El nivel epistemológico
de la Literatura
Jordi Pardo Pastor
Instituto Brasileiro de Filosofia e Ciência
Raimundo Lúlio (“Ramon Llull”)
Al enfrentarnos con la enseñanza de la Literatura no
tenemos en cuenta una serie de puntos que muchas veces nos pasan desapercibidos
porque creemos que deben de estar más que asimilados o, simplemente, porque no
podemos dar crédito de ello y dejamos el problema aparcado, dedicándonos a la
tarea por la que se nos paga: enseñar literatura. En una época en que se ha
desentrañado la incógnita del genoma humano, el software es el dominador de
nuestras vidas, el marketing de empresa arrasa en el mercado y lo que determina
la existencia es haber realizado no sé cuantos tipos de master, qué
sentido tiene el efecto literario, qué significación podemos entresacar del
mero acto de leer literatura. Del mismo modo, en un sistema educativo que se
basa en secuencia tras secuencia, programación tras programación, análisis,
créditos y demás, qué lugar ocupa la Literatura en la enseñanza. Estas
reflexiones resultan gratuitas, puede llegar a pensar el lector, pero, a mi
entender, no dejan de reflejar el estado de la cuestión: vivimos en una
sociedad en la que la Literatura carece de sentido, ya que el sistema educativo
presente (LOGSE) y el anterior (LGE) no han profundizado en el carácter
antropológico de la materia. Claro está, que dicho sistema educativo, por mucha
LOGSE que se haya implantado, sigue basado en los mismos pilares, aunque ahora
más enflaquecidos. Los alumnos son los mismos, jóvenes de entre dieciséis y
dieciocho años que deberán ver (aunque sería más apropiado el término
‘entrever’), en apenas nueve meses, mil años de nuestra historia literaria.
Ignoro y me preocupan poco los fuegos artificiales y los chorritos de colores
que nos depararán las próximas leyes sobre educación, puesto que, a decir
verdad, enseñar Literatura a partir de la Historia de la Literatura carece de
sentido pedagógico y, mucho menos, didáctico. Pero, entonces cuál es nuestra
función, qué se debe enseñar en las aulas.
En este sentido, la funcionalidad de nuestro papel
educativo no hay duda de cuál es: enseñar Literatura. Sin embargo, el problema
es cómo enseñar la materia, si desde el punto de vista ortodoxo, es decir, con
Historia de la Literatura y comentario de textos, o bien, desde una posición
más antropológica que tenga en cuenta el ‘efecto literario’ y la capacidad
expansiva del sujeto. A este respecto, son bien conocidos para cualquier
persona que se dedique al oficio cuáles son los niveles de lectura. Ahora bien,
la teoría y los grados conseguidos en cada uno de los ciclos de la enseñanza
obligatoria se corresponden más bien poco con la realidad que nos rodea.
Partamos de una base, de cuál es nuestro objetivo: qué nuestros alumnos tengan
perfecta conciencia de nuestra historia literaria, desde las muasajas
medievales hasta El tocador de señoras de Eduardo Mendoza, o, por el
contrario, qué nuestros alumnos adquieran una visión ya no crítica, sino útil
de la Literatura.
A mi modo de ver las cosas, es preferible que un
joven, en un período de formación como corresponde a la edad comprendida entre
los dieciséis y los dieciocho años, aprenda a valorar la Literatura antes que a
menospreciar algo que realmente no conoce (y ya no sólo la Literatura, sino el
mero acto de leer un libro), porque no se lo han presentado tal como es, sino
que se lo han oscurecido con trovadores, clérigos, movimientos y catástrofes
vitales. De esta suerte, nuestro objetivo debe radicar en el ‘nivel
epistemológico’, es decir, en el grado suficientemente consciente en el que el
alumno puede leer un texto literario comprendiéndolo, observando posibles
relaciones intertextuales y con la suficiente capacidad para realizar
comentarios sobre lo que ha leído. Conseguir el ‘nivel epistemológico’ ha de
ser nuestro fin, puesto que si logramos que un alumno adopte una visión de la
Literatura, no como esa pesadez historiográfica, sino, más bien, como un
elemento útil para el vivir, habremos realizado mucho más que si este mismo
alumno conociera de ‘pe’ a ‘pa’ nuestra historia literaria, y, a su vez, no
estaremos cerrando la puerta a los grandes clásicos de la Literatura, sino, más
bien, los estaremos posponiendo a una madurez ya no física, sino intelectual.
