rey, donde había un gran festín para las hadas. Delante
de cada una de ellas habían colocado un magnífico juego de cubiertos
en un estuche de oro macizo, donde había una cuchara, un tenedor y un
cuchillo de oro fino, adornado con diamantes y rubíes. Cuando cada cual
se estaba sentando a la mesa, vieron entrar a una hada muy vieja que
no había sido invitada porque hacia más de cincuenta años que no salía
de una torre y la creían muerta o hechizada.
El rey le hizo poner un cubierto, pero no había forma de darle
un estuche de oro macizo como a las otras, pues sólo se habían mandado
a hacer siete, para las siete hadas. La vieja creyó que la despreciaban
y murmuró entre dientes algunas amenazas. Una de las hadas jóvenes que
se hallaba cerca la escuchó y pensando que pudiera hacerle algún don
enojoso a la princesita, fue, apenas se levantaron de la mesa, a esconderse
tras la cortina, a fin de hablar la última y poder así reparar en lo
posible el mal que la vieja hubiese hecho.
Entretanto, las hadas comenzaron a conceder sus dones a la princesita.
La primera le otorgó el don de ser la persona más bella del mundo, la
siguiente el de tener el alma de un ángel, la tercera el de poseer una
gracia admirable en todo lo que hiciera, la cuarta el de bailar a las
mil maravillas, la quinta el de cantar como un ruiseñor, y la sexta
el de tocar toda clase de instrumentos musicales a la perfección. Llegado
el turno de la vieja hada, ésta dijo, meneando la cabeza, más por despecho
que por vejez, que la princesa se pincharía la mano con un huso, lo
que le causaría la muerte.
Este don terrible hizo temblar a todos los asistentes y no hubo
nadie que no llorara. En ese momento, el hada joven salió de su escondite
y en voz alta pronunció estas palabras:
-Tranquilizaos, rey y reina, vuestra hija no morirá; es verdad
que no tengo poder suficiente para deshacer por completo lo que mi antecesora
ha hecho. La princesa se clavará la mano con un huso; pero en vez de
morir, sólo caerá en un sueño profundo que durará cien años, al cabo
de los cuales el hijo de un rey llegará a despertarla.
Para tratar de evitar la desgracia anunciada por la anciana,
el rey hizo publicar de inmediato un edicto, mediante el cual bajo pena
de muerte, prohibía a toda persona hilar con huso y conservar husos
en casa.
Pasaron quince o dieciséis años. Un día en que el rey y la reina
habían ido a una de sus mansiones de recreo, sucedió que la joven princesa,
correteando por el castillo, subiendo de cuarto en cuarto, llegó a lo
alto de un torreón, a una pequeña buhardilla donde una anciana estaba
sola hilando su copo. Esta buena mujer no había oído hablar de las prohibiciones
del rey para hilar en huso.
-¿Qué hacéis aquí, buena mujer? -dijo la princesa. Estoy hilando,
mi bella niña, le respondió la anciana, que no la conocía.
-¡Ah! qué lindo es, replicó la princesa, ¿cómo lo hacéis? Dadme,
a ver si yo también puedo.
No hizo más que coger el huso, y siendo muy viva y un poco atolondrada,
aparte de que la decisión de las hadas así lo habían dispuesto, cuando
se clavó la mano con él y cayó desmayada.
La buena anciana, muy confundida, clama socorro. Llegan de todos
lados, echan agua al rostro de la princesa, la desabrochan, le golpean
las manos, le frotan las sienes con agua de la reina de Hungría; pero
nada la reanima.
Entonces el rey, que acababa de regresar al palacio y había subido
al sentir el alboroto, se acordó de la predicción de las hadas, y pensando
que esto tenía que suceder ya que ellas lo habían dicho, hizo poner
a la princesa en el aposento más hermoso del palacio, sobre una cama
bordada en oro y plata. Se veía tan bella que parecía un ángel, pues
el desmayo no le había quitado sus vivos colores: sus mejillas eran
encarnadas y sus labios como el coral; sólo tenía los ojos cerrados,
pero se la oía respirar suavemente, lo que demostraba que no estaba
muerta. El rey ordenó que la dejaran dormir en reposo, hasta que llegase
su hora de despertar.
El hada buena que le había salvado la vida, al hacer que durmiera
cien años, se hallaba en el reino de Mataquin, a doce mil leguas de
allí, cuando ocurrió el accidente de la princesa; pero en un instante
recibió la noticia traída por un enanito que tenía botas de siete leguas
(eran unas botas que recorrían siete leguas en cada paso). El hada partió
de inmediato, y al cabo de una hora la vieron llegar en un carro de
fuego tirado por dragones.
El rey la fue a recibir dándole la mano a la bajada del carro.
Ella aprobó todo lo que él había hecho; pero como era muy previsora,
pensó que cuando la princesa llegara a despertar, se sentiría muy confundida
al verse sola en este viejo palacio.
Hizo lo siguiente: tocó con su varita todo lo que había en el
castillo (salvo al rey y a la reina), ayas, damas de honor, mucamas,
gentilhombres, oficiales, mayordomos, cocineros, tocó también todos
los caballos que estaban en las caballerizas, con los palafreneros,
los grandes perros de gallinero, y la pequeña Puf, la perrita de la
princesa que estaba junto a ella sobre el lecho. Junto con tocarlos,
se durmieron todos, para que despertaran al mismo tiempo que su ama,
a fin de que estuviesen todos listos para atenderla llegado el momento;
hasta los asadores, que estaban al fuego con perdices y faisanes, se
durmieron, y también el fuego. Todo esto se hizo en un instante: las
hadas no tardaban en realizar su tarea.
Entonces el rey y la reina luego de besar a su querida hija,
sin que ella despertara, salieron del castillo e hicieron publicar prohibiciones
de acercarse a él a quienquiera que fuese en todo el mundo. Estas prohibiciones
no eran necesarias, pues en un cuarto de hora creció alrededor del parque
tal cantidad de árboles grandes y pequeños, de zarzas y espinas entrelazadas
unas con otras, que ni hombre ni bestia habría podido pasar; de modo
que ya no se divisaba, sino lo alto de las torres del castillo y esto
sólo de muy lejos. Nadie dudó de que esto fuese también obra del hada
para que la princesa, mientras durmiera, no tuviera nada que temer de
los curiosos.
Al cabo de cien años, el hijo de un rey que gobernaba en ese
momento y que no era de la familia de la princesa dormida, andando de
caza por esos lados, preguntó qué eran esas torres que divisaba por
encima de un gran bosque muy espeso; cada cual le respondió según lo
que había oído hablar. Unos decían que era un viejo castillo poblado
de fantasmas; otros, que todos los brujos de la región celebraban allí
sus reuniones. La opinión más corriente era que en ese lugar vivía un
ogro y llevaba allí a cuanto niño podía atrapar, para comérselo a gusto
y sin que pudieran seguirlo, teniendo él solamente el poder para hacerse
un camino a través del bosque. El príncipe no sabía qué creer, hasta
que un viejo campesino tomó la palabra y le dijo:
-Príncipe, hace más de cincuenta años le oí decir a mi padre
que había en ese castillo una princesa, la más bella del mundo; que
dormiría durante cien años y sería despertada por el hijo de un rey
a quien ella estaba destinada.
Al escuchar este discurso, el joven príncipe se sintió enardecido;
creyó sin vacilar que él pondría fin a tan hermosa aventura; e impulsado
por el amor y la gloria, resolvió investigar al instante de qué se trataba.
Apenas avanzó hacia el bosque, esos enormes árboles, aquellas
zarzas y espinas se apartaron solos para dejarlo pasar: caminó hacia
el castillo que veía al final de una gran avenida adonde penetró, pero,
ante su extrañeza, vio que ninguna de esas gentes había podido seguirlo
porque los árboles se habían cerrado tras él. Continuó sin embargo su
camino: un príncipe joven y enamorado es siempre valiente.
Llegó a un gran patio de entrada donde todo lo que apareció ante
su vista era para helarlo de temor. Reinaba un silencio espantoso, por
todas partes se presentaba la imagen de la muerte, era una de cuerpos
tendidos de hombres y animales, que parecían muertos. Pero se dio cuenta,
por la nariz granujienta y la cara rubicunda de los guardias, que sólo
estaban dormidos, y sus jarras, donde aún quedaban unas gotas de vino,
mostraban a las claras que se habían dormido bebiendo.
Atraviesa un gran patio pavimentado de mármol, sube por la escalera,
llega a la sala de los guardias que estaban formados en hilera, la carabina
al hombro, roncando a más y mejor. Atraviesa varias cámaras llenas de
caballeros y damas, todos durmiendo, unos de pie, otros sentados; entra
en un cuarto todo dorado, donde ve sobre una cama cuyas cortinas estaban
abiertas, el más bello espectáculo que jamás imaginara: una princesa
que parecía tener quince o dieciséis años cuyo brillo resplandeciente
tenía algo luminoso y divino.
Se acercó temblando y en actitud de admiración se arrodilló junto
a ella. Entonces, como había llegado el término del hechizo, la princesa
despertó; y mirándolo con ojos más tiernos de lo que una primera vista
parecía permitir:
-¿Sois vos, príncipe mío? -le dijo ella- bastante os habéis hecho
esperar.
El príncipe, atraído por estas palabras y más aún por la forma
en que habían sido dichas, no sabía cómo demostrarle su alegría y gratitud;
le aseguró que la amaba más que a sí mismo. Sus discursos fueron inhábiles;
por ello gustaron más; poca elocuencia, mucho amor, con eso se llega
lejos. Estaba más confundido que ella, y no era para menos; la princesa
había tenido tiempo de soñar con lo que le diría, pues parece (aunque
la historia no lo dice) que el hada buena, durante tan prolongado letargo,
le había procurado el placer de tener sueños agradables. En fin, hacía
cuatro horas que hablaban y no habían conversado ni de la mitad de las
cosas que tenían que decirse.
Entretanto, el palacio entero se había despertado junto con la
princesa; todos se disponían a cumplir con su tarea, y como no todos
estaban enamorados, ya se morían de hambre; la dama de honor, apremiada
como los demás, le anunció a la princesa que la cena estaba servida.
El príncipe ayudó a la princesa a levantarse y vio que estaba toda vestida,
y con gran magnificencia; pero se abstuvo de decirle que sus ropas eran
de otra época y que todavía usaba gorguera; no por eso se veía menos
hermosa.
Pasaron a un salón de espejos y allí cenaron, atendido por los
servidores de la princesa; violines y oboes interpretaron piezas antiguas
pero excelentes, que ya no se tocaban desde hacía casi cien años; y
después de la cena, sin pérdida de tiempo, el capellán los casó en la
capilla del castillo, y la dama de honor les cerró las cortinas: durmieron
poco, la princesa no lo necesitaba mucho, y el príncipe la dejó por
la mañana temprano para regresar a la ciudad, donde su padre debía estar
preocupado por él.
