LA SANTIDAD DE

SAN MANUEL BUENO, MÁRTIR

 

 

Gabriel Perissé
Maestro de Literatura Brasileña por la FFLCH-USP
y Doctorando en Educación por la FE-USP

perisse@uol.com.br

 

 

 

 

San Manuel Bueno, Mártir, [1] novela de Miguel de Unamuno, no es una blasfemia ni tan siquiera un sacrilegio. El sacerdote que no cree en Dios pero finge hacerlo para no escandalizar el pueblo está muy lejos de ostentar el ateísmo agresivo que, por ejemplo, llevaba al Marqués de Sade a escribir una estrofa como esta:

 

Yo, contento y feliz con mi epicurismo,
Sólo quiero expirar en el seno del ateísmo
Y que el infame Dios hecho para me acongojar
Sea por mi ideado tan sólo para blasfemar.

 

Al contrario. Quién lee San Manuel siente una profunda nostalgia de Dios, y un vago deseo de que Él realmente exista. Siente una atracción estético-sentimental por el silencio de Dios, silencio de un Ser que podría hablarnos como un padre a sus hijos, silencio que la voz de don Manuel, en sus sermones, en sus consejos, substituye con su tono tan humano que llega a parecer divino.

 

El existencialismo literario de Unamuno no se refiere a la muerte de Dios, tema recurrente en los medios teológicos en que se enclaban John Robinson y Paul Tillich (en las décadas de los 60 y los 70), ni reniega de la inquietud religiosa como el agnosticismo que la excluye de cualquier discusión. Unamuno no evita las preguntas sobre Dios, como en algunos ambientes intelectuales contemporáneos, en que la posibilidad de conflictos personales de carácter religioso es inimaginable o improductivo. Unamuno, aunque está inmerso en un ambiente que todavía considera una necesidad (o una fatalidad) piensar y hablar de Dios.

 

La novela puede ser leída en menos de una hora. Porque es breve, pero también porque posee aquella sencillez de los grandes clásicos. Todo se entiende, al mismo tiempo en que se percibe que hay allí ideas complejas, sugestiones en que precisamos meditar después de la lectura, en silencio. El libro es el relato — que supuestamente llegó a manos del escritor Miguel de Unamuno — de una mujer, Ángela Carballino, sobre la vida y la muerte de un cierto Manuel, sacerdote, cuyo proceso de beatificación ya está en marcha. En este relato, observamos a don Manuel dedicarse incansablemente a su ministerio de sacerdote, aunque haya perdido completamente la fe que tuviera en la infancia. El conflicto es éste: un hombre santo, a los ojos del pueblo católico de una pequeña ciudad española, aunque un hombre ateo, a los ojos de su propia conciencia.

 

Don Manuel esconde su falta de fe, y lo hace en nombre de su amor a aquellas personas que creen en él y que creen en Dios, en la Virgen María etc. No quiere envolver en su angustia a personas sencillas cuyo sentido en la vida consiste en esperar la recompensa del Cielo. Unamuno construyó un personaje que miente o engaña a los otros por considerar un deber de conciencia mantenerlos fieles a la Iglesia, a sus devociones, a su esperanza en la vida eterna. Don Manuel acredita que el pueblo precisa del fervor religioso para vencer el tedio de la vida.

 

Estamos ante un caso límite: un sacerdote ateo extremamente preocupado en seguir bajo cualquier riesgo los preceptos de la fe que no posee. Aquí reside el origen de su “martirio”. Su sufrimiento meritorio no es el fruto de una fidelidad coherente al contenido dogmático de la Iglesia que representa. Don Manuel sufre porque no debe ser coherente con su ateísmo. Su coherencia está en ser fiel al pueblo que le fue confiado.

 

La única persona con quien se relaciona es Lázaro, hermano de Ángela, que acude a la misa de don Manuel. Es a Lázaro a quien el santo hombre confiesa el secreto mortificante: “Yo estoy para hacer vivir a las almas de mis feligreses, para hacerlos felices, para hacerles que se sueñen inmortales y no para matarles. Lo que aquí hace falta es que vivan sanamente, que vivan en unanimidade de sentido, y com la verdad, com mi verdad, no vivirían. Que vivan. Y esto hace la Iglesia, hacerles vivir” (SM, 35).