En palabras de Kant, «Sapere aude», aprende a pensar por ti mismo.
Este utópico ‘nivel epistemológico’ se enfrenta a
casos en los que el alumnado se descubre en un analfabetismo funcional que
impide la comprensión empírica del texto literario. Nuestro propósito, pese a
las dificultades que podamos hallar por el camino, consiste en intentar que el
alumnado adquiera una visión útil de la Literatura, del mismo modo que poseen
una concepción útil de la medicina; puesto que la Literatura pretende, mediante
palabras, hablarnos del mundo que nos rodea e informarnos del conjunto de
personas, sucesos, cosas y acciones que nos circunscriben. Al hilo de este
contexto, debemos plasmar que una obra literaria construye un mundo imaginario
que puede guardar gran parecido con el mundo real, y que ambos se diferencian
en la sustancia con que están forjados. Mientras el mundo real, efectivamente,
se construye de seres y situaciones empíricamente comprobables, el mundo
literario sólo está compuesto de palabras.
Dado el carácter mimético que Aristóteles confirió
a la Literatura, es nuestra obligación dejar claro que ésta es un conducto para
vivir nuevas experiencias y para visitar lugares insospechados. En este
sentido, la lectura de una obra literaria se erige como una gratificación para
el descodificador, ya que el aprendizaje lector se establece como un motor de
desarrollo. Si seguimos a Ernst Cassirer, la realidad y la percepción de la
realidad es antes el resultado de la labor intelectual del ser humano (por
tanto, un acto de creación de nuestra mente) que algo con existencia propia.
Nuestra percepción del mundo se desenvuelve mediante actos de identificación,
de diferenciación, de comparación y de coordinación. Así pues, cuando el alumno
capta lo sensible, debería buscar unas ‘relaciones constantes’ que le
permitiesen observar coherentemente aquello que le rodea y que le otorga la
visión de la realidad. De esta suerte, el ser humano es el único ser vivo que no
se limita a vivir sin más, sino que quiere comprender qué es lo que vive (las
situaciones de la vida) y quiere analizar qué es lo que le rodea (el escenario
de esas situaciones). La mente, ayudada del lenguaje, es la que realiza esta
ardua labor. El pensamiento filosófico, en consecuencia, no es ni más ni menos
que esa actitud que tenemos, que tiende a racionalizar los acontecimientos que
nos suceden, aquello que percibimos y aquello que nos rodea. Como resultado
surgen las categorías de lo normal y lo anormal, lo verdadero y lo falso, lo
perfecto y lo imperfecto, lo creíble y lo increíble. Dada esta concepción
mimética de la realidad, el texto literario debería parecer más próximo y mucho
más real al lector, puesto que mediante un libro vivirá situaciones que en la
vida normal, en la vida cotidiana, jamás sucederán.
Si nos preguntamos por qué existe la Literatura y
por qué posee esa forma tan peculiar de entenderse, la respuesta que obtenemos
radica en los orígenes de la humanidad. El hombre ha buscado siempre una
explicación a los sucesos que no comprende; entre ellos el hombre quería ‘ser’
una explicación del mundo. Dentro del nivel epistemológico que estamos
comentando, deberíamos retroceder hasta el origen del tema que nos ocupa: el
mito. Con el mito se crea una visión entroncada con lo que luego serán las
religiones, es decir, se explica la existencia del Mundo y del Universo a
partir de leyendas, seres sobrenaturales, fuerzas benignas y malignas… En
resumen, el mito no es otra cosa que la antropomorfización de la realidad. Esta
manera de explicar el mundo es lo que la Literatura heredó, ésta se convirtió
en un discurso de lo imaginario que explicaba cosas del mundo, pero de una
forma poco científica. En este sentido, el alumnado debe entender que la Literatura
es un vehículo de autoconocimiento, puesto que este componente antropomórfico
deriva hacia la formación personal del lector.
