Universität Frankfurt am Main
El Cine, junto con la Literatura, podríamos
afirmar que apareció en el amanecer del hombre: las pinturas rupestres, la
magia que de éstas se desprende, simbolizan grosso modo la misma
sensación que nosotros vivimos al contemplar una buena película. El mecanismo, alcanzaríamos
a decir, es el mismo: la abstracción de la realidad. La finalidad similar:
interactuar con el mundo que nos rodea. De tal modo, si consideramos cualquier
representación estética, tales como el Cine o la Literatura, ¿podemos afirmar
rotundamente que estamos ante obras de Arte? A mi modo de ver, nuestra
visión de lo artístico no está forjada en universales, ni es aplicable a
cualquier época. Por lo tanto, Arte es todo aquello que en un momento de la
Historia se considera como tal. Dicho esto, ¿por qué no considerar las pinturas
rupestres, que recrean escenas en movimiento, como la primera manifestación
cinematográfica? ¿Qué caracteriza al Cine, sino el movimiento? Si esto pudiera
mantenerse con más o menos veracidad, podríamos afirmar que el Arte en general,
desde sus inicios con los habitantes de Altamira, hasta el último film de
Stanley Kubrick (para mencionar tan sólo uno de los mejores directores del
último siglo), está ligado entre sí, del mismo modo en que la ovillera va
entrecruzando los diferentes hilos que ha escogido para su paño. En este
sentido, el Arte sería un perfectísimo entramado ‘intertextual’, en el que se
irían superponiendo diferentes estratos, uno tras otro, con precisos puntos de
partida.
Centrándonos ya en el paralelismo que pretendemos
establecer, la Literatura surge con el Mito: el hombre inventa una nueva
realidad, puesto que estaba lleno de fantasías, enajenado por seres extraños y
explicaciones imposibles. No obstante, quería ser una explicación del mundo. El
mito, una visión entroncada con lo que luego serán las religiones, explica la
existencia del Mundo y del Universo a partir de leyendas, seres sobrenaturales,
fuerzas benignas y malignas… En resumen, el mito no es otra cosa que la
antropomorfización de la realidad. A partir de este punto, el hombre realiza su
propia realidad e inventa un mundo nuevo que le evadirá del que le rodea, que
en ocasiones resulta angustioso e incomprensible. El Cine, como toda
representación artística, sigue los mismos parámetros que cualquier obra de arte, aunque es
cierto que en el Cine se produce una proliferación de mundos que es fruto de la
creación del arte, de nuevos mundos artísticos que denotan nuevas sensaciones.
La creación de estos mundos se realiza mediante la ‘separación’ y la
‘conjunción’ de diferentes elementos de otros mundos o realidades que pueden
servirnos para definir este nuevo mundo cinematográfico. Asimismo, los
elementos que forman un mismo mundo pueden diferenciarse entre ellos, ya que, a
su vez, en la creación del ‘mundo artístico’ hay procesos de ‘complementación’
y de ‘supresión’ de material que podemos utilizar para la formación de este
nuevo mundo o de otro totalmente dispar. Así pues, el mundo cinematográfico,
tal y como cualquier obra de arte, no es otra cosa que una ‘adaptación’ de
otros mundos, que, a su vez, beben de otros mundos artísticos inmediatos. De
todos modos, nuestra intención consiste en proponer una serie de paralelismos
que hemos hallado entre los argumentos literarios más recordados y cómo éstos
son adaptados por el celuloide.
Como
es natural (partiendo como partimos de que el Arte es una representación del
mundo que nos rodea y, además, de otros mundos artísticos que personalizan la
realidad circundante propia a su momento), el Cine partirá de los pecados que,
desde antaño, han asolado al hombre. El Amor, mal principal y por el cual
Príamo y Tisbe acabaron sus días trágicamente, resulta el leitmotiv más
incorporado en el mundo cinematográfico, ‘retozando’ en todas sus variantes. El
Amor puede representarse desde sus diferentes variantes literarias. De tal
suerte, tenemos en nuestro haber ‘el amor prohibido’ (representado, por
ejemplo, con Romeo y Julieta), ‘el amor adúltero’ (Madame Bovary),
‘el amor tentador’ (Don Juan), ‘el amor liberador’ (La bella y la
bestia o Notre Dame de París), y ‘el amor progresivo’ (La Cenicienta).
Podemos observar, pues, que los tópicos literarios no se circunscriben,
únicamente, a grandes obras literarias, sino, también, a su vertiente más
popular o folclórica.
La
adaptación de Romeo y Julieta nos conduce a representaciones
cinematográficas que explotan, por un lado, el dramatismo de los amantes que no
pueden concebir su amor por cuestiones externas a ellos (tales como conflictos
sociales, raciales...), y, por otro, el glamour que proporciona el
sentimiento amoroso vivido desde el desenfreno. Me refiero, por dar unos
modelos, a West Side story, en el primer caso, y a Mad love, en
el segundo, aunque Titanic cumpliría a la perfección ambas premisas. Del
mismo modo, la aparición, ya clásica, de una representación teatral de la obra
de Shakespeare es ya algo más que acuciante en el Cine moderno. ‘El amor
adúltero’, la personificación de la femme fatale en la cinematografía de
nuestra era, es algo palpable en películas como Gilda, Lunas de hiel,
o, para mayor equidad, la adaptación a Ana Karenina protagonizada por
Greta Garbo. En estos filmes, el leitmotiv que estructura la obra radica
en la opresión del sexo masculino frente a la mujer, ya tengan ambos una
relación matrimonial o un idilio temporal. La mujer oprimida por el poder
despótico del hombre, busca fuera de su relación aquello que no halla en el
seno de ésta, a saber, amor verdadero, sensibilidad, ternura... Del mismo modo,
otro factor que favorece a que la mujer tienda a desechar el yugo que le impone
su consorte es la insatisfacción sexual que se ve reparada con el nuevo amante.