 

La conciencia de don Manuel vive en constante conflicto. Por eso evita la soledad, por eso está siempre ayudando a los demás. Huye de la vida contemplativa para no tener que contemplar su falta de fe y no sentir la tentación del suicidio.

 

Sobre esta pérdida de la fe nada sabemos. No sabemos cuando el joven Manuel comenzó a perder la fe. No sabemos si don Manuel luchó para no perder la fe. No sabemos como llegó a esta situación paradoxal de, simultáneamente, vivir sin Dios y hacer a Dios presente en la vida de sus parroquianos.

 

Sobre la tentación del suicidio, sabemos que la heredó del padre. Mirando el lago de la aldea de Valverde de Lucerna, don Manuel siente la voluntad de matarse, la misma voluntad que persiguió el padre desde la cuna (cf. SM, 39).

 

No estamos frente a un ateísmo corriente. Para don Manuel la vida sin Dios no tiene sentido. La lógica corriente de la percepción del vacío absurdo llevaría al suicidio. Don Manuel opta por el martirio, un martirio sui generis. Muere, mátase, por amor al pueblo que no tenía fuerzas para enfrentarse a ese vacío. Ahogando su desespero, no en el lago, pero en la caridad heroica destituida de motivaciones sobrenaturales, don Manuel ahorra a los otros la verdad asesina y, a sí mismo, el horror de sólo tener el suicidio como escapatoria de la falta de sentido. En otras palabras, el sentido de la vida de don Manuel, lo que le salva del suicidio, es mantener intacta la felicidad ajena, elemento que le da fuerzas (precarias) para no sucumbir al dolor de haber nacido.

 

No que él engañe al pueblo. Administrándole el opio de la religión, confírmarles la fe. El pueblo cree “sin querer, por hábito, por tradición” (SM, 36), y el sacerdote ateo recusase el cuestionar esa tradición y ese hábito, denunciar esa inconsciencia. En realidad, asocia la felicidad del pueblo a esa inconsciencia, y su personal infelicidad a la conciencia de que Dios no existe.

 

La santidad de don Manuel es una santidad invertida. Su martirio auto-redentor está en ocultar a los demás la verdad escandalosa de que es un sacerdote sin fe. No miente para el pueblo. Revelar esa verdad, ser auténtico ante todos, conduciría, tal vez, al desahogo psicológico. Con todo, sería traer las expectativas santas de un pueblo sincero y sencillo.

 

Su dolor no está en mentir. Decir a sus parroquianos que, en verdad, es un sacerdote sin fe, provocaría el escándalo, el sufrimiento de los humildes, posiblemente el abandono de muchas ovejas. El sacerdote crucifícase en su soledad para que nadie pierda en aquella ciudad todo (la única cosa) que tienen: las verdades  cristianas.

 

Podemos alegar que hay aquí dos mentiras, dependiendo de como encaremos los hechos: o el sacerdote está mintiendo al pueblo porque le oculta ser ateo, o porque no procura despertar el pueblo para la verdad de que la fe cristiana no tiene consistencia real.

 

En los dos casos, estamos ante una mentira psicológicamente peligrosa. No se justifica la mentira por miedo de, revelandola, causar dolor. Mismamente, el hecho resulta terrible, sólo la verdad liberta, citando el Evangelio que, por encima de cualquier sospecha, don Manuel conoce y reza. Pero si él quiere fundar sobre una mentira toda su conducta, corre el riesgo de confundirse. Admite que comienza a perder la seguridad en el hablar: “No sé ya lo que me digo” (SM, 38), corriendo el riesgo, más que la confusión, de caer en una especie de esquizofrenia espiritual.

 

Desde un cierto punto de vista, don Manuel es un santo: su vida “era arreglar matrimonios desavenidos, reducir a sus padres hijos indómitos o reducir los padres a sus hijos, y sobre todo consolar a los amargados y atediados y ayudar a todos a bien morir” (SM, 16). Sin embargo, su santidad no corresponde, en el fondo, a aquella que el pueblo mismo venera, aunque estuviese pautado por ilusiones.