El príncipe le dijo que estando de caza se había perdido en el
bosque y que había pasado la noche en la choza de un carbonero quien
le había dado de comer queso y pan negro. El rey: su padre, que era
un buen hombre, le creyó pero su madre no quedó muy convencida, y al
ver que iba casi todos los días a cazar y que siempre tenía una excusa
a mano cuando pasaba dos o tres noches afuera, ya no dudó que se trataba
de algún amorío; pues vivió más de dos años enteros con la princesa
y tuvieron dos hijos siendo la mayor una niña cuyo nombre era Aurora,
y el segundo un varón a quien llamaron el Día porque parecía aún más
bello que su hermana.
La reina le dijo una y otra vez a su hijo para hacerlo confesar,
que había que darse gusto en la vida, pero él no se atrevió nunca a
confiarle su secreto; aunque la quería, le temía, pues era de la raza
de los ogros, y el rey se había casado con ella por sus riquezas; en
la corte se rumoreaba incluso que tenía inclinaciones de ogro, Y que
al ver pasar niños, le costaba un mundo dominarse para no abalanzarse
sobre ellos; de modo que el príncipe nunca quiso decirle nada.
Mas, cuando murió el rey, al cabo de dos años, y él se sintió
el amo, declaró públicamente su matrimonio y con gran ceremonia fue
a buscar a su mujer al castillo. Se le hizo un recibimiento magnífico
en la capital a donde ella entró acompañada de sus dos hijos.
Algún tiempo después, el rey fue a hacer la guerra contra el
emperador Cantalabutte, su vecino. Encargó la regencia del reino a su
madre, recomendándole mucho que cuidara a su mujer y a sus hijos. Debía
estar en la guerra durante todo el verano, y apenas partió, la reina
madre envió a su nuera y sus hijos a una casa de campo en el bosque
para poder satisfacer más fácilmente sus horribles deseos. Fue allí
algunos días más tarde y le dijo una noche a su mayordomo.
-Mañana para la cena quiero comerme a la pequeña Aurora.
-¡Ay! señora, dijo el mayordomo.
-¡Lo quiero!, dijo la reina (y lo dijo en un tono de ogresa que
desea comer carne fresca), y deseo comérmela con salsa -Robert.
El pobre hombre, sabiendo que no podía burlarse de una ogresa, tomó
su enorme cuchillo y subió al cuarto de la pequeña Aurora; ella tenía
entonces cuatro años y saltando y corriendo se echó a su cuello pidiéndole
caramelos. El se puso a llorar, el cuchillo se le cayó de las manos,
y se fue al corral a degollar un corderito, cocinándolo con una salsa
tan buena que su ama le aseguró que nunca había comido algo tan sabroso.
Al mismo tiempo llevó a la pequeña Aurora donde su mujer para que la
escondiera en una pieza que ella tenía al fondo del corral.
Ocho días después, la malvada reina le dijo a su mayordomo:
-Para cenar quiero al pequeño Día.
El no contestó, habiendo resuelto engañarla como la primera vez.
Fue a buscar al niño y lo encontró, florete en la mano, practicando
esgrima con un mono muy grande, aunque sólo tenía tres años. Lo llevó
donde su mujer, quien lo escondió junto con Aurora, y en vez del pequeño
Día, sirvió un cabrito muy tierno que la ogresa encontró delicioso.
Hasta aquí la cosa había marchado bien; pero una tarde, esta
reina perversa le dijo al mayordomo:
-Quiero comerme a la reina con la misma salsa que sus hijos.
Esta vez el pobre mayordomo perdió la esperanza de poder engañarla
nuevamente. La joven reina tenía más de 20 años, sin contar los cien
que había dormido: aunque hermosa y blanca su piel era algo dura; ¿y
cómo encontrar en el corral un animal tan duro? Decidió entonces, para
salvar su vida, degollar a la reina, y subió a sus aposentos con la
intención de terminar de una vez. Tratando de sentir furor y con el
puñal en la mano, entró a la habitación de la reina. Sin embargo no
quiso sorprendería y en forma respetuosa le comunicó la orden que había
recibido de la reina madre.
-Cumplid con vuestro deber, le dijo ella, tendiendo su cuello;
ejecutad la orden que os han dado; iré a reunirme con mis hijos, mis
pobres hijos tan queridos (pues ella los creía muertos desde que los
había sacado de su lado sin decirle nada).
-No, no, señora, le respondió el pobre mayordomo, enternecido,
no moriréis, y tampoco dejaréis de reuniros con vuestros queridos hijos,
pero será en mi casa donde los tengo escondidos, y otra vez engañaré
a la reina, haciéndole comer una cierva en lugar vuestro.
La llevó en seguida al cuarto de su mujer y dejando que la reina
abrazara a sus hijos y llorara con ellos, fue a preparar una cierva
que la reina comió para la cena, con el mismo apetito que si hubiera
sido la joven reina. Se sentía muy satisfecha con su crueldad, preparándose
para contarle al rey, a su regreso, que los lobos rabiosos se habían
comido a la reina su mujer y a sus dos hijos.
Una noche en que como de costumbre rondaba por los patios y corrales
del castillo para olfatear alguna carne fresca, oyó en una sala de la
planta baja al pequeño Día que lloraba porque su madre quería pegarle
por portarse mal, y escuchó también a la pequeña Aurora que pedía perdón
por su hermano.
La ogresa reconoció la voz de la reina y de sus hijos, y furiosa
por haber sido engañada, a primera hora de la mañana siguiente, ordenó
con una voz espantosa que hacía temblar a todo el mundo, que pusieran
al medio del patio una gran cuba haciéndola llenar con sapos, víboras,
culebras y serpientes, para echar en ella a la reina y sus niños, al
mayordomo, su mujer y su criado; había dado la orden de traerlos con
las manos atadas a la espalda.
Ahí estaban, y los verdugos se preparaban para echarlos a la
cuba, cuando el rey, a quien no esperaban tan pronto, entró a caballo
en el patio; había viajado por la posta, y preguntó atónito qué significaba
ese horrible espectáculo. Nadie se atrevía a decírselo, cuando de pronto
la ogresa, enfurecida al mirar lo que veía, se tiró de cabeza dentro
de la cuba y en un instante fue devorada por las viles bestias que ella
había mandado poner.
El rey no dejó de afligirse: era su madre, pero se consoló muy
pronto con su bella esposa y sus queridos hijos.
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Esperar algún tiempo para hallar un esposo
rico, galante, apuesto y cariñoso
parece una cosa natural
pero aguardarlo cien años en calidad de durmiente
ya no hay doncella tal que duerma tan apaciblemente.
La fábula además parece querer enseñar
que a menudo del vínculo el atrayente lazo
no será menos dichoso por haberle dado un plazo
y que nada se pierde con esperar;
pero la mujer con tal ardor
aspira a la fe conyugal
que no tengo la fuerza ni el valor
de predicarle esta moral.
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CHARLES PERRAULT
LA CENICIENTA
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Había una vez un gentilhombre
que se casó en segundas nupcias con una mujer, la más altanera y orgullosa
que jamás se haya visto. Tenía dos hijas por el estilo y que se le parecían
en todo.
El marido, por su lado, tenía una hija, pero de una dulzura y
bondad sin par; lo había heredado de su madre que era la mejor persona
del mundo.
Junto con realizarse la boda, la madrasta dio libre curso a su
mal carácter; no pudo soportar las cualidades de la joven, que hacían
aparecer todavía más odiables a sus hijas. La obligó a las más viles
tareas de la casa: ella era la que fregaba los pisos y la vajilla, la
que limpiaba los cuartos de la señora y de las señoritas sus hijas;
dormía en lo más alto de la casa, en una buhardilla, sobre una mísera
pallasa, mientras sus hermanas ocupaban habitaciones con parquet, donde
tenían camas a la última moda y espejos en que podían mirarse de cuerpo
entero.
La pobre muchacha aguantaba todo con paciencia, y no se atrevía
a quejarse ante su padre, de miedo que le reprendiera pues su mujer
lo dominaba por completo. Cuando terminaba sus quehaceres, se instalaba
en el rincón de la chimenea, sentándose sobre las cenizas, lo que le
había merecido el apodo de Culocenizón. La menor, que no era tan mala
como la mayor, la llamaba Cenicienta; sin embargo Cenicienta, con sus
míseras ropas, no dejaba de ser cien veces más hermosa que sus hermanas
que andaban tan ricamente vestidas.
Sucedió que el hijo del rey dio un baile al que invitó a todas
las personas distinguidas; nuestras dos señoritas también fueron invitadas,
pues tenían mucho nombre en la comarca. Helas aquí muy satisfechas y
preocupadas de elegir los trajes y peinados que mejor les sentaran;
nuevo trabajo para Cenicienta pues era ella quien planchaba la ropa
de sus hermanas y plisaba los adornos de sus vestidos. No se hablaba
más que de la forma en que irían trajeadas.
-Yo, dijo la mayor, me pondré mi vestido de terciopelo rojo y
mis adornos de Inglaterra.
-Yo, dijo la menor, iré con mi falda sencilla; pero en cambio,
me pondré mi abrigo con flores de oro y mi prendedor de brillantes,
que no pasarán desapercibidos.
Manos expertas se encargaron de armar los peinados de dos pisos
y se compraron lunares postizos. Llamaron a Cenicienta para pedirle
su opinión, pues tenía buen gusto. Cenicienta las aconsejó lo mejor
posible, y se ofreció incluso para arreglarles el peinado, lo que aceptaron.
Mientras las peinaba, ellas le decían:
- Cenicienta, ¿te gustaría ir al baile?
-Ay, señoritas, os estáis burlando, eso no es cosa para mí.
-Tienes razón, se reirían bastante si vieran a un Culocenizón
entrar al baile.
Otra que Cenicienta las habría arreglado mal los cabellos, pero
ella era buena y las peinó con toda perfección.
Tan contentas estaban que pasaron cerca de dos días sin comer.
Más de doce cordones rompieron a fuerza de apretarlos para que el talle
se les viera más fino, y se lo pasaban delante del espejo.
Finalmente, llegó el día feliz; partieron y Cenicienta las siguió
con los ojos y cuando las perdió de vista se puso a llorar. Su madrina,
que la vio anegada en lágrimas, le preguntó qué le pasaba.
-Me gustaría... me gustaría...
Lloraba tanto que no pudo terminar. Su madrina, que era un hada,
le dijo:
-¿Te gustaría ir al baile, no es cierto?
-¡Ay, sí!, dijo Cenicienta suspirando.
-¡Bueno, te portarás bien!, dijo su madrina, yo te haré ir.
La llevó a su cuarto y le dijo:
-Ve al jardín y tráeme un zapallo.
