Lidia Pardo
Desde sus
orígenes, la literatura ha manipulado nuestra manera de entender la vida y el
mundo circundante, llegando a convertirnos en quijotes que se rinden ante la
locura de la ficción literaria y consideran verdadero aquello que no es más que
una invención libresca. La palabra escrita proyecta sus espacios utópicos a
través de un juego mímico de estampas paralelas que se convierten en metáfora
del mundo y de nosotros mismos. En esta laberíntica galería de espejos, dónde
se confunden mito y realidad, el amor será la clave que redefinirá los códigos
del comportamiento humano, supeditados, a su vez, a las corrientes
filosófico-literarias de cada época y a una posible reflexión teológica. El
objeto de este estudio es demostrar que el concepto del amor en la llamada literatura
infantil queda enmarcado en los límites de la tradición occidental, siendo un
fiel reflejo de los temas y motivos que caracterizan esta particular visión
amatoria la cual, rompiendo los márgenes del cosmos poético, es entendida y
aceptada como un modo de conducta convencional.
Si, en
un principio, en la literatura greco-latina, el amor es entendido como un
impulso de carácter sensual que aspira al placer material como fin último
–tal como se pone de manifiesto en el Ars
Amandi de Ovidio–, posteriormente, tras el descubrimiento de Platón y
el auge del neoplatonismo renacentista, éste será tratado de forma introspectiva,
despersonalizándolo y llegando a la peregrina afirmación de que para conseguirlo
no es necesaria la utilización del cuerpo como instrumento. A través de un
discurso puesto en boca de su maestro Sócrates, en la que sería una de sus
obras más emblemáticas, El Banquete,
el filósofo ateniense llega a la conclusión de que el Amor no puede ser otra
cosa que «amor de la belleza y no
de la fealdad» [1] y que, por lo tanto,
se manifestará como una atracción hacia un cuerpo bello, para llegar a transformarse
en una atracción hacia todos los cuerpos bellos, alcanzando de este modo el
conocimiento de lo que es la Belleza en sí.
Posteriormente
en el siglo XII, la sociedad cortesana de la Europa occidental, adoptaría una
nueva filosofía amorosa que la crítica ha dado en llamar amour cortois,
pero que los literatos de la época denominaron fins amors o bon amors,
y que equiparaba las relaciones amatorias a las relaciones feudales entre señor
y vasallo, caracterizándose así por la sumisión total del enamorado a la dama,
la cual era presentada como un ser inaccesible, rodeado de una aureola de
idealidad.
Pero
sería en el Renacimiento italiano, cuando surgiría la corriente filosófica que
bajo el nombre de Neoplatonismo conformara una nueva ideología amorosa síntesis
de la destilación de los principios definidos por Platón y por la poesía
trovadoresca. A través de obras como Sopra
lo amore de Marsilio Ficino, Dialoghi
d´amore de León Hebreo, los Asolani
de Pietro Bembo y, principalmente, Il
Cortegiano de Baltasar de Castiglione se predicaría que el hombre sabio
debe huir del amor bajo y gozar de la hermosura únicamente con aquellos órganos
que son gobernados por la razón, la cual a través de un proceso de abstracción
le conduciría al amor divino.
