La poesía en el teatro de Pedro Salinas

 

 

 

Joan Barneda

Santa Caterina de Siena

 

 

 

 

La adopción de la técnica dramática por parte de nuestro autor no supone en modo alguno violencia o rompimiento con su anterior forma de expresión: la poesía. Diríase que ésta ‘desemboca’ naturalmente en el «drama», cual si fuera éste un mar de horizontes expresivos más amplios, pero siempre alimentado por el caudal poético del que Salinas es fuente viva. Ha de verse en el teatro de nuestro autor una consecuencia y un complemento de su poesía. El suyo, es, pues, «teatro-poético», con todos sus más y sus menos. No es de extrañar, por consiguiente, que encontremos en estas piezas cortas muchas notas que caracterizan la «poesía amorosa» de Salinas. En algunos casos (véase, por ejemplo, El chantajista, de la que nos ocupamos de un modo especial), una pieza completa es una poesía, o la esencia misma de toda su poesía, plastificada. Las relaciones entre poesía y teatro en nuestro autor pueden ser de distinta índole:

 

1) Pasajes poéticos que evocan de alguna manera general la especial atmósfera, de la poesía salisiana.

2) Relaciones de contenido «ideológico», algo al margen de lo estrictamente literario, pero que, evidentemente, se dan en las dos formas de expresión. Tales serían los englobados en los rótulos Fábula y Signo, Seguro Azar, Todo más claro...

3) Reiteración de «motivos» poéticos inconfundibles: la víspera del gozo, la primacía de los pronombres, los únicos dos, la formación del día por el amor, la recreación introspectiva de la amada...

4) Glosa de un determinado verso suelto que aparece disperso aquí y allá en muchas de sus obras y que puede comprender desde una simple evocación a una clara paráfrasis.

Todo ello llevado a la exacerbación da lugar a:

5) Lo que llamaré, sin duda incorrectamente, «poesía dramatizada» más que teatro poético. Es el caso de El Chantajista.

 

Veamos algún texto que nos ilustre sobre el primer epígrafe, ya sea al azar, pues no atino a que sean los más representativos precisamente:

 

No te encuentro. Diez años buscando. Cuántas equivocaciones! Y cómo duelen. ¿Existes? Nadie me contesta ¿Son respuestas las horas alegres, que me dicen que sí, el mar por la mañana? ¿Son respuestas las horas tristes, que me dicen que no, la selva nocturna? Y si no existieras [...] [1]

 

Director.- [...] Pero la conozco, porque cuando yo puse ese anuncio era justamente para que lo leyese una mujer a quien ya conocía sin haberla visto, a quien yo me figuraba, y me la figuraba tanto que no sabía muy bien si era algo más que una figuración mía [...[ (363)

 

Vayamos ahora con el siguiente apartado, pues todos estos rótulos convergen hacia un punto: la trascendencia. Con todo, no vamos a insistir mucho sobre ello. Sólo hacer constar una apreciación nuestra, quizá no del todo justa: la ambigüedad, el escaso rigor intelectual de esta tan traída y llevada característica saliniana. Por ventura, se deba ello a un posible doble origen de esta tendencia, de nuestro autor a las esencias:

 

- un origen «cerebral», fruto de la meditación y del estudio, que empalmaría, para darle rango, con el mito platónico de la caverna:

 

Mecanógrafa. –Y ninguno me quiere creer. Me toman por loca (414).

 

- un origen temperamental –poeta al fin–, intuitivo cordial y que un brevísimo texto de otro gran poeta, Saint-Exupéri, nos ilumina como un relámpago:

 

– Adiós– dijo el zorro –. He aquí mi secreto. Es muy simple: no se ve bien sino el corazón. Lo esencial es invisible a los ojos (Le petit prince, XXI).

                             

Mecanógrafa.- Si no puede ser, si lo vi yo, con estos ojos [...] ¿Estos ojos? ¿Pero ven algo? ¿Ven algo estos ojos? (410) .

 

Creemos que es el segundo el factor que prima en Salinas y con el que consigue mayores aciertos literarios. De todos modos, ambos van íntimamente unidos, sólo que cuando predomina el primero, se nota cierta frialdad y rigidez que en nada beneficia a la creación artística.

 

Nos hemos referido ya al rótulo Fábula y Signo, no haría falta insistir sobre los demás, ya que no son sino variaciones, perfiles, matices; pero nos resistimos a no ilustrarlos con algún texto probatorio:

 

Seguro azar.

Regente. –Cada vez siento más respeto por la casualidad. Tengo una sensación profunda e inexplicable de estar en deuda con ella (333).

Inocencio. –  [...]Bendita suerte, bendita suerte!

Juana. – Suerte [...], sí [...], claro. Pero yo no sé Inocencio, a mí se me figura a veces que no es la suerte sólo, que nos empujan, yo no sé. ¿Quieres que te diga un secreto? Nosotros no vinimos aquí por casualidad (393).

 

En cuanto a Todo más claro, nos bastará con recordar las exclamaciones, con estas mismas palabras, de Andrenio y el Regente en las páginas 69 y 357, respectivamente, teniendo en cuenta que se trata de simples ilustraciones superficiales, pero que algo mucho más hondo se esconde bajo estas palabras, sobre todo en el contexto saliniano.