Cenicienta fue en el acto a coger el mejor que encontró y lo
llevó a su madrina, sin poder adivinar cómo este zapallo podría hacerla
ir al baile. Su madrina lo vació y dejándole solamente la cáscara, lo
tocó con su varita mágica e instantáneamente el zapallo se convirtió
en un bello carruaje todo dorado.
En seguida miró dentro de la ratonera donde encontró seis ratas
vivas. Le dijo a Cenicienta que levantara un poco la puerta de la trampa,
y a cada rata que salía le daba un golpe con la varita, y la rata quedaba
automáticamente transformada en un brioso caballo; lo que hizo un tiro
de seis caballos de un hermoso color gris ratón. Como no encontraba
con qué hacer un cochero:
-Voy a ver, dijo Cenicienta, si hay algún ratón en la trampa,
para hacer un cochero.
-Tienes razón, dijo su madrina, anda a ver.
Cenicienta le llevó la trampa donde había tres ratones gordos.
El hada eligió uno por su imponente barba, y habiéndolo tocado quedó
convertido en un cochero gordo con un precioso bigote. En seguida, ella
le dijo:
-Baja al jardín, encontrarás seis lagartos detrás de la regadera;
tráemelos.
Tan pronto los trajo, la madrina los trocó en seis lacayos que
se subieron en seguida a la parte posterior del carruaje, con sus trajes
galoneados, sujetándose a él como si en su vida hubieran hecho otra
cosa. El hada dijo entonces a Cenicienta:
-Bueno, aquí tienes para ir al baile, ¿no estás bien aperada?
-Es cierto, pero, ¿podré ir así, con estos vestidos tan feos?
Su madrina no hizo más que tocarla con su varita, y al momento
sus ropas se cambiaron en magníficos vestidos de paño de oro y plata,
todos recamados con pedrerías; luego le dio un par de zapatillas de
cristal, las más preciosas del mundo.
Una vez ataviada de este modo, Cenicienta subió al carruaje;
pero su madrina le recomendó sobre todo que regresara antes de la medianoche,
advirtiéndole que si se quedaba en el baile un minuto más, su carroza
volvería a convertirse en zapallo, sus caballos en ratas, sus lacayos
en lagartos, y que sus viejos vestidos recuperarían su forma primitiva.
Ella prometió a su madrina que saldría del baile antes de la medianoche.
Partió, loca de felicidad.
El hijo del rey, a quien le avisaron que acababa de llegar una
gran princesa que nadie conocía, corrió a recibirla; le dio la mano
al bajar del carruaje y la llevó al salón donde estaban los comensales.
Entonces se hizo un gran silencio: el baile cesó y los violines dejaron
de tocar, tan absortos estaban todos contemplando la gran belleza de
esta desconocida. Sólo se oía un confuso rumor:
-¡Ah, qué hermosa es!
El mismo rey, siendo viejo, no dejaba de mirarla y de decir por
lo bajo a la reina que desde hacía mucho tiempo no veía una persona
tan bella y graciosa. Todas las damas observaban con atención su peinado
y sus vestidos, para tener al día siguiente otros semejantes, siempre
que existieran telas igualmente bellas y manos tan diestras para confeccionarlos.
El hijo del rey la colocó en el sitio de honor y en seguida la condujo
al salón para bailar con ella. Bailó con tanta gracia que fue un motivo
más de admiración.
Trajeron exquisitos manjares que el príncipe no probó, ocupado
como estaba en observarla. Ella fue a sentarse al lado de sus hermanas
y les hizo mil atenciones; compartió con ellas los limones y naranjas
que el príncipe le había obsequiado, lo que las sorprendió mucho, pues
no la conocían. Charlando así estaban, cuando Cenicienta oyó dar las
once tres cuartos; hizo al momento una gran reverenda a los asistentes
y se fue a toda prisa.
Apenas hubo llegado, fue a buscar a su madrina y después de darle
las gracias, le dijo que desearía mucho ir al baile al día siguiente
porque el príncipe se lo había pedido. Cuando le estaba contando a su
madrina todo lo que había sucedido en el baile, las dos hermanas golpearon
a su puerta; Cenicienta fue a abrir.
-¡Cómo habéis tardado en volver! les dijo bostezando, frotándose
los ojos y estirándose como si acabara de despertar; sin embargo no
había tenido ganas de dormir desde que se separaron.
-Si hubieras ido al baile, le dijo una de las hermanas, no te
habrías aburrido; asistió la más bella princesa, la más bella que jamás
se ha visto; nos hizo mil atenciones, nos dio naranjas y limones.
Cenicienta estaba radiante de alegría. Les preguntó el nombre
de esta princesa; pero contestaron que nadie la conocía, que el hijo
del rey no se conformaba y que daría todo en el mundo por saber quién
era. Cenicienta sonrió y les dijo:
-¿Era entonces muy hermosa? Dios mío, felices vosotras, ¿no podría
verla yo? Ay, señorita Javotte, prestadme el vestido amarillo que usáis
todos los días.
-Verdaderamente, dijo la señorita Javotte, ¡no faltaba más! Prestarle
mi vestido a tan feo Culocenizón tendría que estar loca.
Cenicienta esperaba esta negativa, y se alegró, pues se habría
sentido bastante confundida si su hermana hubiese querido prestarle
el vestido.
Al día siguiente, las dos hermanas fueron al baile, y Cenicienta
también, pero aún más ricamente ataviada que la primera vez. El hijo
del rey estuvo constantemente a su lado y diciéndole cosas agradables;
nada aburrida estaba la joven damisela y olvidó la recomendación de
su madrina; de modo que oyó tocar la primera campanada de medianoche
cuando creía que no eran ni las once. Se levantó y salió corriendo,
ligera como una gacela. El príncipe la siguió, pero no pudo alcanzarla;
ella había dejado caer una de sus zapatillas de cristal que el príncipe
recogió con todo cuidado.
Cenicienta llegó a casa sofocada, sin carroza, sin lacayos, con
sus viejos vestidos, pues no le había quedado de toda su magnificencia
sino una de sus zapatillas, igual a la que se le había caído.
Preguntaron a los porteros del palacio si habían visto salir
a una princesa; dijeron que no habían visto salir a nadie, salvo una
muchacha muy mal vestida que tenía más aspecto de aldeana que de señorita.
Cuando sus dos hermanas regresaron del baile, Cenicienta les
preguntó si esta vez también se habían divertido y si había ido la hermosa
dama. Dijeron que si, pero que había salido escapada al dar las doce,
y tan rápidamente que había dejado caer una de sus zapatillas de cristal,
la más bonita del mundo; que el hijo del rey la había recogido dedicándose
a contemplarla durante todo el resto del baile, y que sin duda estaba
muy enamorado de la bella personita dueña de la zapatilla. Y era verdad,
pues a los pocos días el hijo del rey hizo proclamar al son de trompetas
que se casaría con la persona cuyo pie se ajustara a la zapatilla.
Empezaron probándola a las princesas, en seguida a las duquesas,
y a toda la corte, pero inútilmente. La llevaron donde las dos hermanas,
las que hicieron todo lo posible para que su pie cupiera en la zapatilla,
pero no pudieron. Cenicienta, que las estaba mirando, y que reconoció
su zapatilla, dijo riendo:
-¿Puedo probar si a mí me calza?
Sus hermanas se pusieron a reír y a burlarse de ella. El gentilhombre
que probaba la zapatilla, habiendo mirado atentamente a Cenicienta y
encontrándola muy linda, dijo que era lo justo, y que él tenía orden
de probarla a todas las jóvenes. Hizo sentarse a Cenicienta y acercando
la zapatilla a su piececito, vio que encajaba sin esfuerzo y que era
hecha a su medida.
Grande fue el asombro de las dos hermanas, pero más grande aún
cuando Cenicienta sacó de su bolsillo la otra zapatilla y se la puso.
En esto llegó la madrina que, habiendo tocado con su varita los vestidos
de Cenicienta, los volvió más deslumbrantes aún que los anteriores.
Entonces las dos hermanas la reconocieron como la persona que
habían visto en el baile. Se arrojaron a sus pies para pedirle perdón
por todos los malos tratos que le habían infligido. Cenicienta las hizo
levantarse y les dijo, abrazándolas, que las perdonaba de todo corazón
y les rogó que siempre la quisieran.
Fue conducida ante el joven príncipe, vestida como estaba. Él
la encontró más bella que nunca, y pocos días después se casaron. Cenicienta,
que era tan buena como hermosa, hizo llevar a sus hermanas a morar en
el palacio y las casó en seguida con dos grandes señores de la corte.
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En la mujer rico tesoro es la belleza,
el placer de admirarla no se acaba jamás;
pero la bondad, la gentileza
la superan y valen mucho más.
Es lo que a Cenicienta el hada concedió
a través de enseñanzas y lecciones
tanto que al final a ser reina llegó
(Según dice este cuento con sus moralizaciones).
Bellas, ya lo sabéis: más que andar bien peinadas
os vale, en el afán de ganar corazones
que como virtudes os concedan las hadas
bondad y gentileza, los más preciados dones.
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Sin duda es de gran conveniencia
nacer con mucha inteligencia,
coraje, alcurnia, buen sentido
y otros talentos parecidos,
Que el cielo da con indulgencia;
pero con ellos nada ha de sacar
en su avance por las rutas del destino
quien, para hacerlos destacar,
no tenga una madrina o un padrino.
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CHARLES PERRAULT
BARBA AZUL
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Érase una vez un hombre que
tenía hermosas casas en la ciudad y en el campo, vajilla de oro y plata,
muebles forrados en finísimo brocado y carrozas todas doradas. Pero
desgraciadamente, este hombre tenía la barba azul; esto le daba un aspecto
tan feo y terrible que todas las mujeres y las jóvenes le arrancaban.
Una vecina suya, dama distinguida, tenía dos hijas hermosísimas.
Él le pidió la mano de una de ellas, dejando a su elección cuál querría
darle. Ninguna de las dos quería y se lo pasaban una a la otra, pues
no podían resignarse a tener un marido con la barba azul. Pero lo que
más les disgustaba era que ya se había casado varias veces y nadie sabia
qué había pasado con esas mujeres.
Barba Azul, para conocerlas, las llevó con su madre y tres o
cuatro de sus mejores amigas, y algunos jóvenes de la comarca, a una
de sus casas de campo, donde permanecieron ocho días completos. El tiempo
se les iba en paseos, cacerías, pesca, bailes, festines, meriendas y
cenas; nadie dormía y se pasaban la noche entre bromas y diversiones.
En fin, todo marchó tan bien que la menor de las jóvenes empezó a encontrar
que el dueño de casa ya no tenía la barba tan azul y que era un hombre
muy correcto.
Tan pronto hubieron llegado a la ciudad, quedó arreglada la boda.
