Santa Caterina de Siena
La adopción de la técnica dramática por parte de
nuestro autor no supone en modo alguno violencia o rompimiento con su anterior
forma de expresión: la poesía. Diríase que ésta ‘desemboca’ naturalmente
en el «drama», cual si fuera éste un mar de horizontes expresivos más amplios,
pero siempre alimentado por el caudal poético del que Salinas es fuente viva.
Ha de verse en el teatro de nuestro autor una consecuencia y un complemento de
su poesía. El suyo, es, pues, «teatro-poético», con todos sus más y sus menos. No
es de extrañar, por consiguiente, que encontremos en estas piezas cortas muchas
notas que caracterizan la «poesía amorosa» de Salinas. En algunos casos (véase,
por ejemplo, El chantajista, de la que nos ocupamos de un modo
especial), una pieza completa es una poesía, o la esencia misma de toda su
poesía, plastificada. Las relaciones entre poesía y teatro en nuestro autor
pueden ser de distinta índole:
1) Pasajes poéticos que evocan de alguna manera general la especial
atmósfera, de la poesía salisiana.
2) Relaciones de contenido «ideológico», algo al margen de lo
estrictamente literario, pero que, evidentemente, se dan en las dos formas de
expresión. Tales serían los englobados en los rótulos Fábula y Signo, Seguro
Azar, Todo más claro...
3) Reiteración de «motivos» poéticos inconfundibles: la víspera del
gozo, la primacía de los pronombres, los únicos dos, la formación del día por
el amor, la recreación introspectiva de la amada...
4) Glosa de un determinado verso suelto que aparece disperso aquí y
allá en muchas de sus obras y que puede comprender desde una simple evocación a
una clara paráfrasis.
Todo ello llevado a la exacerbación da lugar a:
5) Lo que llamaré, sin duda incorrectamente, «poesía dramatizada» más
que teatro poético. Es el caso de El Chantajista.
Veamos algún texto que nos ilustre sobre el primer
epígrafe, ya sea al azar, pues no atino a que sean los más representativos
precisamente:
No te encuentro. Diez años
buscando. Cuántas equivocaciones! Y cómo duelen. ¿Existes? Nadie me contesta
¿Son respuestas las horas alegres, que me dicen que sí, el mar por la mañana?
¿Son respuestas las horas tristes, que me dicen que no, la selva nocturna?
Y si no existieras [...] [1]
Director.-
[...] Pero la conozco, porque cuando yo puse ese anuncio era justamente para
que lo leyese una mujer a quien ya conocía sin haberla visto, a quien yo me
figuraba, y me la figuraba tanto que no sabía muy bien si era algo más que una
figuración mía [...[ (363)
Vayamos ahora con el siguiente apartado, pues todos
estos rótulos convergen hacia un punto: la trascendencia. Con todo, no vamos a
insistir mucho sobre ello. Sólo hacer constar una apreciación nuestra, quizá no
del todo justa: la ambigüedad, el escaso rigor intelectual de esta tan traída y
llevada característica saliniana. Por ventura, se deba ello a un posible
doble origen de esta tendencia, de nuestro autor a las esencias:
- un origen
«cerebral», fruto de la meditación y del estudio, que empalmaría, para darle
rango, con el mito platónico de la caverna:
Mecanógrafa. –Y ninguno me
quiere creer. Me toman por loca (414).
-
un origen temperamental –poeta al fin–, intuitivo cordial y que un brevísimo
texto de otro gran poeta, Saint-Exupéri, nos ilumina como un relámpago:
– Adiós– dijo el zorro –. He aquí mi secreto. Es muy simple: no se ve
bien sino el corazón. Lo esencial es invisible a los ojos (Le petit
prince, XXI).
Mecanógrafa.- Si no puede ser, si lo vi yo, con estos ojos [...] ¿Estos
ojos? ¿Pero ven algo? ¿Ven algo estos ojos? (410) .
Creemos
que es el segundo el factor que prima en Salinas y con el que consigue mayores
aciertos literarios. De todos modos, ambos van íntimamente unidos, sólo que
cuando predomina el primero, se nota cierta frialdad y rigidez que en nada
beneficia a la creación artística.
Nos hemos referido ya al rótulo Fábula y Signo,
no haría falta insistir sobre los demás, ya que no son sino variaciones,
perfiles, matices; pero nos resistimos a no ilustrarlos con algún texto
probatorio:
Seguro azar.
Regente. –Cada
vez siento más respeto por la casualidad. Tengo una sensación profunda e
inexplicable de estar en deuda con ella (333).
Inocencio. – [...]Bendita
suerte, bendita suerte!
Juana. – Suerte [...], sí [...], claro. Pero yo no sé Inocencio, a mí
se me figura a veces que no es la suerte sólo, que nos empujan, yo no sé.
¿Quieres que te diga un secreto? Nosotros no vinimos aquí por casualidad (393).