En consecuencia, la Literatura participa del
procedimiento mitológico (para explicar el mundo inventa personajes) llegándose
a convertir en ‘juego’, cuando ya el mito deja de tener credibilidad (carece de
carácter cognoscitivo) y se transforma en el juego de contar historias. Así
pues, Literatura y Juego tienen en común ser una especie de paréntesis vital,
ya que cuando jugamos detenemos la cronología de nuestra vida, y el continuum
tempore de nuestro juego no coincide con la realidad circundante. Del mismo
modo, cuando leemos Literatura no concuerdan ni el espacio ni el tiempo de
aquello que leemos con el espacio y el tiempo en donde nosotros, como hombres,
nos hallamos. Por consiguiente, la ‘ficción literaria’ resulta una actividad
lúdica, ya que el alumnado agradece recibir la materia de esta forma más
cercana, puesto que se asemeja a sus propias experiencias vitales. De esta
suerte, Literatura y Juego se caracterizan por una ausencia de la función
moral, es decir, los aspectos éticos del juego o de la ‘ficción literaria’ no
coinciden con las verdaderas normas, enclavadas en la realidad, de lo moral o
lo inmoral, hecho que, paradójicamente, atrae al alumno. Saber que están
inventando algo (Literatura o Juego) les aparta de sus condicionamientos
inmediatos y provoca que se ahuyenten del canon de la moralidad. A su vez, el
Juego y la Literatura se alejan de la vida corriente, puesto que la Literatura
recronologiza y relocaliza la existencia del ser humano en un espacio y un
tiempo que nada tiene que ver con la realidad.
En sintonía con lo que decíamos más arriba, si
mediante la Literatura podemos viajar e, incluso, experimentar situaciones que
no podríamos realizar en nuestra vida cotidiana, ahora jugamos a ser quien no
somos, jugamos a ser quien nos gustaría ser. En definitiva, la Literatura se
transforma en Juego para que nosotros como lectores fantaseemos, mediante la lectura,
al igual que hacíamos en nuestra más tierna infancia con los juegos de la calle
(me refiero a las típicas aventuras imaginativas, o a los policías y ladrones).
También la Literatura se conecta con la Fiesta, y
ambas coinciden en una característica fundamental: en toda fiesta las
categorías y las jerarquías con las que se relacionan unas personas con otras
quedan canceladas. La Fiesta es la liberación no religiosa de las restricciones
legales cotidianas; los participantes de la Fiesta se entregan a la
participación desinteresada de la satisfacción colectiva. Malinowski nos dirá
que los participantes se congregan suprimiendo las barreras que en la vida
cotidiana separan a las personas por su posición social, por el sexo y por sus
creencias. Por otro lado, en toda fiesta se busca la satisfacción del apetito,
la participación común en los placeres que dicha fiesta permite y en la
confusión de lo bueno y lo malo. Del mismo modo, en la Literatura tanto el que
escribe como el que lee puede hacer suyos los intereses de los personajes y
puede disfrutar en el acto de la celebración que supone el placer literario
(una serie de comportamientos que en la vida real nos están prohibidos). Así
pues, la Literatura como la Fiesta se suceden como un paréntesis de
entretenimiento de la vida real. Las clases sociales se pierden y ya no hay ni
enseñador ni alumno, sino una reunión de personas que tratan un texto literario
desde todas sus vertientes. Presentando la Literatura como un tipo de Fiesta,
el alumno disfruta con el hecho de saberse inmerso en un rol diferente del que
sería el habitual en una materia ortodoxa. El alumno no está en el aula
únicamente como un receptor pasivo, sino como un elemento participativo, ya que
se ha abolido la barrera diferenciadora entre profesor (en un sentido estricto
del término) y alumno.
Además, toda obra literaria tiene algo de ritual
y, por lo tanto, cierto componente mágico. Todo rito supone una ceremonia y
toda ceremonia tiene un protocolo que ordena la acción y que la regula mediante
una serie de cumplimientos. El Rito es aquella acción en la que el ser humano
pretende ponerse en contacto con una realidad trascendente, conectar la
realidad suprasensible (sobrenatural) con la realidad sensible (terrenal). Para
que esta conexión se produzca es necesario utilizar una serie de fórmulas
mágicas, de conjuros. Asimismo, la Literatura posee ese punto de sacralidad
porque intenta atraernos hacia aquello que no es real, sino imaginario. El
mundo de la fantasía pretende ser más sublime que la realidad, con lo que el
alumno se eleva a un grado superior de conocimiento: accede, por lo tanto, al
deseado ‘nivel epistemológico’.
