Cuento popular y cuento infantil.

Encuentros y desencuentros*

 

 

 

Montserrat Amores

montserrat.amores@uab.es

Universitat Autónoma de Barcelona

 

 

 

 

 

La publicación en 1825 de una edición de los Cuentos infantiles y del hogar dedicada exclusivamente a los niños iba a ser determinante para la vida de la literatura infantil. Por un lado, venía a dirimir sobre la naturaleza de la obra de los hermanos Grimm: si era puramente un trabajo de investigación filológica, tal y como pensaba Jacob, o los cuentos estaban irremediablemente vinculados a los niños y a ellos había que dirigirlos, según el parecer de Wilhelm. De hecho, a partir de 1815, Wilhelm Grimm se hace cargo de la colección e imprimirá modificaciones a los textos, la mayor parte de carácter lingüístico. Sabemos ahora que la recolección y trascripción de los cuentos de la colección, a pesar de su rigor inusual en la época, fueron, como todas estas empresas nacidas al calor del romanticismo, una labor no de recuperación sino de “restauración”: se trataba de transcribir los cuentos populares recogidos lo más fielmente posible. Claro que esto último incumbía sobre todo a los contenidos; en lo concerniente a la lengua bastaba con que el autor intentase “convertirse en pueblo” para reproducirlo. Sabemos también que, a menudo, fueron informantes de los Grimm amigos de su misma posición social, y que Dorotea Viehmann, la mujer de la que recogieron muchos de ellos, procedía de una familia de hugonotes franceses, lo cual venía a poner en entredicho la verdadera vinculación de sus cuentos con el pueblo alemán. Además, en las sucesivas ediciones de los Cuentos infantiles y del hogar utilizaban varias versiones de un cuento para componer el que presentaban, sin descartar las publicadas en otros lugares.

Los grados de esa “restauración” a la que me refería antes son significativos, y la edición de 1825 presentaba una serie de modificaciones en los relatos introducidas por la mano de Wilhelm, pensando en el público al que iban dirigidos. Su publicación venía a representar también la culminación de un proceso, iniciado en Europa desde hacía tiempo, que convertía en destinatario casi exclusivo del cuento popular a los niños.

Fue entonces cuando los cuentos populares debieron supeditarse a la máxima de “instruir deleitando” ¾enfatizando en lo primero¾, fueron adoptados por la cultura dominante, y se convirtieron en un instrumento pedagógico. Importaba menos trasladar esos relatos que son alimento de la imaginación, y a través de los cuales los niños amplían su conocimiento social y sus modelos de identificación, que defender los valores morales de la clase dominante.

En España, el cultivo del cuento popular dirigido al público infantil pasó a ser además patrimonio no ya de la burguesía sino del pensamiento conservador que la sustentaba y, salvo raras excepciones, estos escritores ejercieron antes de ideólogos que de artistas. No son muchos, quizá Fernán Caballero, Francisco Miquel y Badia, Romualdo Nogués y Milagro, Manuel Ossorio y Bernard y el padre Luis Coloma, sean los únicos casos, y aquí también los grados de restauración son distintos, aunque generalmente, no escatimaron en pulir por aquí y añadir por allá aunque con ello se viniese a desvirtuar la esencia del propio género, que fue el que acabó perdiendo, y por efecto, el niño. En algunos casos, el relato se empobrece, se torna pueril. En muchos se convierte en un medio para transmitir normas de comportamiento, crear alegorías moralistas, reflejar una sociedad fuertemente jerarquizada y ofrecer de paso una imagen idealizada del niño. Y sin embargo, hay ocasiones en las que la fuerza creadora del cuento se rebela ante los moldes impuestos, y en las que se deja ver claramente el verdadero valor de estos relatos, que reside en el deleite de contar mismo y en el de escuchar o leer, en el papel que la memoria juega en su transmisión y en el placer puramente estético que transmiten.

No parecen haber jugado los mediadores entre el cuento popular y el niño un papel muy decoroso en la España de la segunda mitad del siglo XIX. Y sin embargo, fue imprescindible su labor y sigue siendo digna de encomio. Tampoco se les podía pedir nada más viviendo en la sociedad en que les tocó vivir. Muchos años después aprendimos a respetar el género y a valorar simplemente lo que el propio cuento depara, que es mucho. Y ahora hasta hay quien se atreve a enfrentar al niño al cuento tradicional en su medio, y hacer que salga a buscarlo y lo disfrute tal cual es. Y quizá vaya siendo tiempo ya de que entendamos que la cultura tradicional no está solamente recluida en el pueblo y en el regazo de nuestras abuelas, y pensemos que también en las ciudades se cuentan relatos que forman parte de nuestro acervo común, que tienen su función social, ficciones igualmente enriquecedoras, historias que pueden producir similar placer estético. Ahí están los rumores, las leyendas urbanas, los chistes... Y nos tendremos que acostumbrar a que el cuento tradicional conviva felizmente con ellos.




* Este artículo sigue el ya publicado “Cuento popular y cuento infantil: encuentros y desencuentros”, ABC, Cultural, 516 (15 de diciembre de 2001), p. 11