 

A propósito de las ilusiones, vale la pena resaltar cuánto subestima su pueblo al buen padre Manuel. ¿Sería ese argumento, el de que el pueblo no estaría preparado para la verdad, fruto de un método menos altruista del que el propio sacerdote podría soportar en su alma? ¿Tendría don Manuel, en la realidad, el método de que la verdad revelada disipase, más de lo que la fe ilusoria más consoladora, un cariño de que él, solitario, tanto precisaba? ¿No estaría, aquí, haciendo el papel de un inquisidor benévolo, muy alejado de aquel que Dostoievsky creó en Los Hermanos Karamázov, pero, al final, alguien que considera la mayoría del pueblo una raza flaca, gente que prefiere la paz y hasta la muerte a la liberdade de discernir el bem y el mal?

 

Un lector un poco más crítico llegará a otra hipótesis, tal vez bastante cruel para con la imagen del Santo Manuel pintada por Unamuno. Si por detrás de la conducta sacerdotal impecable había un ateísmo que, temiendo el nihilismo social, consideraba ruin no creer en nada, ¿no habría algo más sobre este ateísmo? ¿No habría algo menos noble, una carencia profundamente egoísta que don Manuel expresaba al repetir la frase de Cristo crucificado “¡Dios mío, Dios mío!, ¿por qué me has abandonado?”, al hacer el sermón de Viernes Santo (cf. SM, 18)?

 

¿En este caso, la orfandad metafísica que el cura experimentaba no tenía que ser curada en el propio ámbito de la teología? ¿No tenía faltado al buen sacerdote, lejos del corazón generoso que ya poseía, el coraje intelectual de pesquisar la religión en que naciera y comprender con detenimiento el Domingo de la Resurrección? ¿No sería un punto de más para su honestidad, alejarse del poblado (sin decir el por qué) y dedicarse a la pesquisa del abandono que Cristo experimentó en la cruz como un elemento que no puede ser considerado aisladamente y, por fin, encontrar su explicación en el contexto general de la entrega del Hijo de Dios a los designios del Padre?

 

Sería excesivo atribuir a esta novela el carácter de una apología al ateísmo coherente, como el que, por ejemplo, Albert Camus realizó en La Peste. Es importante resaltar que Unamuno no afirma la inexistencia de Dios. Don Manuel cree que Dios no existe. Sin embargo, como Ángela escribe al final de su relato, cree no creer, y, sin creer que creía, terminaba por creer (SM, 52). Es un creer intransitivo, no un no-creer absoluto. El argumento de fe con que don Manuel consoló un padre cuyo hijo se suicidó — “Seguramente [...] en el último momento, en el segundo de la agonía, se arrepentió sin duda alguna” (SM, 22) —, podemos utilizarlo para consolar a Ángela y a todos aquellos que sienten en el martirio de don Manuel una buena dosis de suicidio no-culpable.

 

El drama íntimo de don Manuel no nos remete tanto al problema teórico de la existencia de Dios cuanto al problema existencial que deriva de la propia negación de Dios. Unamuno no presenta una refutación filosófica de la existencia divina, tal vez intuyendo ser éste el punto flaco de su personaje. Don Manuel, no obstante la “agudeza mental” (SM, 16) que en él se notaba en la época del seminario, tenía una vocación más práctica de la que alberga el intelectual. No le atormenta la duda en el plano de las ideas, lo que podría ser resuelto con el estudio, la humildad, el recurso a las armas propias de la vida cristiana — o aunque resuelto con la convicción de que realmente Dios no existe, seguiendo un ateísmo científico.

 

Con el estudio, por ejemplo, don Manuel podría hacer la distinción clásica entre verdades iluminadas y verdades luminosas, distinguiendo los axiomas, que iluminan nuevos descubrimientos, de los descubrimientos iluminados por los axiomas. En este  caso, podría hacer el raciocinio que llevaron a tantos filósofos (sin el apoyo decisivo de la fe) a entender que el principio de la causalidad, como notó Aristóteles, no puede ni precisa ser lógicamente demostrado, y que a partir de ello es posible llegar a la conclusión racional de la existencia de Dios.