A tenor de las
circunstancias, la Literatura coincide con algunos aspectos del Trabajo. Ernst
Fischer opina que el Arte, al igual que el Trabajo, desarrolla la capacidad
operativa del ser humano para apoderarse de la Naturaleza. Mediante el Trabajo
transformamos nuestro entorno y lo hacemos más habitable, manipulamos el medio
natural, inventamos objetos. Concretamente, una realidad que nos es hostil se
convierte en comprensible y utilizable. La Literatura, pues, puede ser
interpretada como un tipo de Trabajo: el material que se manipula es el
lenguaje y la intención también consiste en apoderarnos de la realidad
(verbalmente para comprenderla mejor). Por supuesto, disfrutamos de esta
interacción, aunque también es necesaria biológicamente. Fischer también afirma
que el Trabajo se conecta con la Magia y, para éste, el Arte surgió antes como
una experiencia mágica que como una experiencia estética (pongamos por caso las
pinturas rupestres –Arnold Hauser– o los jeroglíficos egipcios). Es importante
que el alumno asimile que la Literatura se asemeja al Trabajo, ya que el
aprendizaje literario (en un sentido empírico) le permitirá apoderarse con
mayor perfección del mundo que le rodea. En este sentido, si mediante el
Trabajo posee la capacidad de transformar su realidad cognoscible, del mismo
modo, con la Literatura, gozará de los elementos necesarios para dicha
transformación.
En otro orden de cosas,
Literatura y Religión (con relación a su esencia ritual) se conectan en el
aspecto originariamente plural de su funcionamiento. La Literatura hasta
prácticamente el Romanticismo, tenía un marcado procedimiento oral y colectivo
que unía este acto comunicativo con la plegaria religiosa. Cierto, la Religión
posee una parte personal e íntima de comunicación con la divinidad mediante la
fórmula de la plegaria, pero el funcionamiento global de la ceremonia es colectivo.
Toda ceremonia tiene sus propios oficiantes, que son los que tienen el poder de
efectuar esa comunicación y hacer que los demás la experimenten, y sus propios
asistentes. De todas maneras, en la ‘ficción literaria’ hay un intento de
comunicar nuestras experiencias reales con las inexistentes, de conectar lo
increíble con lo real, asemejándose al acto de fe que requiere toda experiencia
religiosa. Pragmáticamente, esta idea se traduciría en un interés por parte del
alumno encaminado a aceptar aquello que lee, que, contrariamente, no aprobaría
bajo ningún concepto si la información recibida partiera de la auctoritate.
Al hilo de este contexto, la Literatura no habla del mundo,
crea el mundo y después de la mano, aquello que nos da el poder de la manipulación
del medio, el intelecto nos sirve para transformar esta creación circundante
que hemos labrado mediante el Trabajo, la Magia, la Religión y el Juego. La
realidad es el espejo de la obra literaria, del mismo modo que ésta lo es de la
realidad. La historia nos sirve para afirmarlo y como decía don Miguel de
Unamuno, para saber cuánto camino nos queda, debemos mirar atrás y comprobar
cuánto camino hemos recorrido ya.
Es cierto que el ser humano es un ‘ente’ comunicador por
excelencia, con más o menos entidad expansiva; pero, al fin y al cabo, con una
necesidad biológica de establecer comunicación con otros de su misma especie.
Ante tal afirmación categórica, también es cierto que el escritor crea una obra
literaria para que se lea, al igual que un ingeniero construye un edificio para
que se habite en él. Así pues, la Literatura tiene una categoría funcional
equiparable a la realidad, ya que de ella se sustenta.
En definitiva, esta presentación antropológica de la
Literatura es, digámoslo así, el ‘entrante’ necesario para que el alumno pueda
disfrutar de un texto literario, sea cual sea dicho texto y provenga de la
época que provenga. Esta visión innovadora de la Literatura para la enseñanza
no universitaria facilita que el dicente tome una visión más real de lo que va
a ser la Historia de la Literatura, de que aquellos rostros que encuentra en su
libro de texto son personas como él, que se decidieron por construir una nueva
realidad, mediante las palabras, con la que, quien esté dispuesto, pueda
embarcarse en un largo viaje. Que comprenda que la Literatura no es para
‘bichos raros’ o ‘intelectuales delirantes’, sino que es, más bien, la mejor
manera de tomar posición ante la vida, de enriquecerse como persona y de
convertirse en aquello que desearíamos ser por unos instantes.