Al cabo de un mes, Barba Azul le dijo a su mujer que tenía que viajar
a provincia por seis semanas a lo menos debido a un negocio importante;
le pidió que se divirtiera en su ausencia, que hiciera venir a sus buenas
amigas, que las llevara al campo si lo deseaban, que se diera gusto.
-He aquí, le dijo, las llaves de los dos guardamuebles, éstas
son las de la vajilla de oro y plata que no se ocupa todos los días,
aquí están las de los estuches donde guardo mis pedrerías, y ésta es
la llave maestra de todos los aposentos. En cuanto a esta llavecita,
es la del gabinete al fondo de la galería de mi departamento: abrid
todo, id a todos lados, pero os prohibo entrar a este pequeño gabinete,
y os lo prohibo de tal manera que si llegáis a abrirlo, todo lo podéis
esperar de mi cólera.
Ella prometió cumplir exactamente con lo que se le acababa de
ordenar; y él, luego de abrazarla, sube a su carruaje y emprende su
viaje.
Las vecinas y las buenas amigas no se hicieron de rogar para
ir donde la recién casada, tan impacientes estaban por ver todas las
riquezas de su casa, no habiéndose atrevido a venir mientras el marido
estaba presente a causa de su barba azul que les daba miedo.
De inmediato se ponen a recorrer las habitaciones, los gabinetes,
los armarios de trajes, a cual de todos los vestidos más hermosos y
más ricos. Subieron en seguida a los guardamuebles, donde no se cansaban
de admirar la cantidad y magnificencia de las tapicerías, de las camas,
de los sofás, de los bargueños, de los veladores, de las mesas y de
los espejos donde uno se miraba de la cabeza a los pies, y cuyos marcos,
unos de cristal, los otros de plata o de plata recamada en oro, eran
los más hermosos y magníficos que jamas se vieran. No cesaban de alabar
y envidiar la felicidad de su amiga quien, sin embargo, no se divertía
nada al ver tantas riquezas debido a la impaciencia que sentía por ir
a abrir el gabinete del departamento de su marido.
Tan apremiante fue su curiosidad que, sin considerar que dejarlas
solas era una falta de cortesía, bajó por una angosta escalera secreta
y tan precipitadamente, que estuvo a punto de romperse los huesos dos
o tres veces. Al llegar á la puerta del gabinete, se detuvo durante
un rato, pensando en la prohibición que le había hecho su marido, y
temiendo que esta desobediencia pudiera acarrearle alguna desgracia.
Pero la tentación era tan grande que no pudo superarla: tomó, pues,
la llavecita y temblando abrió la puerta del gabinete.
Al principio no vio nada porque las ventanas estaban cerradas;
al cabo de un momento, empezó a ver que el piso se hallaba todo cubierto
de sangre coagulada, y que en esta sangre se reflejaban los cuerpos
de varias mujeres muertas y atadas a las murallas (eran todas las mujeres
que habían sido las esposas de Barba Azul y que él había degollado una
tras otra).
Creyó que se iba a morir de miedo, y la llave del gabinete que
había sacado de la cerradura se le cayó de la mano. Después de reponerse
un poco, recogió la llave, volvió a salir y cerró la puerta; subió a
su habitación para recuperar un poco la calma; pero no lo lograba, tan
conmovida estaba.
Habiendo observado que la llave del gabinete estaba manchada
de sangre, la limpió dos o tres veces, pero la sangre no se iba; por
mucho que la lavara y aún la resfregara con arenilla, la sangre siempre
estaba allí, porque la llave era mágica, y no había forma de limpiarla
del todo: si se le sacaba la mancha de un lado, aparecía en el otro.
Barba Azul regresó de su viaje esa misma tarde diciendo que en
el camino había recibido cartas informándole que el asunto motivo del
viaje acababa de finiquitarse a su favor. Su esposa hizo todo lo que
pudo para demostrarle que estaba encantada con su pronto regreso.
Al día siguiente, él le pidió que le devolviera las llaves y
ella se las dio, pero con una mano tan temblorosa que él adivinó sin
esfuerzo todo lo que había pasado.
-¿Y por qué, le dijo, la llave del gabinete no está con las demás?
-Tengo que haberla dejado, contestó ella allá arriba sobre mi
mesa.
-No dejéis de dármela muy pronto, dijo Barba Azul.
Después de aplazar la entrega varias veces, no hubo más remedio
que traer la llave.
Habiéndola examinado, Barba Azul dijo a su mujer:
-¿Por qué hay sangre en esta llave?
-No lo sé, respondió la pobre mujer, pálida corno una muerta.
-No lo sabéis, repuso Barba Azul, pero yo sé muy bien. ¡Habéis
tratado de entrar al gabinete! Pues bien, señora, entraréis y ocuparéis
vuestro lugar junto a las damas que allí habéis visto.
Ella se echó a los pies de su marido, llorando y pidiéndole perdón,
con todas las demostraciones de un verdadero arrepentimiento por no
haber sido obediente. Habría enternecido a una roca, hermosa y afligida
como estaba; pero Barba Azul tenía el corazón más duro que una roca.
-Hay que morir, señora, le dijo, y de inmediato.
-Puesto que voy a morir, respondió ella mirándolo con los ojos
bañados de lágrimas, dadme un poco de tiempo para rezarle a Dios.
-Os doy medio cuarto de hora, replicó Barba Azul, y ni un momento
más.
Cuando estuvo sola llamó a su hermana y le dijo:
-Ana, (pues así se llamaba), hermana mía, te lo ruego, sube a
lo alto de la torre, para ver si vienen mis hermanos, prometieron venir
hoy a verme, y si los ves, hazles señas para que se den prisa.
La hermana Ana subió a lo alto de la torre, y la pobre afligida
le gritaba de tanto en tanto;
-Ana, hermana mía, ¿no ves venir a nadie?
Y la hermana respondía:
-No veo más que el sol que resplandece y la hierba que reverdece.
Mientras tanto Barba Azul, con un enorme cuchillo en la mano,
le gritaba con toda sus fuerzas a su mujer:
-Baja pronto o subiré hasta allá.
-Esperad un momento más, por favor, respondía su mujer; y a continuación
exclamaba en voz baja: Ana, hermana mía, ¿no ves venir a nadie?
Y la hermana Ana respondía:
-No veo más que el sol que resplandece y la hierba que reverdece.
-Baja ya, gritaba Barba Azul, o yo subiré.
-Voy en seguida, le respondía su mujer; y luego suplicaba: Ana,
hermana mía, ¿no ves venir a nadie?
-Veo, respondió la hermana Ana, una gran polvareda que viene
de este lado.
-¿Son mis hermanos?
-¡Ay, hermana, no! es un rebaño de ovejas.
-¿No piensas bajar? gritaba Barba Azul.
-En un momento más, respondía su mujer; y en seguida clamaba:
Ana, hermana mía, ¿no ves venir a nadie?
Veo, respondió ella, a dos jinetes que vienen hacia acá, pero
están muy lejos todavía... ¡Alabado sea Dios! exclamó un instante después,
son mis hermanos; les estoy haciendo señas tanto como puedo para que
se den prisa.
Barba Azul se puso a gritar tan fuerte que toda la casa temblaba.
La pobre mujer bajó y se arrojó a sus pies, deshecha en lágrimas y enloquecida.
-Es inútil, dijo Barba Azul, hay que morir.
Luego, agarrándola del pelo con una mano, y levantando la otra
con el cuchillo se dispuso a cortarle la cabeza. La infeliz mujer, volviéndose
hacia él y mirándolo con ojos desfallecidos, le rogó que le concediera
un momento para recogerse.
-No, no, dijo él, encomiéndate a Dios; y alzando su brazo...
En ese mismo instante golpearon tan fuerte a la puerta que Barba
Azul se detuvo bruscamente; al abrirse la puerta entraron dos jinetes
que, espada en mano, corrieron derecho hacia Barba Azul.
Este reconoció a los hermanos de su mujer, uno dragón y el otro
mosquetero, de modo que huyó para guarecerse; pero los dos hermanos
lo persiguieron tan de cerca, que lo atraparon antes que pudiera alcanzar
a salir. Le atravesaron el cuerpo con sus espadas y lo dejaron muerto.
La pobre mujer estaba casi tan muerta como su marido, y no tenía fuerzas
para levantarse y abrazar a sus hermanos.
Ocurrió que Barba Azul no tenía herederos, de modo que su esposa
pasó a ser dueña de todos sus bienes. Empleó una parte en casar a su
hermana Ana con un joven gentilhombre que la amaba desde hacía mucho
tiempo; otra parte en comprar cargos de Capitán a sus dos hermanos;
y el resto a casarse ella misma con un hombre muy correcto que la hizo
olvidar los malos ratos pasados con Barba Azul.
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La curiosidad, teniendo sus encantos,
a menudo se paga con penas y con llantos;
a diario mil ejemplos se ven aparecer.
Es, con perdón del sexo, placer harto menguado;
no bien se experimenta cuando deja de ser;
y el precio que se paga es siempre exagerado.
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Por poco que tengamos buen sentido
y del mundo conozcamos el tinglado,
a las claras habremos advertido
que esta historia es de un tiempo muy pasado;
ya no existe un esposo tan terrible,
ni capaz de pedir un imposible,
aunque sea celoso, antojadizo.
Junto a su esposa se le ve sumiso
y cualquiera que sea de su barba el color,
cuesta saber, de entre ambos, cuál es amo y señor.
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Charles Perrault
nace el 12 enero de 1628 en París. Su familia, originaria de la ciudad
de Tours pero establecida ahora en París, pertenece a la alta burguesía
de toga. Charles Perrault es un estudiante brillante: estudia literatura
en el colegio de Beauvais en Paris, se diploma en derecho y se inscribe
en el colegio de abogados en 1651.
Alto funcionario y protegido de Colbert, publica obras de género galante
y parodias antes de decantarse por los Modernos frente a los partidarios
de la Antiguedad de la Academia Francesa, de la que es mienbro desde
1671. Su polémico poema El Siglo de Luis el Grande (1687) así como su
Paralelo de los Antiguos y los Modernos (entre 1688 y 1692), muy
criticados por Boileau, presentan y codifican sus argumentos: critica
el principio de autoridad y afirma que el progreso es
posible gracias a las artes tanto como a las ciencias, subraya la superioridad
del "siglo de Luis" sobre el siglo de Augusto.
Con sus Historias o Cuentos del tiempo pasado (también llamados Cuentos
de mi madre la Oca, 1697) consigue gran fama e inaugura el género literario
de los cuentos de hadas. Charles Perrault muere en París el 16 de mayo
de 1703.
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Charles Perrault
(1628-1703)
Escritor francés.