Traspasando
las coordenadas espacio-temporales que le son propias, esta nueva concepción
filosófica penetrará en la llamada literatura infantil que entenderá la hermosura
como el principal motivo que origina el nacimiento de «aquel ardiente deseo que llamamos amor» [2], el cual
«trae sabrosamente a sí los ojos que le ven, y penetrando por ellos se
imprime en el alma de quien le mira, y con una nueva y estraña dulzura toda
la transtorna y la hiche y deleite, y encendiéndola, la mueve a un deseo grande
dél». [3]
Así, en La Cenicienta de
los hermanos Grimm, la belleza de la protagonista es tal que al presentarse
al baile organizado en palacio deja a todos «boquiabiertos
de admiración» [4] , especialmente
al príncipe, el cual, prendado de su hermosura, «fue a su encuentro, la tomó de la mano y bailó
con ella. Y como no quería bailar con nadie más, no la soltó de la mano». [5]
Este hecho se repite tres veces a lo largo de la narración hasta que, finalmente,
en su huida la joven desconocida pierde un zapato, lo que lleva al monarca
a proclamar que «ninguna otra ha
de ser [su] esposa, sino aquella cuyo pie quepa en este zapato». [6] En el cuento de Perrault La bella durmiente del bosque, la mujer
dormida es descrita por el narrador como «el
más bello espectáculo que [se] pudo ver jamás: una Princesa que parecía tener
quince o dieciséis años, y cuyo brillo resplandeciente tenía no sé qué de
luminoso y divino» [7] , lo cual hará aproximarse
al príncipe «temblando, maravillado» [8] y asegurar «que la quería más que a sí mismo». [9] En Blancanieves,
un joven príncipe que vagaba por el bosque sucumbe ante la visión de una beldad
yacente en un sarcófago de cristal, llegando a pedirles a los siete enanitos
que lo custodian que se lo regalen pues según afirma «no
podré vivir sin contemplar a Blancanieves. Quisiera honrarla y respetarla
como a mi ser más querido». [10]
Si, según
afirmábamos siguiendo la línea marcada por los neoplatónicos, el verdadero
enamorado debe «determinarse totalmente
a huir toda vileza de amor vulgar y baxo, y a entrar con la guía de la razón
en el camino alto y maravilloso de amar»[11] ,
sirviéndose para ello de aquellos sentidos considerados «ministros» de esta última, el vehículo por excelencia que permitirá
disfrutar de la belleza del cuerpo amado serán los ojos, ya que «así como es imposible oír nosotros con el
paladar, o oler con los oídos, así también lo es gozar la hermosura con el
sentido del tacto y satisfacer con él a los deseos movidos por ella en nuestras
almas, y que solamente se puede gozar con el sentido del ver, del cual es
ella el verdadero objeto; y así, con estas consideraciones, apártase del ciego
juicio de la sensualidad y goce con los ojos aquel resplandor, aquella gracia,
aquellas centellas de amor, la risa, los ademanes y todos los otros dulces
y sabrosos aderezos de la hermosura». [12]
En la
cuentística infantil, encontraremos distintos casos que ilustran este tema,
como el de El firme soldado de plomo,
dónde los protagonistas de la historia se conformarán con disfrutar de la
presencia del ser amado únicamente con el sentido de la vista: «Se contentó con mirarla y ella le miró, pero
nada se dijeron».[13] En La
Cenicienta o El zapatito de cristal de Perrault, el príncipe se deleitará
en contemplar la hermosura de la protagonista, ensimismándose
con esta dulce visión y olvidando todo lo que le rodea, ya que según cuenta
el narrador «trajeron una cena magnífica, de la que no probó nada el joven
Príncipe, de tan ocupado como estaba en examinarla» [14]
(refiriéndose a Cenicienta). En Maese
Gato o El gato con botas, cuento del mismo autor, la hija del rey del lugar
se enamora de un joven que afirma ser el Marqués de Carabás, aturdida por
su belleza y las miradas de que él la hace objeto: «los hermosos trajes que
acababan de darle realzaban su buen aspecto (pues era guapo y de buena presencia),
la hija del Rey lo encontró muy de su gusto, y en cuanto el Marqués de Carabás
le echó dos o tres miradas muy respetuosas y un poco tiernas, ella se enamoró
locamente de él». [15] Pero en
la filosofía neoplatónica, no sólo los ojos serán el vehículo ideal del amor,
sino que los oídos también jugarán un papel fundamental, según se colige de
las afirmaciones de Castiglione cuando insta al enamorado a gozar «[…] asimismo con los oídos la suavidad del
tono de la voz, el son de las palabras y la dulzura del tañer y del cantar
[porque] así con todas estas cosas dará a su alma un dulce mantenimiento». [16]
Siguiendo
estos postulados, hallaremos en la literatura infantil cuentos en los que
se hiperboliza la belleza de la voz femenina, considerándola causa del irremediable
enamoramiento. De entre ellos, destacaremos el caso presentado en Pulgarcita, dónde se afirma que un topo