En cuanto a Todo más claro, nos bastará con recordar las exclamaciones,
con estas mismas palabras, de Andrenio y el Regente en las páginas 69 y 357,
respectivamente, teniendo en cuenta que se trata de simples ilustraciones
superficiales, pero que algo mucho más hondo se esconde bajo estas palabras,
sobre todo en el contexto saliniano.
En cuanto a tres, permítasenos el lujo de ser
telegráficos. Tenemos la sensación de estar pisando en estos momentos un campo
demasiado trillado:
Vísperas son capullos. Sí, de dichas;
sí, de tiempo, futuros en capullos.
Tan hermosas, las visperas!
Y muertas! (Cero; II)
Por traer sólo un caso, piénsese en Marú de La isla del Tesoro,
en el final de dicha obra. Y constátese también como esto se inscribe en el
contexto esencialismo-evasión: lo soñado es la víspera de la realidad, pero la
realidad de lo soñado no vale la pena; mientras es sueño, ilusión, deseo,
vivifica; la realización, mata.
Qué alegría más alta:
vivir en los pronombres! (La voz a ti debida)
–Lisardo. –Ella es ella
Lucila. – ¿No somos tú, tú, y yo, yo?
Lisardo. – Tú [...], tú [...], tú [...]! Qué palabra tan hermosa
(134)
[...] para llevarle al mundo
una cuenta distinta,
única, nueva: tú
Sé que cuando te llame
entre todas las gentes
del mundo, sólo tú serás tú
Yo te quiero, soy yo (La voz a ti debida).
Pepa. – Pobrecito señor! Era
diferente de todos. No era como los demás, no [...] (101)
Rosarito. – Qué se va a hacer contigo más que seguirte [...]! Tú eres
única! (110)
Marú. – ¿No te seduce? La
única buscando al único (110)
Marú. – ¿Eso es, las once, las once! El número de los dos unos. La
pareja. Los dos únicos (121)
Lisardo. – Quiero cometer mi primera fechoría [...] con cierta
originalidad [...] La persona que ha escrito esas cartas, esa mujer [...] es
una criatura singular [...], incomparable [...] (131)
Soledad.- ¿Pero tan raro es ese modo de ser que usted me asigna
generosamente?
Álvaro. – ¿Cómo raro? Único (182).
Álvaro. – Porque yo no soy «los hombres», soy un hombre solo, y como
busco una mujer que se distinga de las otras y me distinga de los otros [...]
(183).
Alicia. – ¿Ella casada? Y con este hombre tan como todos [...] Yo no
la puedo ver casada a no ser con [...] ¿Con quién? No, no [...] no encuentro
con quién (212).
[...] la aurora, sí. La luz
que ella me traiga hoy,
será el gran sí del mundo
al amor que te tengo. (La voz a ti debida)
Y sin saber lo que hicieron,
los amantes
echan a andar por su obra,
que parece un día más ( Razón de amor)
Judit. – Lo que me vas a traer tú, luz –ya te siento en los párpados
que te resisten. –no me lo trajo nunca día alguno. Tú serás el nuevo entre
todos [...] (356).
Regente. – No amanece el día solo. Me amanece el mundo [...] Por este
día entraremos en la vida [...] ( 357).
No.
Tengo que vivirlo dentro,
me lo tengo que soñar (La voz a ti debida).
Inocencio. – ¿Pero qué es eso? ¿por qué no vienes?
Juana. – Déjame, no puedo. Tengo que soñar todo lo de anoche.
Inoc. – Pero cómo, ¿soñarlo? Si fue verdad!
Juana. – Por eso (388).
y no hará falta comparar con
ningún texto concreto, sino con el espíritu mismo de la poesía saliniana:
Álvaro. – Te estoy inventando [...] Déjame que te invente [...]
En cuanto al cuarto apartado, sería éste el
apartado más extenso. Rastreo de detalles. Pero no es, ni con mucho, el más
importante y necesario. Lo señalo y paso de largo. Que se detenga quien guste
de estas cosas.
Vas y vienes, resbalas
por un mundo de valse [...]
Sin ruido de cristal
se caerá por el suelo,
ingrávida careta por el suelo,
inútil ya, la risa (La voz a ti debida)
Soledad. – Yo la comparo con volver a casa después de un baile
aburrido y quitarse el traje y el color y todo, y meterse en el agua y sentirse
verdadera (167).
Compárese el «espíritu» más
que la «letra».
Ellas suenan otra música:
fantasías de metal
valses duros, al dictado.
[...]
Tú alócate
bien los dedos, y las
raptas y las lanzas,
a las treinta, eternas ninfas
contra el gran mundo vacío,
blanco en blanco.
Por fin a la hazaña pura, sin palabras,
sin sentido,
ese, zeta, jota, i [...]
(«Underwood Girls», Fábula y
Signo).
Esperanza. – Porque apenas me ponía delante de la máquina,
expectante, tiesa, como la sibila, me sentía poseída de una fuerza
interpretativa superior, a. mi deber profesional, y en vez de escribir al
dictado, interpretaba ( 372 ).