Referencias biográficas :
Charles Perrault nace el 12 enero de 1628 en París. Su familia, originaria
de la ciudad de Tours pero establecida ahora en París, pertenece a la alta burguesía
de toga. Charles Perrault es un estudiante brillante : estudia literatura en
el colegio de Beauvais en Paris, se diploma en derecho y se inscribe en el colegio
de abogados en 1651.
Alto funcionario y protegido de Colbert, publica obras de género galante y
parodias antes de decantarse por los Modernos frente a los partidarios de la
Antiguedad de la Academia Francesa, de la que es mienbro desde 1671. Su polémico
poema El Siglo de Luis el Grande (1687) así como su Paralelo de los
Antiguos y los Modernos (entre 1688 y 1692), muy criticados por Boileau,
presentan y codifican sus argumentos : critica el principio de autoridad y afirma
que el progreso es posible gracias a las artes tanto como a las ciencias, subraya
la superioridad del "siglo de Luis" sobre el siglo de Augusto. Con
sus Historias o Cuentos del tiempo pasado (también llamados Cuentos
de mi madre la Oca, 1697) consigue gran fama e inaugura el género literario
de los cuentos de hadas. Charles Perrault muere en París el 16 de mayo de 1703.
Además :
Entre los Cuentos de mi madre la Oca (Contes de ma mère l'Oye) :
Barba Azul (Barbe Bleue)
La Bella durmiente (La Belle au bois dormant)
Cenicienta (Cendrillon)
El Gato con Botas (Le Chat Botté)
>Piel
de Asno (Peau d'Ane)
Caperucita
Roja (Le Petit Chaperon Rouge)
Pulgarcito
(Le Petit Poucet) Riquet el del copete (Riquet à la Houpe)
Sobre Charles Perrault y su influencia en la historia de la literatura infantil
y juvenil : "La naissance de la littérature de jeunesse, entre morceaux
choisis et adaptation" (A. M. Bernardinis, Italie)
Estudios críticos :
Dir. por Jean Perrot, Tricentenaire Charles perrault : Les grands contes
du XVII° siècle et leur fortune littéraire, Press éditions, 1998.

Los seis cisnes
Hallándose
un rey de cacería en un gran bosque, salió en persecución de una pieza con tal
ardor, que ninguno de sus acompañantes pudo seguirlo. Al anochecer detuvo su
caballo y dirigiendo una mirada a su alrededor, se dio cuenta de que se había
extraviado y, aunque trató de buscar una salida no logró encontrar ninguna.
Vio entonces a una vieja, que se le acercaba cabeceando. Era una bruja.
- Buena mujer -le dijo el Rey-, ¿no podrías indicarme un camino para salir del
bosque?.
- Oh, si, Señor rey -respondió la vieja-. Si puedo, pero con una condición.
Si no la aceptáis, jamás saldréis de esta selva. Y moriréis de hambre.
- ¿Y qué condición es ésa? -preguntó el Rey.
- Tengo una hija -declaró la vieja-, hermosa como no encontraríais otra igual
en el mundo entero, y muy digna de ser vuestra esposa. Si os comprometéis a
hacerla Reina, os mostraré el camino para salir del bosque. El Rey, aunque angustiado
en su corazón, aceptó el trato, y la vieja lo condujo a su casita, donde su
hija estaba sentada junto al fuego. Recibió al Rey como si lo hubiese estado
esperando, y aunque el soberano pudo comprobar que era realmente muy hermosa,
no le gustó, y no podía mirarla sin un secreto terror. Cuando la doncella hubo
montado en la grupa del caballo, la vieja indicó el camino al Rey, y la pareja
llegó, sin contratiempo, al palacio, donde poco después se celebró la boda.
El Rey estuvo ya casado una vez, y de su primera esposa le habían quedado siete
hijos: seis varones y una niña, a los que amaba más que todo en el mundo. Temiendo
que la madrastra los tratara mal o llegara tal vez a causarles algún daño, los
llevó a un castillo solitario, que se alzaba en medio de un bosque. Tan oculto
estaba y tan difícil era el camino que conducía allá, que ni él mismo habría
sido capaz de seguirlo a no ser por un ovillo maravilloso que un hada le había
regalado. Cuando lo arrojaba delante de sí, se desenrollaba él solo y le mostraba
el camino. Pero el rey salía con tanta frecuencia a visitar a sus hijos, que,
al cabo, aquellas ausencias chocaron a la Reina, la cual sintió curiosidad por
saber qué iba a hacer solo al bosque. Sobornó a los criados, y éstos le revelaron
el secreto, descubriéndole también lo referente al ovillo, único capaz de indicar
el camino. Desde entonces la mujer no tuvo un momento de reposo hasta que hubo
averiguado el lugar donde su marido guardaba la milagrosa madeja. Luego confeccionó
unas camisetas de seda blanca y, poniendo en práctica las artes de brujería
aprendidas de su madre, hechizó las ropas. Un día en que el Rey salió de caza,
cogió ella las camisetas y se dirigió al bosque. El ovillo le señaló el camino.
Los niños, al ver desde lejos que alguien se acercaba, pensando que sería su
padre, corrieron a recibirlo, llenos de gozo. Entonces ella les echó a cada
uno una de las camisetas y, al tocar sus cuerpos, los transformó en cisnes,
que huyeron volando por encima del bosque. Ya satisfecha regresó a casa creyéndose
libre de sus hijastros. Pero resultó que la niña no había salido con sus hermanos,
y la Reina ignoraba su existencia. Al día siguiente, el Rey fue a visitar a
sus hijos y sólo encontró a la niña.
- ¿Dónde están tus hermanos? -le preguntó el Rey.
- ¡Ay, padre mío! -respondió la pequeña-. Se marcharon y me dejaron sola - y
le contó lo que
viera desde la ventana: cómo los hermanitos
transformados en cisnes, habían salido volando por encima de los árboles; y
le mostró las plumas que habían dejado caer y ella había recogido. Se entristeció
el Rey, sin pensar que la Reina fuese la artista de aquella maldad. Temiendo
que también le fuese robada la niña, quiso llevársela consigo. Mas la pequeña
tenía miedo a su madrastra, y rogó al padre le permitiera pasar aquella noche
en el castillo solitario.
Pensaba la pobre muchachita: "No puedo ya quedarme aquí; debo salir en
busca de mis hermanos". Y, al llegar la noche, huyó a través del bosque.
Anduvo toda la noche y todo el día siguiente sin descansar, hasta que la rindió
la fatiga. Viendo una cabaña solitaria, entró en ella y halló un aposento con
seis diminutas camas; pero no se atrevió a meterse en ninguna, sino que se deslizó
debajo de una de ellas, dispuesta a pasar la noche sobre el duro suelo.
Más a la puesta del sol oyó un rumor y, al mismo tiempo, vio seis cisnes que
entraban por la ventana. Se posaron en el suelo y se soplaron mutuamente las
plumas, y éstas les cayeron, y su piel de cisne quedo alisada como una camisa.
Entonces reconoció la niña a sus hermanitos y, contentísima, salió a rastras
de debajo de la cama. No se alegraron menos ellos al ver a su hermana; pero
el gozo fue de breve duración.
- No puedes quedarte aquí -le dijeron-, pues esto es una guarida de bandidos.
Si te encuentran cuando lleguen, te matarán.
- ¿Y no podríais protegerme? -preguntó la niña.
- No -replicaron ellos-, pues sólo nos está permitido despojarnos, cada noche,
que nuestro plumaje de cisne durante un cuarto de hora, tiempo durante el cual
podemos vivir en nuestra figura humana, pero luego volvemos a transformarnos
en cisnes.
Preguntó la hermanita, llorando:
- ¿Y no hay modo de desencantaros?
- No -dijeron ellos-, las condiciones son demasiado terribles. Deberías permanecer
durante seis años sin hablar ni reír, y en este tiempo tendrías que confeccionarnos
seis camisas de velloritas. Una sola palabra que saliera de tu boca, lo echaría
todo a rodar.
Y cuando los hermanos hubieron dicho esto, transcurrido ya el cuarto de hora,
volvieron a remontar el vuelo, saliendo por la ventana.
Pero la muchacha había adoptado la firme resolución de redimir a sus hermanos,
aunque le costase la vida. Salió de la cabaña y se fue al bosque, donde pasó
la noche, oculta entre el ramaje de un árbol. A la mañana siguiente empezó a
recoger velloritas para hacer las camisas. No podía hablar con nadie, y, en
cuanto a reír, bien pocos motivos tenía. Llevaba ya mucho tiempo en aquella
situación, cuando el Rey de aquel país, yendo de cacería por el bosque, pasó
cerca del árbol que servía de morada a la muchacha. Unos monteros la vieron
y la llamaron:
- ¿Quién eres? -pero ella no respondió.
- Baja -insistieron los hombres-. No te haremos ningún daño -. Más la doncella
se limitó a sacudir la cabeza. Los cazadores siguieron acosándola a preguntas,
y ella les echó la cadena de oro que llevaba al cuello, creyendo que así se
darían por satisfechos. Pero como los hombres insistieran, les echó el cinturón
y luego las ligas y, poco a poco, todas las prendas de que pudo desprenderse,
quedando, al fin, sólo con la camiseta. Más los tercos cazadores treparon a
la copa del árbol y, bajando a la muchacha, la condujeron ante el Rey, el cual
le pregunto:
-
¿Quién eres? ¿Qué haces en el árbol? -pero ella no respondió. El Rey insistió,
formulando de nuevo las mismas preguntas en todas las lenguas que conocía. Pero
en vano; ella permaneció siempre muda. No obstante, viéndola tan hermosa, el
Rey se sintió enternecido, y en su alma nació un gran amor por la muchacha.
La envolvió en su manto y, subiéndola a su caballo, la llevó a palacio. Una
vez allí mandó vestirla con ricas prendas, viéndose entonces la doncella más
hermosa que la luz del día. Más no hubo modo de arrancarle una sola palabra.
Sentóla a su lado en la mesa y su modestia y recato le gustaron tanto, que dijo:
- La quiero por esposa, y no querré a ninguna otra del mundo.
Y al cabo de algunos días se celebró la boda.
Pero la madre del Rey era una mujer malvada, a quien disgustó aquel casamiento,
y no cesaba de hablar mal de su nuera.
- ¡Quién sabe de dónde ha salido esta chica que no habla! -Murmuraba-. Es indigna
de un Rey.
Transcurrido algo más de un año, cuando la Reina tuvo su primer hijo, la vieja
se lo quitó mientras dormía, y manchó de sangre la boca de la madre. Luego se
dirigió al Rey y la acusó de haber devorado al niño. El Rey se negó a darle
crédito, y mandó que nadie molestara a su esposa. Ella, empero, seguía ocupada
constantemente en la confección de las camisas, sin atender otra cosa. Y con
el próximo hijo que tuvo, la suegra repitió la maldad, sin que tampoco el Rey
prestara oídos a sus palabras. Dijo:
- Es demasiado piadosa y buena, para ser capaz de actos semejantes. Si no fuese
muda y pudiese defenderse, su inocencia quedaría bien patente.