 

En cuanto a tres, permítasenos el lujo de ser telegráficos. Tenemos la sensación de estar pisando en estos momentos un campo demasiado trillado:

 

Vísperas son capullos. Sí, de dichas;

sí, de tiempo, futuros en capullos.

Tan hermosas, las visperas!

Y muertas! (Cero; II)

 

Por traer sólo un caso, piénsese en Marú de La isla del Tesoro, en el final de dicha obra. Y constátese también como esto se inscribe en el contexto esencialismo-evasión: lo soñado es la víspera de la realidad, pero la realidad de lo soñado no vale la pena; mientras es sueño, ilusión, deseo, vivifica; la realización, mata.

 

Qué alegría más alta:

vivir en los pronombres! (La voz a ti debida)

 

–Lisardo. –Ella es ella

Lucila. – ¿No somos tú, tú, y yo, yo?

Lisardo. – Tú [...], tú [...], tú [...]! Qué palabra tan hermosa (134)

 

[...] para llevarle al mundo

una cuenta distinta,

única, nueva: tú

 

Sé que cuando te llame

entre todas las gentes

del mundo, sólo tú serás tú

 

Yo te quiero, soy yo (La voz a ti debida).

 

Pepa. – Pobrecito señor! Era diferente de todos. No era como los demás, no [...] (101)

 

Rosarito. – Qué se va a hacer contigo más que seguirte [...]! Tú eres única! (110)

 

Marú. – ¿No te seduce? La única buscando al único (110)

 

Marú. – ¿Eso es, las once, las once! El número de los dos unos. La pareja. Los dos únicos (121)

 

Lisardo. – Quiero cometer mi primera fechoría [...] con cierta originalidad [...] La persona que ha escrito esas cartas, esa mujer [...] es una criatura singular [...], incomparable [...] (131)

 

Soledad.- ¿Pero tan raro es ese modo de ser que usted me asigna generosamente?

Álvaro. – ¿Cómo raro? Único (182).

 

Álvaro. – Porque yo no soy «los hombres», soy un hombre solo, y como busco una mujer que se distinga de las otras y me distinga de los otros [...] (183).

 

Alicia. – ¿Ella casada? Y con este hombre tan como todos [...] Yo no la puedo ver casada a no ser con [...] ¿Con quién? No, no [...] no encuentro con quién (212).

 

[...] la aurora, sí. La luz

que ella me traiga hoy,

será el gran sí del mundo

al amor que te tengo. (La voz a ti debida)

 

Y sin saber lo que hicieron,

los amantes

echan a andar por su obra,

que parece un día más ( Razón de amor)

 

Judit. – Lo que me vas a traer tú, luz –ya te siento en los párpados que te resisten. –no me lo trajo nunca día alguno. Tú serás el nuevo entre todos [...] (356).

 

Regente. – No amanece el día solo. Me amanece el mundo [...] Por este día entraremos en la vida [...] ( 357).

 

No.

Tengo que vivirlo dentro,

me lo tengo que soñar (La voz a ti debida).

 

Inocencio. – ¿Pero qué es eso? ¿por qué no vienes?

Juana. – Déjame, no puedo. Tengo que soñar todo lo de anoche.

Inoc. – Pero cómo, ¿soñarlo? Si fue verdad!

Juana. – Por eso (388).

 

y no hará falta comparar con ningún texto concreto, sino con el espíritu mismo de la poesía saliniana:

 

Álvaro. – Te estoy inventando [...] Déjame que te invente [...]

 

En cuanto al cuarto apartado, sería éste el apartado más extenso. Rastreo de detalles. Pero no es, ni con mucho, el más importante y necesario. Lo señalo y paso de largo. Que se detenga quien guste de estas cosas.

 

Vas y vienes, resbalas

por un mundo de valse [...]

Sin ruido de cristal

se caerá por el suelo,

ingrávida careta por el suelo,

inútil ya, la risa (La voz a ti debida)

 

Soledad. – Yo la comparo con volver a casa después de un baile aburrido y quitarse el traje y el color y todo, y meterse en el agua y sentirse verdadera (167).

 

Compárese el «espíritu» más que la «letra».

 

Ellas suenan otra música:

fantasías de metal

valses duros, al dictado.

[...]

Tú alócate

bien los dedos, y las

raptas y las lanzas,

a las treinta, eternas ninfas

contra el gran mundo vacío,

blanco en blanco.

Por fin a la hazaña pura, sin palabras,

sin sentido,

ese, zeta, jota, i [...]

(«Underwood Girls», Fábula y Signo).

 

Esperanza. – Porque apenas me ponía delante de la máquina, expectante, tiesa, como la sibila, me sentía poseída de una fuerza interpretativa superior, a. mi deber profesional, y en vez de escribir al dictado, interpretaba ( 372 ).