Aunque todo el teatro de Salinas acepta sin
reservas el calificativo de poético, voy a ceñirme, por razones de tiempo y
espacio a estudio in extenso, en este quinto y último apartado, de una
sola de sus piezas, la tantas veces citada El chantajista, en la que veo
de modo clarísimo su poesía –La voz a ti debida y Razón de amor
muy especialmente– llevada a escena como se lleva al celuloide una novela.
El monólogo de los dos poemas mencionados se
desdobla y aparece, tangible y activa, la amada. Recordemos la anécdota de la
obra que nos ocupa: una muchacha –Lucila– escribe cartas de amor a su amor
«presentido» al que da un nombre provisional: Eduardo. Tentando a la Fortuna,
abandona dichas cartas en un cine. Un muchacho –Lisardo– que navega
desorientado por la vida, las encuentra. La lectura de estas cartas le revelan
un mundo «otro». Va a hacer chantaje. Pero Lisardo no es un ladrón vulgar, es
simplemente un personaje aburrido y romántico. No pide dinero, pide conocer ese
«otro» mundo. Y lo pide a Eduardo, el supuesto galán de Lucila, que no es otro
que ésta misma caracterizada de varón. Eduardo-Lucila fingen verse obligados a
permitir una cita de Lisardo con su amada. En esta entrevista ocurren cosas muy
extrañas. Tan extrañas que Lisardo se descubre como el inventado, el amor que
Lucila ha ido creando en sus sueños. Todo ello parece inspirarse directamente
en aquellos versos de La voz a ti debida:
Rendirse
a la gran certidumbre, oscuramente,
de que otro ser, fuera de mí, muy lejos,
me está viviendo.
Veamos algún fragmento que
evoca vívidamente motivos claves de la poesía de Salinas:
Lisardo. – [...] Mediodía
pleno [...] El cenit [...] La soledad total, que no se puede vencer más que con
la compañía entera, sin límite [...] Nos besamos de soledad, de angustia de
soledad, y sin dejar de ser los dos mismos, los dos solos, la soledad se
transformó [...]
Lucila. – [...] El beso nos
dio la vuelta a la soledad [...] (136)
De
las cosas extrañas que acontecen en la citada entrevista no es la menos notoria
el que Lisardo recuerde lo que nunca ha vivido. Veamos el texto teatral en comparación
con su correlativo poético:
Lisardo. – Ya, ya me acuerdo [...] Te lo compré el día de la última
nevada [...] (137)
Y cuando ella me hable
de un cielo oscuro, de un paisaje blanco,
recordaré
estrellas que no vi, que ella miraba
y nieve que nevaba allá en su cielo.
Con la extraña delicia de acordarse
de haber tocado lo que no toqué
sino con esas manos que no alcanzo
a coger con las mías, tan distantes [...]
(La voz a ti debida)
Lisardo. – [...] Una hora tuya. Pero en tu hora tú no
sabes las que he vivido [...] Porque ha sido un tiempo que se ha dejado atrás
las horas [...] Lo he querido en tu hora más que tú en todos los años que
anduviste enamorado [...] (139).
apenas por minutos:
un minuto era un siglo,
una vida, un amor.
(La voz ti debida)
Lucila. – Acaba de llegar [...] acaba de nacer [...] en ti [...] Y
ya, podemos ponerle nombre, ¿ verdad? Eduardo lo llamaba mientras no sabía cómo
se llamaba [...] Ahora se llama Lisardo, tú.
Lisardo. – Pero ¿y las cartas? ¿A quién se las escribías?
Lucila. – A ti [...]; al que
ibas a ser tú [...] tú empezaste a
darles tu persona, a llenar su vacío con tu cuerpo [...]
Lisardo. – Y que todo eso me lo escribieses a mí [...] Me
volví tu amante [...] Tú me has hecho [...]" ( 141-142 )
Apenas
llege se inclinará sobre mi oído
y me dirá: “Me llamo [...]"
La llamaré así, siempre, aún no se cómo,
y nunca más felicidad. (Razón de amor)
No sirves para amada;
tú siempre ganarás
queriendo, al que te quiera.
Amante, amada no.
Y lo que yo te dé,
rendido, aquí, adorándote,
tú misma te lo das:
es tu amor implacable, sin pareja posible,
que regresa a sí. mismo
a través de este cuerpo
mío, transido ya
del recuerdo sin fin [...]
(La voz a ti debida)
Por fin hemos visto actuar a la amada. Toda la
poesía de Salinas, ya clara de por sí, se ilumina con la lectura de esta pieza que
está más cerca del espíritu que anima los poemas en cuestión, que del tono
general de su obra dramática, que admite, por otra parte, sin paliativos, el
calificativo de poética: «de ese, género que la gente llama poética, y la
crítica demasiado poética [...]» (216).
Teatro Completo – Aguilar, Madrid 1957, (Edición a cargo de Juan
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Poesías Completas – Barral Editores, Barcelona, 1971 (Edición a
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Citaré siempre por: Pedro Salinas, Teatro completo, Madrid, Aguilar,
1957, p. 113 (del mismo modo, a partir de este momento, la numeración entre
paréntesis al lado de cada una de las citas se referirá a dicha edición
y a su número de página).