 

No, el problema de don Manuel no es un problema intelectual. O mejor, el intelecto, para don Manuel, no es un buen guía para resolver nuestros problemas existenciales. La insuficiencia de la inteligencia frente a la realidad multiforme constituye, en la realidad, el principio que vehicula la novela. Lo que, paradójicamente, es una brecha para la solución ambigua, semi-teológica: existiría un “más allá inmanente”, una presencia divina que se agota en lo humano. Bastaría ser bueno para ser feliz en este mundo, pues el otro mundo no existe. El Cielo existe, pero es aquí mismo. Dios existe, pero Dios somos nosotros mismos cuando, como don Manuel, pasamos por encima de nuestra descreencia a fin de volver la vida menos angustiosa para los otros, que juzgan creer en un Dios trascendente.

 

Don Manuel opta por un dilema sin salida. No puede renunciar a su ateísmo ni a su misión sacerdotal. Será tal vez un dilema artificial, pero es alrededor de él que todo gira. Lázaro, su discípulo amado, concluye que hay en la vida dos tipos de hombres nocivos: los que creen en la vida eterna y atormentan los otros para que desprecien la vida presente en nombre de aquella, y los que no creen en la vida eterna y atormentan los otros para que desprecien la eterna en nombre de un futuro intra-mundano (cf. SM 48-9).

 

En el dilema que mantiene don Manuel en continua tensión y sufrimiento hay una limitación lógica, como también hay una limitación en ese cuadro de los hombres nocivos. Porque podemos suponer que existen muchos otros tipos de hombres nocivos y de hombres benéficos en lo que se dice respecto a la concepción sobre la vida eterna y la vida terrena. Para apenas citar una alternativa, nada impide que haya (como de hecho hay) una concepción santa en que la vida eterna no se opone a la vida mortal, y que ésta en aquella encuentra su consumación.

 

En el final de su relato, Ángela manifiesta una posición dubitativa. Por un lado, acredita que don Manuel y Lázaro tenían acreditado que eran incrédulos, seguiendo designios de un Dios tal vez más “unamunista” del que sería aceptable (cf. SM, 52). Por otro lado, ella misma parece entrar en una crisis de fe, que se confunde con una crisis de la percepción, pues preguntarse si “esto ha pasado tal y como lo cuento” es más una duda gnoseológica general sobre lo que es real o imaginario de lo que propiamente una duda religiosa.

 

Este dudar reaparece en las últimas páginas del libro, cuando el narrador Miguel de Unamuno explica que el documento redactado por Ángela Carballino llegó a sus manos de un modo sobre el cual guardará secreto, relato que, él mismo admite, es semejante a su estilo y su modo de pensar.

 

Otra duda en este epílogo: Unamuno acrecienta que el pueblo de la pequeña ciudad en que vive don Manuel jamás creería en el amado párroco, si este le tuviese revelado su ateísmo, ya que el pueblo de Valverde de Lucerna (y, supongamos, todos los pueblos de gentes sencillas y necesitadas de una religión, de una tradición incuestionable etc.) sólo acredita en la conducta (luego, en aquello que ve). No sabe lo que es fe y tal vez ni se preocupa en saber (cf. SM, 55), afirmación que, invalidando al final los terribles temores de don Manuel, puede quitar la fuerza de su capacidad de entender aquellos que tanto amaba, y puede ser ella misma (la afirmación) también relativizada por una comprensión de la fe como algo más (algo mucho más [2]) que un sentimiento que los consuela por haber nacido para morir.

 

 



[1] La edición utilizada aqui es de Alianza Editorial, 2000. En el texto, las citaciones se hacen con SM y el número de la página correspondente.

[2] No cabe en este pequeño ensayo decir en qué consistirá esa fe, mas podemos evitar la tentación del reduccionismo, reconociendo la autenticidad de la experiencia de fe cuando esta comporta y orienta todo un compromiso existencial y lleva una persona a adoptar comportamientos positivos, maduros y constructivos. La postura verdaderamente religiosa puede poner en crisis comodismos intelectuales, pretensiones de respuestas absolutas para cuestiones complejas y cualquier ilusión de completude, indicando el valor pero también los límites de las realizaciones humanas. Y, por fin, remitiéndonos a la propia obra de Unamuno, la fe opera en el ser humano un crecimiento objetivo de humanidad, como se nota al leer palabras (e no mera conducta...) retiradas del su famoso Del sentimiento trágico de la vida: “Creo en Dios como creo en mis amigos, por sentir el aliento de su cariño y su mano invisible y intangible que me trae y me lleva y me estruja, por tener íntima conciencia de una providencia particular y de una mente universal que me traba mi propio destino.”