Pero cuando, por tercera vez, la vieja robó al niño recién nacido y volvió a
acusar a la madre sin que ésta pronunciase una palabra en su defensa, el Rey
no tuvo más remedio que entregarla un tribunal, y la infeliz reina fue condenada
a morir en la hoguera.
El día señalado para la ejecución de la sentencia resultó ser el que marcaba
el término de los seis años durante los cuales le había estado prohibido hablar
y reír. Así había liberado a sus queridos hermanos del hechizo que pesaba sobre
ellos. Además, había terminado las seis camisas, y sólo a la última le faltaba
la manga izquierda. Cuando fue conducida la hoguera, se puso las camisas sobre
el brazo y cuando, ya atada al poste del tormento, dirigió una mirada a su alrededor,
vio seis cisnes, que se acercaban en raudo vuelo. Comprendiendo que se aproximaba
el momento de su liberación, sintió una gran alegría. Los cisnes llegaron a
la pira y se posaron en ella, a fin de que su hermana les echara las camisas;
y no bien éstas hubieron tocado sus cuerpos, se les cayó el plumaje de ave y
surgieron los seis hermanos en su figura natural, sanos y hermosos. Sólo al
menor le faltaba el brazo izquierdo, sustituido por un ala de cisne. Se abrazaron
y se besaron, y la Reina, dirigiéndose al Rey, que asistía, consternado, a la
escena, rompiendo, por fin, a hablar, le dijo:
- Esposo mío amadísimo, ahora ya puedo hablar y declarar que sido calumniada
y acusada falsamente -y relató los engaños de que había sido víctima por la
maldad de la vieja, que le había robado los tres niños, ocultándolos.
Los niños fueron recuperados, con gran alegría del Rey, y la perversa suegra,
en castigo, hubo de subir a la hoguera y morir abrasada. El Rey y la Reina,
con sus seis hermanos, vivieron largos años en paz y felicidad.
Sobre la traducción para
la edición impresa de Ed. Labor
© Francisco Payarols - 1955
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Cisnes: Pintura tube de Pansy Pics
Midi "Sweet One"
usado con permiso del autor
es copyright © 2000 Bruce DeBoer
HadaLuna se imaginó sobre
la obra BlueMoon de ©Amy Brown
usada y modificada aquí con permiso expreso de la artista
El lobo y las siete cabritillas
Érase
una vez una vieja cabra que tenía siete cabritas, a las que quería tan tiernamente
como una madre puede querer a sus hijos. Un día quiso salir al bosque a buscar
comida y llamó a sus pequeñuelas.
- Hijas mías -les dijo-, me voy al bosque; mucho ojo con el lobo, pues si entra
en la casa os devorará a todas sin dejar ni un pelo. El muy bribón suele disfrazarse,
pero lo conoceréis enseguida por su bronca voz y sus negras patas.
Las cabritas respondieron:
-Tendremos mucho cuidado, madrecita. Podéis marcharos tranquila.
Despidióse la vieja con un balido y, confiada, emprendió su camino. No había
transcurrido mucho tiempo cuando llamaron a la puerta y una voz dijo:
- Abrid, hijitas. Soy vuestra madre, que estoy de vuelta y os traigo algo para
cada una.
Pero las cabritas comprendieron, por lo rudo de la voz, que era el lobo.
- No te abriremos -exclamaron-. No eres nuestra madre. Ella tiene una voz suave
y cariñosa, y la tuya es bronca: eres el lobo.
Fuese éste a la tienda y se compró un buen trozo de yeso. Se lo comió para suavizarse
la voz y volvió a la casita. Llamando nuevamente a la puerta:
- Abrid hijitas -dijo-. Vuestra madre os trae algo a cada una.
Pero el lobo había puesto una negra pata en la ventana, y al verla las cabritas,
exclamaron:
- No, no te abriremos; nuestra madre no tiene las patas negras como tú. ¡Eres
el lobo!
Corrió entonces el muy bribón a un tahonero y le dijo:
- Mira, me he lastimado un pie; úntamelo con un poco de pasta.
Untada que tuvo ya la pata, fue al encuentro del molinero:
- Échame harina blanca en el pie -díjole. El molinero, comprendiendo que el
lobo tramaba alguna tropelía, negóse al principio, pero la fiera lo amenazó:
-Si no lo haces, te devoro-. El hombre, asustado, le blanqueó la pata. Sí, así
es la gente.
Volvió el rufián por tercera vez a la puerta y, llamando, dijo: -Abrid, pequeñas;
es vuestra madrecita querida, que está de regreso y os trae buenas cosas del
bosque-. Las cabritas replicaron:
- Enséñanos la pata; queremos asegurarnos de que eres nuestra madre.
La fiera puso la pata en la ventana, y, al ver ellas que era blanca, creyeron
que eran verdad sus palabras y se apresuraron a abrir. Pero fue el lobo quien
entró. ¡Qué sobresalto, Dios mío! ¡Y qué prisas por esconderse todas! Metióse
una debajo de la mesa; la otra, en la cama; la tercera, en el horno; la cuarta,
en la cocina; la quinta, en el armario; la sexta, debajo de la fregadera, y
la más pequeña, en la caja del reloj. Pero el lobo fue descubriéndolas una tras
otra y, sin gastar cumplidos, se las engulló a todas menos a la más pequeñita
que, oculta en la caja del reloj, pudo escapar a sus pesquisas. Ya ahíto y satisfecho,
el lobo se alejó a un trote ligero y, llegado a un verde prado, tumbóse a dormir
a la sombra de un árbol.
Al cabo de poco regresó a casa la vieja cabra. ¡Santo Dios, lo que vio! La puerta,
abierta de par en par; la mesa, las sillas y bancos, todo volcado y revuelto;
la jofaina, rota en mil pedazos; las mantas y almohadas, por el suelo. Buscó
a sus hijitas, pero no aparecieron por ninguna parte; llamólas a todas por sus
nombres, pero ninguna contestó. Hasta que llególe la vez a la última, la cual,
con vocecita queda, dijo:
- Madre querida, estoy en la caja del reloj.
Sacóla la cabra, y entonces la pequeña le explicó que había venido el lobo y
se había comido a las demás. ¡Imaginad con qué desconsuelo lloraba la madre
la pérdida de sus hijitas!
Cuando ya no le quedaban más lágrimas, salió al campo en compañía de su pequeña,
y, al llegar al prado, vio al lobo dormido debajo del árbol, roncando tan fuertemente
que hacía temblar las ramas. Al observarlo de cerca, parecióle que algo se movía
y agitaba en su abultada barriga.
¡Válgame Dios! -pensó-. - ¿Si serán mis pobres hijitas, que se las ha merendado
y que están vivas aún?
Y envió a la pequeña a casa, a toda prisa, en busca de tijeras, aguja e hilo.
Abrió la panza al monstruo, y apenas había empezado a cortar cuando una de las
cabritas asomó la cabeza. Al seguir cortando saltaron las seis afuera, una tras
otra, todas vivitas y sin daño alguno, pues la bestia, en su glotonería, las
había engullido enteras. ¡Allí era de ver su regocijo! ¡Con cuánto cariño abrazaron
a su mamaíta, brincando como sastre en bodas! Pero la cabra dijo:
-Traedme ahora piedras; llenaremos con ellas la panza de esta condenada bestia,
aprovechando que duerme.
Las siete cabritas corrieron en busca de piedras y las fueron metiendo en la
barriga, hasta que ya no cupieron más. La madre cosió la piel con tanta presteza
y suavidad, que la fiera no se dio cuenta de nada ni hizo el menor movimiento.
Terminada ya su siesta, el lobo se levantó, y, como los guijarros que le llenaban
el estómago le diesen mucha sed, encaminóse a un pozo para beber. Mientras andaba,
moviéndose de un lado a otro, los guijarros de su panza chocaban entre sí con
gran ruido, por lo que exclamó:
- ¿Qué será este ruido que suena en mi barriga? Creí que eran seis cabritas,
mas ahora me parecen chinitas.
Al llegar al pozo e inclinarse sobre el brocal, el peso de las piedras lo arrastró
y lo hizo caer al fondo, donde se ahogó miserablemente. Viéndolo las cabritas,
acudieron corriendo y gritando jubilosas:
- ¡Muerto está el lobo! ¡Muerto está el lobo!
Y, con su madre, pusiéronse a bailar en corro en torno al pozo.
Sobre la traducción para
la edición impresa de Ed. Labor
© Francisco Payarols - 1955
El patito feo
¡Qué
hermosa estaba la campiña! Había llegado el verano: el trigo estaba amarillo;
la avena, verde; la hierba de los prados, cortada ya, quedaba recogida en los
pajares, en cuyos tejados se paseaba la cigüeña, con sus largas patas rojas,
hablando en egipcio, que era la lengua que le enseñara su madre. Rodeaban los
campos y prados grandes bosques, y entre los bosques se escondían lagos profundos.
¡Qué hermosa estaba la campiña! Bañada por el sol levantábase una mansión señorial,
rodeada de hondos canales, y desde el muro hasta el agua crecían grandes plantas
trepadoras formando una bóveda tan alta que dentro de ella podía estar de pie
un niño pequeño, mas por dentro estaba tan enmarañado, que parecía el interior
de un bosque. En medio de aquella maleza, una gansa, sentada en el nido, incubaba
sus huevos. Estaba ya impaciente, pues ¡tardaban tanto en salir los polluelos,
y recibía tan pocas visitas!
Los demás patos preferían nadar por los canales, en vez de entrar a hacerle
compañía y charlar un rato.
Por fin empezaron a abrirse los huevos, uno tras otro. «¡Pip, pip!», decían
los pequeños; las yemas habían adquirido vida y los patitos asomaban la cabecita
por la cáscara rota.
- ¡cuac, cuac! - gritaban con todas sus fuerzas, mirando a todos lados por entre
las verdes hojas. La madre los dejaba, pues el verde es bueno para los ojos.
- ¡Qué grande es el mundo! -exclamaron los polluelos, pues ahora tenían mucho
más sitio que en el interior del huevo.
- ¿Creéis que todo el mundo es esto? -dijo la madre-. Pues andáis muy equivocados.
El mundo se extiende mucho más lejos, hasta el otro lado del jardín, y se mete
en el campo del cura, aunque yo nunca he estado allí. ¿Estáis todos? -prosiguió,
incorporándose-. Pues no, no los tengo todos; el huevo gordote no se ha abierto
aún. ¿Va a tardar mucho? ¡Ya estoy hasta la coronilla de tanto esperar!
- Bueno, ¿qué tal vamos? -preguntó una vieja gansa que venía de visita.
- ¡Este huevo que no termina nunca! -respondió la clueca-. No quiere salir.