En un mismo sentido, tenemos ‘el amor seductor’ que representa la figura del
Don Juan, el cazador de mujeres, y nos proporciona, al igual que todas sus
versiones literarias –desde Les Âmes du purgatoire (1834) de Mérimée,
hasta el Don Juan de Zorrilla (1844)–, un final redentor y en el que el
seductor de mujeres halla un fin idóneo a su actuación personal: ya sea la
muerte como en Las amistades peligrosas o la condena social como en American
Gigolo. Muy alejado a estos dos últimos tipos de Amor incluimos aquí ‘el
amor liberador’. Este es un sentimiento que ‘germina’ hacia la salvación de uno
de los dos amantes. Si el punto de partida literario se identifica con el
cuento folclórico La bella y la bestia, fácilmente podemos dar su
interpretación: el amor se convierte en un elemento purificador y redentor. A
partir del secuestro de una fémina por parte de un monstruo –como sucede en el Drácula
de Coppola– la protagonista consigue descubrir y hacer manifiestas, a través
del amor, las bondades de la criatura. Por último, ‘el amor progresivo’
representa a una joven que gracias a un matrimonio conveniente, o al hallazgo
de un príncipe azul, cambia su posición social, pasa de la pobreza más
ignominiosa al esplendor más plácido. Claros ejemplos serían Rebeca, Cantando
bajo la lluvia o Pretty woman, ésta última rayando la crítica social
y otorgando una visión desencantada de la vida al ser una prostituta la
protagonista. Aparte de estos últimos ejemplos, que no son los únicos que el
Cine toma de la Literatura para ambientar su ‘mundo’, podemos hallar
enamoramientos realizados mediante filtros (Willow), los celos como modus
amandi (Crimen perfecto), o la volubilidad del amor como sucede en Belle
époque.
Otra
de las bajas pasiones del hombre consiste en el odio de la venganza. De tal
modo, Macbeth de Shakespeare es uno de los pilares de esta nueva
intertextualidad entre el mundo cinematográfico y el mundo literario. Las
ansias de poder llevan al hombre a cualquier fin con tal de conseguir su
propósito; desde el asesinato, hasta la extorsión, el soborno... Claros
ejemplos residirían en la trilogía de El Padrino, L. A. Confidencial,
y todo el género cinematográfico relacionado con el mundo del hampa. Siguiendo
este mismo ejemplo, el ansia de poder o el hecho de lograr una determinada
meta, nos lleva al pacto fáustico que suele resultar, más bien, metafórico,
aunque, por eso, no menos desintegrador para el personaje. La Orestíada
nos sirve también como ejemplo del personaje vengador que busca justicia a una
afrenta anterior. Ejemplos de esto último son los westerns, las películas de
piratas o los novísimos filmes de acción trepidante en donde nuestro Ángel
de venganza, saliendo indemne, acaba eliminando a todos los malhechores.
El
conocimiento de uno mismo, de nuestra propia personalidad, también resulta un
perfecto filón tanto en la Literatura como en el Cine. Tomando como ejes
vertebradores obras como el Frankenstein de Shelley
–representación, a su vez, de los mitos de Prometeo y Pigmalión–, Dr. Jekill
and Mr. Hide de Stevenson o la
tragedia de Sófocles, Edipo, logramos personajes como el Norman Bates de
Psicosis, El profesor chiflado de Jerry Lewis (y más tarde de
Eddie Murphy), Blade runner... en donde estamos frente a protagonistas
con doble personalidad o que no son tan humanos como parecen. Estos textos
literarios sirven al Cine para dar una mayor introspección personal de los
personajes, presentándolos como complicados lunáticos, inconformistas con su
físico, o monstruos que, en ocasiones, poseen más sentimientos que un verdadero
humano.
Por
último y para terminar esta breve pincelada sobre los tópicos que el Cine toma
de la Literatura, tenemos el viaje. Todo relato implica movimiento, y todo
viaje comporta la búsqueda de algo. En ocasiones esta pesquisa consiste en el
intentar hallar un tesoro (como en el mito de Jasón y los Argonautas), o se
intenta fundar una patria nueva (como en La Eneida de Virgilio), o se
ansía regresar al hogar (La Odisea de Homero). Este tema del viaje suele
estar muy relacionado con los filmes basados en el western y la repoblación del
estado americano, aludiendo, sin lugar a dudas, a la fiebre del oro, la
creación de nuevos hogares (Horizontes lejanos), o el anhelado retorno (Centauros
del desierto).
He
aquí una breve descripción sobre los muchos tópicos que el Cine toma de la
Literatura, al igual que todo el Arte en sí toma de forma recíproca entre los
diferentes mundos que lo componen. El trabajo aquí presente no es otra cosa que
un primer contacto entre las diferentes relaciones que se mantienen entre la
cinematografía, género, aún, tan poco estudiado, y las demás artes. A su vez,
no pretende ser otra cosa que un acicate para que dichos mundos sean estudiados
a fondo, con todas sus fuentes y sus repercusiones. No obstante, no hay lugar
aquí para tan amplio y especializado estudio. Doctores tiene la escuela.