 

Aunque todo el teatro de Salinas acepta sin reservas el calificativo de poético, voy a ceñirme, por razones de tiempo y espacio a estudio in extenso, en este quinto y último apartado, de una sola de sus piezas, la tantas veces citada El chantajista, en la que veo de modo clarísimo su poesía –La voz a ti debida y Razón de amor muy especialmente– llevada a escena como se lleva al celuloide una novela.

 

El monólogo de los dos poemas mencionados se desdobla y aparece, tangible y activa, la amada. Recordemos la anécdota de la obra que nos ocupa: una muchacha –Lucila– escribe cartas de amor a su amor «presentido» al que da un nombre provisional: Eduardo. Tentando a la Fortuna, abandona dichas cartas en un cine. Un muchacho –Lisardo– que navega desorientado por la vida, las encuentra. La lectura de estas cartas le revelan un mundo «otro». Va a hacer chantaje. Pero Lisardo no es un ladrón vulgar, es simplemente un personaje aburrido y romántico. No pide dinero, pide conocer ese «otro» mundo. Y lo pide a Eduardo, el supuesto galán de Lucila, que no es otro que ésta misma caracterizada de varón. Eduardo-Lucila fingen verse obligados a permitir una cita de Lisardo con su amada. En esta entrevista ocurren cosas muy extrañas. Tan extrañas que Lisardo se descubre como el inventado, el amor que Lucila ha ido creando en sus sueños. Todo ello parece inspirarse directamente en aquellos versos de La voz a ti debida:

 

Rendirse

a la gran certidumbre, oscuramente,

de que otro ser, fuera de mí, muy lejos,

me está viviendo.

 

Veamos algún fragmento que evoca vívidamente motivos claves de la poesía de Salinas:

 

Lisardo. –  [...] Mediodía pleno [...] El cenit [...] La soledad total, que no se puede vencer más que con la compañía entera, sin límite [...] Nos besamos de soledad, de angustia de soledad, y sin dejar de ser los dos mismos, los dos solos, la soledad se transformó [...]

Lucila. –  [...] El beso nos dio la vuelta a la soledad [...] (136)

 

De las cosas extrañas que acontecen en la citada entrevista no es la menos notoria el que Lisardo recuerde lo que nunca ha vivido. Veamos el texto teatral en comparación con su correlativo poético:

 

Lisardo. – Ya, ya me acuerdo [...] Te lo compré el día de la última nevada [...] (137)

 

Y cuando ella me hable

de un cielo oscuro, de un paisaje blanco,

recordaré

estrellas que no vi, que ella miraba

y nieve que nevaba allá en su cielo.

Con la extraña delicia de acordarse

de haber tocado lo que no toqué

sino con esas manos que no alcanzo

a coger con las mías, tan distantes [...]

(La voz a ti debida)

 

Lisardo. –  [...] Una hora tuya. Pero en tu hora tú no sabes las que he vivido [...] Porque ha sido un tiempo que se ha dejado atrás las horas [...] Lo he querido en tu hora más que tú en todos los años que anduviste enamorado [...] (139).

 

El tiempo se contaba

apenas por minutos:

un minuto era un siglo,

una vida, un amor.

(La voz ti debida)

 

Lucila. – Acaba de llegar [...] acaba de nacer [...] en ti [...] Y ya, podemos ponerle nombre, ¿ verdad? Eduardo lo llamaba mientras no sabía cómo se llamaba [...] Ahora se llama Lisardo, tú.

Lisardo. – Pero ¿y las cartas? ¿A quién se las escribías?

Lucila. – A ti  [...]; al que ibas a ser tú  [...] tú empezaste a darles tu persona, a llenar su vacío con tu cuerpo [...]

Lisardo. – Y que todo eso me lo escribieses a mí [...] Me volví tu amante [...] Tú me has hecho [...]" ( 141-142 )

 

Apenas

llege se inclinará sobre mi oído

y me dirá: “Me llamo [...]"

La llamaré así, siempre, aún no se cómo,

y nunca más felicidad. (Razón de amor)

 

No sirves para amada;

tú siempre ganarás

queriendo, al que te quiera.

Amante, amada no.

Y lo que yo te dé,

rendido, aquí, adorándote,

tú misma te lo das:

es tu amor implacable, sin pareja posible,

que regresa a sí. mismo

a través de este cuerpo

mío, transido ya

del recuerdo sin fin [...]

(La voz a ti debida)

 

Por fin hemos visto actuar a la amada. Toda la poesía de Salinas, ya clara de por sí, se ilumina con la lectura de esta pieza que está más cerca del espíritu que anima los poemas en cuestión, que del tono general de su obra dramática, que admite, por otra parte, sin paliativos, el calificativo de poética: «de ese, género que la gente llama poética, y la crítica demasiado poética [...]» (216).

 


 

 
BIBLIOGRAFÍA

 

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Poesías Completas – Barral Editores, Barcelona, 1971 (Edición a cargo de Soledad Salinas de Marichal )

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[1] Citaré siempre por: Pedro Salinas, Teatro completo, Madrid, Aguilar, 1957, p. 113 (del mismo modo, a partir de este momento, la numeración entre paréntesis al lado de cada una de las citas se referirá a dicha edición y a su número de página).