Pero mira los demás patitos: ¿verdad que son lindos? Todos se parecen a su padre;
y el sinvergüenza no viene a verme.
- Déjame ver el huevo que no quiere romper -dijo la vieja-. Creéme, esto es
un huevo de pava; también a mi me engañaron una vez, y pasé muchas fatigas con
los polluelos, pues le tienen miedo al agua. No pude con él; me desgañité y
lo puse verde, pero todo fue inútil. A ver el huevo. Sí, es un huevo de pava.
Déjalo y enseña a los otros a nadar.
- Lo empollaré un poquitín más dijo la clueca-. ¡Tanto tiempo he estado encima
de él, que bien puedo esperar otro poco!
- ¡Cómo quieras! -contestó la otra, despidiéndose.
Al fin se partió el huevo. «¡Pip, pip!» hizo el polluelo, saliendo de la cáscara.
Era gordo y feo; la gansa se quedó mirándolo:
- Es un pato enorme -dijo-; no se parece a ninguno de los otros; ¿será un pavo?
Bueno, pronto lo sabremos; del agua no se escapa, aunque tenga que zambullirse
a trompazos.
El día siguiente amaneció espléndido; el sol bañaba las verdes hojas de la enramada.
La madre se fue con toda su prole al canal y, ¡plas!, se arrojó al agua. «¡Cuac,
cuac!» -gritaba, y un polluelo tras otro se fueron zambullendo también; el agua
les cubrió la cabeza, pero enseguida volvieron a salir a flote y se pusieron
a nadar tan lindamente. Las patitas se movían por sí solas y todos chapoteaban,
incluso el último polluelo gordote y feo.
- Pues no es pavo -dijo la madre-. ¡Fíjate cómo mueve las patas, y qué bien
se sostiene! Es hijo mío, no hay duda. En el fondo, si bien se mira, no tiene
nada de feo, al contrario. ¡Cuac, cuac! Venid conmigo, os enseñaré el gran mundo,
os presentaré a los patos del corral. Pero no os alejéis de mi lado, no fuese
que alguien os atropellase; y ¡mucho cuidado con el gato!
Y se encaminaron al corral de los patos, donde había un barullo espantoso, pues
dos familias se disputaban una cabeza de anguila. Y al fin fue el gato quien
se quedó con ella.
- ¿Veis? Así va el mundo -dijo la gansa madre, afilándose el pico, pues también
ella hubiera querido pescar el botín-. ¡Servíos de las patas! y a ver si os
despabiláis. Id a hacer una reverencia a aquel pato viejo de allí; es el más
ilustre de todos los presentes; es de raza española, por eso está tan gordo.
Ved la cinta colorada que lleva en la pata; es la mayor distinción que puede
otorgarse a un pato. Es para que no se pierda y para que todos lo reconozcan,
personas y animales. ¡Ala, sacudiros! No metáis los pies para dentro. Los patitos
bien educados andan con las piernas esparrancadas, como papá y mamá. ¡Así!,
¿veis? Ahora inclinad el cuello y decir: «¡cuac!».
Todos obedecieron, mientras los demás gansos del corral los miraban, diciendo
en voz alta:
- ¡Vaya! sólo faltaban éstos; ¡como si no fuésemos ya bastantes! Y, ¡qué asco!
Fijaos en aquel pollito: ¡a ése sí que no lo toleramos! -. Y enseguida se adelantó
un ganso y le propinó un picotazo en el pescuezo.
- ¡Déjalo en paz! -exclamó la madre-. No molesta a nadie.
- Sí, pero es gordote y extraño -replicó el agresor-; habrá que sacudirlo.
- Tiene usted unos hijos muy guapos, señora -dijo el viejo de la pata vendada-.
Lástima de este gordote; ése sí que es un fracaso. Me gustaría que pudiese retocarlo.
- No puede ser, Señoría -dijo la madre-. Cierto que no es hermoso, pero tiene
buen corazón y nada tan bien como los demás; incluso diría que mejor. Me figuro
que al crecer se arreglará, y que con el tiempo perderá volumen. Estuvo muchos
días en el huevo, y por eso ha salido demasiado robusto -. Y con el pico le
pellizcó el pescuezo y le alisó el plumaje -. Además, es macho -prosiguió-,
así que no importa gran cosa. Estoy segura de que será fuerte y se despabilará.
- Los demás polluelos son encantadores de veras -dijo el viejo-. Considérese
usted en casa; y si encuentra una cabeza de anguila, haga el favor de traérmela.
Y de este modo tomaron posesión de la casa.
El pobre patito feo no recibía sino picotazos y empujones, y era el blanco de
las burlas de todos, lo mismo de los gansos que de las gallinas. «¡Qué ridículo!»,
se reían todos, y el pavo, que por haber venido al mundo con espolones se creía
el emperador, se henchía como un barco a toda vela y arremetía contra el patito,
con la cabeza colorada de rabia. El pobre animalito nunca sabía dónde meterse;
estaba muy triste por ser feo y porque era la chacota de todo el corral.
Así transcurrió el primer día; pero en los sucesivos las cosas se pusieron aún
peor. Todos acosaban al patito; incluso sus hermanos lo trataban brutalmente,
y no cesaban de gritar: - ¡Así te pescara el gato, bicho asqueroso!; y hasta
la madre deseaba perderlo de vista. Los patos lo picoteaban; las gallinas lo
golpeaban, y la muchacha encargada de repartir el pienso lo apartaba a puntapiés.
La sirenita
En
alta mar el agua es azul como los pétalos de la más hermosa centaura, y clara
como el cristal más puro; pero es tan profunda, que sería inútil echar el ancla,
pues jamás podría ésta alcanzar el fondo. Habría que poner muchos campanarios,
unos encima de otros, para que, desde las honduras, llegasen a la superficie.
Pero no creáis que el fondo sea todo de arena blanca y helada; en él crecen
también árboles y plantas maravillosas, de tallo y hojas tan flexibles, que
al menor movimiento del agua se mueven y agitan como dotadas de vida. Toda clase
de peces, grandes y chicos, se deslizan por entre las ramas, exactamente como
hacen las aves en el aire. En el punto de mayor profundidad se alza el palacio
del rey del mar; las paredes son de coral, y las largas ventanas puntiagudas,
del ámbar más transparente; y el tejado está hecho de conchas, que se abren
y cierran según la corriente del agua. Cada una de estas conchas encierra perlas
brillantísimas, la menor de las cuales honraría la corona de una reina.
Hacía muchos años que el rey del mar era viudo; su anciana madre cuidaba del
gobierno de la casa. Era una mujer muy inteligente, pero muy pagada de su nobleza;
por eso llevaba doce ostras en la cola, mientras que los demás nobles sólo estaban
autorizados a llevar seis. Por lo demás, era digna de todos los elogios, principalmente
por lo bien que cuidaba de sus nietecitas, las princesas del mar. Estas eran
seis, y todas bellísimas, aunque la más bella era la menor; tenía la piel clara
y delicada como un pétalo de rosa, y los ojos azules como el lago más profundo;
como todas sus hermanas, no tenía pies; su cuerpo terminaba en cola de pez.
Las princesas se pasaban el día jugando en las inmensas salas del palacio, en
cuyas paredes crecían flores. Cuando se abrían los grandes ventanales de ámbar,
los peces entraban nadando, como hacen en nuestras tierras las golondrinas cuando
les abrimos las ventanas. Y los peces se acercaban a las princesas, comiendo
de sus manos y dejándose acariciar.
Frente al palacio había un gran jardín, con árboles de color rojo de fuego y
azul oscuro; sus frutos brillaban como oro, y las flores parecían llamas, por
el constante movimiento de los pecíolos y las hojas. El suelo lo formaba arena
finísima, azul como la llama del azufre. De arriba descendía un maravilloso
resplandor azul; más que estar en el fondo del mar, se tenía la impresión de
estar en las capas altas de la atmósfera, con el cielo por encima y por debajo.
Cuando no soplaba viento, se veía el sol; parecía una flor purpúrea, cuyo cáliz
irradiaba luz.
Cada princesita tenía su propio trocito en el jardín, donde cavaba y plantaba
lo que le venía en gana. Una había dado a su porción forma de ballena; otra
había preferido que tuviese la de una sirenita. En cambio, la menor hizo la
suya circular, como el sol, y todas sus flores eran rojas, como él. Era una
chiquilla muy especial, callada y cavilosa, y mientras sus hermanas hacían gran
fiesta con los objetos más raros procedentes de los barcos naufragados, ella
sólo jugaba con una estatua de mármol, además de las rojas flores semejantes
al sol. La estatua representaba un niño hermosísimo, esculpido en un mármol
muy blanco y nítido; las olas la habían arrojado al fondo del océano. La princesa
plantó junto a la estatua un sauce llorón color de rosa; el árbol creció espléndidamente,
y sus ramas colgaban sobre el niño de mármol, proyectando en el arenoso fondo
azul su sombra violeta, que se movía a compás de aquéllas; parecía como si las
ramas y las raíces jugasen unas con otras y se besasen.
Lo que más encantaba a la princesa era oír hablar del mundo de los hombres,
de allá arriba; la abuela tenía que contarle todo cuanto sabía de barcos y ciudades,
de hombres y animales. Se admiraba sobre todo de que en la tierra las flores
tuvieran olor, pues las del fondo del mar no olían a nada; y la sorprendía también
que los bosques fuesen verdes, y que los peces que se movían entre los árboles
cantasen tan melodiosamente. Se refería a los pajarillos, que la abuela llamaba
peces, para que las niñas pudieran entenderla, pues no habían visto nunca aves.
- Cuando cumpláis quince años -dijo la abuela- se os dará permiso para salir
de las aguas, sentaros a la luz de la luna en los arrecifes y ver los barcos
que pasan; entonces veréis también bosques y ciudades.
Al año siguiente, la mayor de las hermanas cumplió los quince años; todas se
llevaban un año de diferencia, por lo que la menor debía aguardar todavía cinco,
hasta poder salir del fondo del mar y ver cómo son las cosas en nuestro mundo.
Pero la mayor prometió a las demás que al primer día les contaría lo que viera
y lo que le hubiera parecido más hermoso; pues por más cosas que su abuela les
contase siempre quedaban muchas que ellas estaban curiosas por saber.
Ninguna, sin embargo, se mostraba tan impaciente como la menor, precisamente
porque debía esperar aún tanto tiempo y porque era tan callada y retraída. Se
pasaba muchas noches asomada a la ventana, dirigiendo la mirada a lo alto, contemplando,
a través de las aguas azuloscuro, cómo los peces correteaban agitando las aletas
y la cola. Alcanzaba también a ver la luna y las estrellas, que a través del
agua parecían muy pálidas, aunque mucho mayores de como las vemos nosotros.