queda totalmente cautivado por la protagonista «a causa de su hermosa voz» [17] o el de
Rapónchigo, en el que el hijo de
un rey se siente irresistiblemente atraído por el canto de una desconocida,
llegándose a obsesionar por una mujer de la que sólo conoce su voz ya que
según sus propias palabras «había
quedado tan impresionado por su canto que no hubiera podido vivir tranquilo
sin verla». [18]
Del mismo modo, el beso será concebido por el Neoplatonismo
como un modo de unir las almas de los dos enamorados y, por lo tanto, como
un hecho totalmente desvestido de simbología erótica: «el enamorado que ama teniendo la razón por fundamento, conoce que, aunque
la boca sea parte del cuerpo, todavía por ella salen las palabras que son
mensajeras del alma, y sale asimismo aquel intrínseco aliento que se llama
también alma; y por eso se deleita de juntar su boca con la de la mujer a
quien ama, besándola no por moverse a deseo deshonesto alguno, sino porque
siente que aquel ayuntamiento es un abrir la puerta a las almas de entrambos». [19]
En la línea de estos principios ideológicos, encontraremos distintas narraciones infantiles en las
que se otorga al acto de besar el poder casi divino de insuflar la vida. Así
en La Sirenita, después de que ésta
halla conseguido llevar a su amado a tierra firme tras salvarle de un terrible
naufragio, la belleza de él la impulsará a besarlo, deseando con ello devolverle
la vida que parece perdida: «la sirena
le besó la frente alta y hermosa y ordenó su pelo húmedo; se dijo que se parecía
a la estatua de mármol de su pequeño jardín, le besó de nuevo y deseó que
viviese». [20] Paralelamente en Zarzarrosa
(La bella durmiente del bosque), el acto de besar no sólo será entendido
como un modo de gozar de la belleza de la amada sino más aún como un «ayuntamiento» que es a su vez un «abrir la puerta a las almas» de los dos protagonistas, de manera
que llega a convertirse en el instrumento argumental para despertar a la mujer
dormida de su letargo y devenir motivo de enamoramiento: «era tan hermosa que [el príncipe] no pudo
apartar de ella los ojos; se inclinó y la besó. Al rozarla con los labios
Zarzarrosa abrió los párpados, despertó y lo miró muy tiernamente». [21]
Si, como
afirmaba Platón, «el Amor no sólo
es el más antiguo de los dioses y el de mayor dignidad, sino también el más
eficaz para que los hombres, tanto vivos como muertos, consigan virtud y felicidad»[22] ,
no es de extrañar que éste a lo largo de la historia se haya metamorfoseado
en objeto poético, siendo moldeado por el lenguaje literario que aspirará
a la perfección descriptiva. Traspasando géneros y tendencias, el Amor llega
a ser el paradigma temático por excelencia de la literatura occidental, siendo
adoptado por la literatura infantil clásica que trasmitirá a su público lector
un legado intemporal que llegará a superar el trasmundo de lo ficticio y se
convertirá en alegoría del mundo circundante. Desde estas narraciones, fruto
de un peregrinaje milenario en el tiempo y el espacio, se acercará al joven
lector las peculiares características del patrimonio cultural europeo, ejerciendo
con ello una verdadera función educativa al convertirse en el primer instrumento
para conocer y dominar la realidad que le rodea.
[1] Platón, El Banquete, Luis Gil (ed), Barcelona, Planeta, 19904,
p. 41.
[2] Baltasar de Castiglione, El Cortesano, Rogelio Reyes Cano (ed),
Madrid, Austral, 19845, pp. 338-339.
[3] Ibid., p. 339.
[4] Jacob y Whilhelm Grimm, La Cenicienta, en Cuentos, Pedro Gálvez (ed.), Madrid, Alianza, 199913, p.196.
[5] Ibid., p.195.
[6] Ibid., p. 197.
[7] Charles Perrault, La bella durmiente del bosque, en Cuentos, Carmen Bravo-Villasante (ed.),
Barcelona, Biblioteca de cuentos maravillosos, 19982, p. 36.
[8] Ibid., p. 36.
[9] Ibid., p. 36.
[10] Jacob y Whilhelm
Grimm, Blancanieves, op. cit.,
p. 270.
[11] El Cortesano, op. cit.,
p. 347.
[12] Ibid., p. 347.
[13] Hans Chistian Andersen, El firme soldado de plomo, en La sombra y otros cuentos, Alberto Adell
(ed.), Madrid, Alianza, 19864, p. 101.
[14] Charles Perrault, La Cenicienta o El zapatito de cristal,
en Cuentos, op. cit., p.
79.
[15] Charles Perrault, Maese Gato o El gato con botas, en Cuentos, op. cit., p. 63.
[16] El
cortesano, op. cit., p. 347.
[17] Hans Christian Andersen, Pulgarcita, en La Reina de las Nieves y otros cuentos, op. cit., p. 66.
[18] Jacob y Wilhelm Grimm, Rapónchigo, en Cuentos, op. cit., p. 95.
[19] Baltasar de Castiglione, El Cortesano, op. cit., p.349
[20] Hans Christian Andersen, La Sirenita, en La Reina de las Nieves y otros cuentos, op. cit., p. 100
[21] Jacob y Wilhelm Grimm, Zarzarrosa (La bella duermiente), en Cuentos, op. cit., p. 172.
[22] Platón, El Banquete, op. cit., p. 14