Cuando una nube negra las tapaba, la princesa sabía que era una ballena que
nadaba por encima de ella, o un barco con muchos hombres a bordo, los cuales
jamás hubieran pensado en que allá abajo había una joven y encantadora sirena
que extendía las blancas manos hacia la quilla del navío.
Llegó, pues, el día en que la mayor de las princesas cumplió quince años, y
se remontó hacia la superficie del mar.
A su regreso traía mil cosas que contar, pero lo más hermoso de todo, dijo,
había sido el tiempo que había pasado bajo la luz de la luna, en un banco de
arena, con el mar en calma, contemplando la cercana costa con una gran ciudad,
donde las luces centelleaban como millares de estrellas, y oyendo la música,
el ruido y los rumores de los carruajes y las personas; también le había gustado
ver los campanarios y torres y escuchar el tañido de las campanas.
¡Ah, con cuánta avidez la escuchaba su hermana menor! Cuando, ya anochecido,
salió a la ventana a mirar a través de las aguas azules, no pensaba en otra
cosa sino en la gran ciudad, con sus ruidos y su bullicio, y le parecía oír
el son de las campanas, que llegaba hasta el fondo del mar.
Al año siguiente, la segunda obtuvo permiso para subir a la superficie y nadar
en todas direcciones. Emergió en el momento preciso en que el sol se ponía,
y aquel espectáculo le pareció el más sublime de todos. De un extremo el otro,
el sol era como de oro -dijo-, y las nubes, ¡oh, las nubes, quién sería capaz
de describir su belleza! Habían pasado encima de ella, rojas y moradas, pero
con mayor rapidez volaba aún, semejante a un largo velo blanco, una bandada
de cisnes salvajes; volaban en dirección al sol; pero el astro se ocultó, y
en un momento desapareció el tinte rosado del mar y de las nubes.
Al cabo de otro año tocóle el turno a la hermana tercera, la más audaz de todas;
por eso remontó un río que desembocaba en el mar. Vio deliciosas colinas verdes
cubiertas de pámpanos, y palacios y cortijos que destacaban entre magníficos
bosques; oyó el canto de los pájaros, y el calor del sol era tan intenso, que
la sirena tuvo que sumergirse varias veces para refrescarse el rostro ardiente.
En una pequeña bahía se encontró con una multitud de chiquillos que corrían
desnudos y chapoteaban en el agua. Quiso jugar con ellos, pero los pequeños
huyeron asustados, y entonces se le acercó un animalito negro, un perro; jamás
había visto un animal parecido, y como ladraba terriblemente, la princesa tuvo
miedo y corrió a refugiarse en alta mar. Nunca olvidaría aquellos soberbios
bosques, las verdes colinas y el tropel de chiquillos, que podían nadar a pesar
de no tener cola de pez.
La cuarta de las hermanas no fue tan atrevida; no se movió del alta mar, y dijo
que éste era el lugar más hermoso; desde él se divisaba un espacio de muchas
millas, y el cielo semejaba una campana de cristal. Había visto barcos, pero
a gran distancia; parecían gaviotas; los graciosos delfines habían estado haciendo
piruetas, y enormes ballenas la habían cortejado proyectando agua por las narices
como centenares de surtidores.
Al otro año tocó el turno a la quinta hermana; su cumpleaños caía justamente
en invierno; por eso vio lo que las demás no habían visto la primera vez. El
mar aparecía intensamente verde, v en derredor flotaban grandes icebergs, parecidos
a perlas -dijo- y, sin embargo, mucho mayores que los campanarios que construían
los hombres. Adoptaban las formas más caprichosas y brillaban como diamantes.
Ella se había sentado en la cúspide del más voluminoso, y todos los veleros
se desviaban aterrorizados del lugar donde ella estaba, con su larga cabellera
ondeando al impulso del viento; pero hacia el atardecer el cielo se había cubierto
de nubes, y habían estallado relámpagos y truenos, mientras el mar, ahora negro,
levantaba los enormes bloques de hielo que brillaban a la roja luz de los rayos.
En todos los barcos arriaban las velas, y las tripulaciones eran presa de angustia
y de terror; pero ella habla seguido sentada tranquilamente en su iceberg contemplando
los rayos azules que zigzagueaban sobre el mar reluciente.
La primera vez que una de las hermanas salió a la superficie del agua, todas
las demás quedaron encantadas oyendo las novedades y bellezas que había visto;
pero una vez tuvieron permiso para subir cuando les viniera en gana, aquel mundo
nuevo pasó a ser indiferente para ellas. Sentían la nostalgia del suyo, y al
cabo de un mes afirmaron que sus parajes submarinos eran los más hermosos de
todos, y que se sentían muy bien en casa.
Algún que otro atardecer, las cinco hermanas se cogían de la mano y subían juntas
a la superficie. Tenían bellísimas voces, mucho más bellas que cualquier humano
y cuando se fraguaba alguna tempestad, se situaban ante los barcos que corrían
peligro de naufragio, y con arte exquisito cantaban a los marineros las bellezas
del fondo del mar, animándolos a no temerlo; pero los hombres no comprendían
sus palabras, y creían que eran los ruidos de la tormenta, y nunca les era dado
contemplar las magnificencias del fondo, pues si el barco se iba a pique, los
tripulantes se ahogaban, y al palacio del rey del mar sólo llegaban cadáveres.
Cuando, al anochecer, las hermanas, cogidas del brazo, subían a la superficie
del océano, la menor se quedaba abajo sola, mirándolas con ganas de llorar;
pero una sirena no tiene lágrimas, y por eso es mayor su sufrimiento.
- Ay si tuviera quince años! -decía -. Sé que me gustará el mundo de allá arriba,
y amaré a los hombres que lo habitan.
Y como todo llega en este mundo, al fin cumplió los quince años. - Bien, ya
eres mayor -le dijo la abuela, la anciana reina viuda-. Ven, que te ataviaré
como a tus hermanas-. Y le puso en el cabello una corona de lirios blancos;
pero cada pétalo era la mitad de una perla, y la anciana mandó adherir ocho
grandes ostras a la cola de la princesa como distintivo de su alto rango.
- ¡Duele! -exclamaba la doncella.
- Hay que sufrir para ser hermosa -contestó la anciana.
La doncella de muy buena gana se habría sacudido todas aquellos adornos y la
pesada diadema, para quedarse vestida con las rojas flores de su jardín; pero
no se atrevió a introducir novedades. - ¡Adiós! - dijo, elevándose, ligera y
diáfana a través del agua, como una burbuja.
El sol acababa de ocultarse cuando la sirena asomó la cabeza a la superficie;
pero las nubes relucían aún como rosas y oro, y en el rosado cielo brillaba
la estrella vespertina, tan clara y bella; el aire era suave y fresco, y en
el mar reinaba absoluta calma. Había a poca distancia un gran barco de tres
palos; una sola vela estaba izada, pues no se movía ni la más leve brisa, y
en cubierta se veían los marineros por entre las jarcias y sobre las pértigas.
Había música y canto, y al oscurecer encendieron centenares de farolillos de
colores; parecía como si ondeasen al aire las banderas de todos los países.
La joven sirena se acercó nadando a las ventanas de los camarotes, y cada vez
que una ola la levantaba, podía echar una mirada a través de los cristales,
límpidos como espejos, y veía muchos hombres magníficamente ataviados. El más
hermoso, empero, era el joven príncipe, de grandes ojos negros. Seguramente
no tendría mas allá de dieciséis años; aquel día era su cumpleaños, y por eso
se celebraba la fiesta. Los marineros bailaban en cubierta, y cuando salió el
príncipe se dispararon más de cien cohetes, que brillaron en el aire, iluminándolo
como la luz de día, por lo cual la sirena, asustada, se apresuró a sumergirse
unos momentos; cuando volvió a asomar a flor de agua, le pareció como si todas
las estrellas del cielo cayesen sobre ella. Nunca había visto fuegos artificiales.
Grandes soles zumbaban en derredor, magníficos peces de fuego surcaban el aire
azul, reflejándose todo sobre el mar en calma. En el barco era tal la claridad,
que podía distinguirse cada cuerda, y no digamos los hombres. ¡Ay, qué guapo
era el joven príncipe! Estrechaba las manos a los marinos, sonriente, mientras
la música sonaba en la noche.
Pasaba el tiempo, y la pequeña sirena no podía apartar los ojos del navío ni
del apuesto príncipe. Apagaron los faroles de colores, los cohetes dejaron de
elevarse y cesaron también los cañonazos, pero en las profundidades del mar
aumentaban los ruidos. Ella seguía meciéndose en la superficie, para echar una
mirada en el interior de los camarotes a cada vaivén de las olas. Luego el barco
aceleró su marcha, izaron todas las velas, una tras otra, y, a medida que el
oleaje se intensificaba, el cielo se iba cubriendo de nubes; en la lejanía zigzagueaban
ya los rayos. Se estaba preparando una tormenta horrible, y los marinos hubieron
de arriar nuevamente las velas. El buque se balanceaba en el mar enfurecido,
las olas se alzaban como enormes montañas negras que amenazaban estrellarse
contra los mástiles; pero el barco seguía flotando como un cisne, hundiéndose
en los abismos y levantándose hacia el cielo alternativamente, juguete de las
aguas enfurecidas. A la joven sirena le parecía aquello un delicioso paseo,
pero los marineros pensaban muy de otro modo. El barco crujía y crepitaba, las
gruesas planchas se torcían a los embates del mar. El palo mayor se partió como
si fuera una caña, y el barco empezó a tambalearse de un costado al otro, mientras
el agua penetraba en él por varios puntos. Sólo entonces comprendió la sirena
el peligro que corrían aquellos hombres; ella misma tenía que ir muy atenta
para esquivar los maderos y restos flotantes. Unas veces la oscuridad era tan
completa, que la sirena no podía distinguir nada en absoluto; otras veces los
relámpagos daban una luz vivísima, permitiéndole reconocer a los hombres del
barco. Buscaba especialmente al príncipe, y, al partirse el navío, lo vio hundirse
en las profundidades del mar. Su primer sentimiento fue de alegría, pues ahora
iba a tenerlo en sus dominios; pero luego recordó que los humanos no pueden
vivir en el agua, y que el hermoso joven llegaría muerto al palacio de su padre.
No, no era posible que muriese; por eso echó ella a nadar por entre los maderos
y las planchas que flotaban esparcidas por la superficie, sin parar mientes
en que podían aplastarla. Hundiéndose en el agua y elevándose nuevamente, llegó
al fin al lugar donde se encontraba el príncipe, el cual se hallaba casi al
cabo de sus fuerzas; los brazos y piernas empezaban a entumecérsele, sus bellos
ojos se cerraban, y habría sucumbido sin la llegada de la sirenita, la cual
sostuvo su cabeza fuera del agua y se abandonó al impulso de las olas.